Mencionar a Felipe González Márquez, para los que tenemos cierta edad, edad cumplida con creces, es mencionar parte de la vida que hemos vivido. En aquel entonces todos los que vamos quedando éramos jóvenes; jóvenes un tanto airados, como suelen serlo todas la juventudes que en el mundo han sido. Con o contra Felipe González. Casi catorce años estuvo al frente del Gobierno de España. Hasta que dejó de serlo allá por 1996. Desde entonces, de no habernos muerto, hemos dejado, cuando menos, de ser jóvenes. Sea como fuere para muchos de aquellos que fuimos perdió el poder, la potestas, pero conservó la autoridad moral, la autoritas.
Los viejos fantaseamos con la autoridad moral. Especialmente los que han alcanzado alguna magistratura. Una autoridad moral que, como es lógico, los jóvenes no siempre respetan. Todo va y viene. Y a los que fueron y ya no son les causa cierto malestar. Si esto te ocurre siendo niño lo llaman el síndrome del príncipe destronado; te enrabietas y hasta te emperras en volver al chupete. En literatura se habla del síndrome del rey Lear, aquel que repartió su reino entre sus hijas pensando que era tanto el cariño que ellas le profesaban que en realidad, en la sombra, seguiría reinando. Como es propio de los dramones sespirianos se equivocaba y aquello acabó como el rosario de la aurora. En alguna medida es razonable pensar que Felipe padece el síndrome del fundador. Vale. Hasta ahí. Pero no deja de ser cierto que sobre lo que ocurre en la vida política tiene una opinión relevante.
Ha venido a decir que Pedro Sánchez Pérez-Castejón, a la sazón sucesor suyo, conserva la potestas pero ha perdido la autoritas
Felipe ha hablado de potestas y de autoritas. Ha venido a decir que Pedro Sánchez Pérez-Castejón, a la sazón sucesor suyo, conserva la potestas pero ha perdido la autoritas. Y lo ha dicho desde su propia autoridad moral (que no todos le reconocen). Algunos solo ven los celos que tiene el que fue del que es. Incluso, algunos se atreverán a decir que Felipe González se alegra en secreto del fracaso de Pedro Sánchez, porque así viene a reivindicar su legado frente al de su sucesor. Y no digo yo que no, que de todo hay en el alma humana. Es, simplemente, humano. Pero con esa interpretación facilona de sus palabras no basta. Hay más. Felipe González tiene motivos más que suficientes para hablar en los términos en los que habla. La degradación es tanta que el silencio mancha. Opinar que lo razonable sería convocar elecciones es algo que cualquiera medianamente bien intencionado debería compartir. Lo diga el porquero de Agamenón o el rey Lear. Felipe González se ha limitado a opinar sin estridencias, de manera educada sobre un asunto en el que tiene una opinión especialmente autorizada. Algunos le negarán la atalaya moral desde la que ha hablado. Dirán que se trata de las batallitas del abuelo Cebolleta. Pero nada de eso resta un ápice al acierto de sus palabras. Por mucho tiempo que haya pasado, para muchos españoles, para muchos socialistas, sigue gozando de autoridad moral para opinar de cuanto ocurre en la política española. ¿Se acuerdan de aquella película de los muy marxistas, Groucho, Chico y Harpo, llamada “Amor en conserva”? Pues eso, sean cuales sean sus motivos, por muy en conserva que esté su autoridad moral, la opinión de Felipe González resulta demoledora para el malandrín que nos gobierna.
Añadir La Portada de Extremadura como fuente preferida de Google de forma gratuita.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.