Tiendo a la benevolencia con casi todo y con casi todos. Creo que hubiera sido un juez clemente hasta la indulgencia. O sea, un mal juez. Lo reconozco. Debe ser que -de tanto verme a mí mismo torpe y débil- comprendo de más las faltas ajenas.
Quizá no se estén manteniendo los trenes como se debiera; no debe ser fácil hacerlo. Quizá no haya dinero, tampoco hay presupuestos, que por algo no habrá presupuestos. Quizá no sea tan descabellado nombrar ministro del ramo a tal o cual amiguete aunque no esté muy al tanto del asunto. ¿Quién no tiene un buen amigo a quien colocar? Y hasta entiendo que, en ocasiones, los amigos te salgan rana. En todo caso, que tire la primera piedra aquel al que no se le haya escapado una broma de mal gusto en un ascensor.
No dudo que el ministro pasara ayer un mal rato. Tardó en dar explicaciones y las dio mal. Lo ruin, lo vil, es que antes de aparecer se asegurara de encontrar un culpable al que echarle el muerto encima. Los muchos muertos. Eso sí que me encorajina en una autoridad: la falta de gallardía.
Nadie, por muy alto que sea su cargo, está libre de cometer errores, pero el oropel exige, como mínimo, cierta gallardía para las mal dadas. No se puede aparecer en mangas de camisa para señalar al último mono. Es una cobardía impropia del grado. Ni siquiera la necesidad de informar cumplidamente de lo ocurrido obliga a señalar a un inferior antes que a uno mismo. Nada justifica que un ministro se convierta en juez instructor de sus propios descalabros. Más le valdría haber dimitido, no ya por ser el culpable de lo ocurrido, sino por ser el responsable último (con permiso del presidente) de cuanto ocurre en el ámbito de sus competencias. Se puede ser un magnífico entrenador, pero si pierdes seis partidos seguidos lo cabal es dimitir. Y aquí se han perdido sesenta y ocho.
Señalar a un inferior y, para que no haya dudas, filtrar a la prensa del movimiento los audios que lo condenan es de ratas rateras. Peor aún. Filtrar los audios troceados es algo así como la desclasificación parcial de los documentos de Ceuta. Un engaño. Un “todo por el relato”. Son prácticas mafiosas y quienes habitualmente las practican son mafiosos.
La muerte de una embarazada con las piernas arrancadas -esas dos muertes, solo esas dos- pesan mucho, no digamos cuando en el debe se acumula más de un ciento. Líbreme Dios de señalar a nadie. Tampoco al ministro. Nos pesan a todos demasiado para esa otra infamia. Es más, a mí me gustaría ser benévolo con todos y limitarme a condolerme de las muertes y de las heridas. Quisiera no pensar en si fue un fallo humano o un fallo técnico, o cuál de los dos fue primero. Quisiera no pensar en lo inconcebible de que la vida de los viajeros de un tren dependa solo de un controlador a decenas de kilómetros; algo inconcebible a estas alturas del siglo. Quisiera un minuto de respeto y sin embargo, el ministro ha preferido salvar su culo y el de su amo. Todo por el relato. Me hubiera gustado poder aplaudir la gallardía de un ministro que, haciendo honor a su alta magistratura, dimitiera. Imposible. Imposible no condenarle.
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