Ayer eran los therians, hoy toca “farmear aura” y mañana será otra expresión que nos hará levantar una ceja antes de olvidarla para abrazar la siguiente ocurrencia que inunde las pantallas.
Si lo pensamos fríamente, es fascinante. Lo verdaderamente interesante no es la ocurrencia en sí misma, sino el mecanismo invisible que hace que algo completamente absurdo, casi ridículo al principio, termine colándose en nuestro vocabulario, en nuestros gustos y en nuestra forma de mirar el mundo como si fuera lo más normal del mundo. Y lo curioso es que esto no pasa solo con las tonterías de internet; nos pasa con lo que admiramos, con lo que compramos sin necesidad —pensemos, sin ir más lejos, en esas gafas graduadas de montura enorme y transparente que al principio nos hacían gracia por su exageración y que hoy consideramos un básico de estilo— y con las elecciones que tomamos cada día creyendo que son fruto de nuestra más absoluta y meditada libertad.
¿Cómo se cuela lo insólito en nuestro día a día? Todo suele empezar igual: desde la ironía. Alguien suelta un término estrafalario o ve una tendencia imposible. Nos hace gracia, nos parece un esperpento divertido y lo repetimos entre risas, precisamente porque sabemos que es absurdo.
Es aquí donde entra en juego el gran acelerador de nuestro tiempo: el algoritmo.
Cuando nos reímos de algo y lo comentamos o compartimos “por ironía”, el algoritmo no entiende de sarcasmo; solo registra interacción. A partir de ahí, interpreta que ese contenido nos interesa y comienza a multiplicarlo masivamente en nuestras pantallas. El cerebro humano necesita ver algo repetidas veces para dejar de percibirlo como extraño y limar sus aristas, pero el algoritmo automatiza este proceso a una escala inalcanzable en el mundo físico. Nos expone a la tendencia de forma constante, convirtiendo un chiste privado de una pantalla en un atajo mental cotidiano.
Además, estas plataformas diseñan las secciones de tendencias y agrupan a las personas de tal forma que generan una falsa sensación de mayoría. Vemos el término por todas partes y creemos que “todo el mundo” está hablando de ello.
Como somos animales profundamente sociales, ante la duda de cómo encajar, de cómo sonar actuales o de cómo conectar con los demás, miramos de reojo a nuestro alrededor. Si los algoritmos y nuestro entorno parecen aceptar las reglas del juego, nuestro instinto más antiguo nos empuja a sumarnos por el vértigo terrible de quedarnos fuera de la foto. Solomon Asch demostró hace más de setenta años que, incluso ante una evidencia que tenemos delante de los ojos, podemos dudar de nuestro propio criterio si todo el grupo sostiene lo contrario.
La diferencia es que Asch necesitaba construir artificialmente una mayoría dentro de una habitación. Hoy las plataformas pueden producir esa percepción de mayoría de forma continua: tendencias, visualizaciones, comentarios, recomendaciones, contenidos repetidos y métricas de popularidad. Hoy en día, las redes amplifican algunos de los mecanismos psicológicos que Asch estudió: conformidad, presión normativa y percepción de consenso.
El sistema aprende qué estímulos erosionan mejor nuestra capacidad crítica y nos los sirve personalizados, haciendo que creamos que nuestras elecciones son libres cuando, en realidad, han sido precalentadas por un flujo constante de datos. No lo hacemos por el objeto o la palabra en sí, sino por lo que representan ante esa corriente invisible: una forma de decir “estoy aquí, formo parte de esto, entiendo el idioma de mi tiempo”.
Evidentemente, todo esto de lo que estoy hablando encaja mejor en el perfil de las personas jóvenes que en ciertas edades en las que la necesidad de encajar no es una necesidad primaria.
La realidad material importa, sí, pero la percepción amplificada por las redes mueve el mundo con una fuerza titánica. Mañana vendrá otra moda y volveremos a empezar la rueda. Quizás el secreto no sea intentar resistirse a todo, sino mirarnos de vez en cuando al espejo con una sonrisa cómplice, conscientes de que somos, ante todo, criaturas entrañablemente permeables a la gran maquinaria digital que nos rodea.
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