Un extremeño susurra al oído de Pedro Sánchez, le habla con “h” aspirada sin soniquete de jota, con algo de olor a retama; mientras tanto nosotros retiramos los restos del belén y apartamos el musgo en un ceremonial de final de trayecto. Cuando termina la Navidad suelo poner a toda pastilla Lamento de la ninfa de Claudio Monteverdi compuesto en sol menor como La pasión según San Juan de J. S. Bach. En ambas obras maestras la tensión y el dolor se acumulan hasta alcanzar una intensidad extraordinaria, igual que el escenario político mundial que, en el primer minuto del año, nos ha sumido en un laberinto de sensaciones y tonalidades muy al estilo de Alabama de John Coltrane.
El aire se llena de amenazas, de notas musicales para una invasión. No hay silencio para pensar con claridad salvo en un rincón de Moncola donde un activista de la comunicación política esparce música celestial para amortiguar el chof chof del fango.
Tras las vacaciones, un Pedro Sánchez más esquelético de lo normal ha irrumpido en la escena con un brío jovial y palpitante; muestra un arrobamiento inusual debido quizá a las payasadas del presidente de EEUU que le hacen parecer un Séneca de la política. De esta forma Sánchez resurge de su fatiga para dar la batalla hasta su incierto final.
Para ese cierre ya no tan inminente Pedro Sánchez se perfuma de aromas extremeños. Si en sus primeros pasos aparcó el Peugeot en las calles de Don Benito y Medellín bajo la sombra de Quinto Cecilio Metello y paseaba palmito de la mano de José Luis Quintana, ahora Sánchez apuesta por un cacereño resuelto y pizpireto: Diego Rubio, el hombre que le susurra al oído y le suaviza los lamentos bolivianos. Al extremeño Diego Rubio le va a tocar la difícil tarea de recuperar el crédito perdido.
Pedro quiere gente joven y kamikace, necesita un extremeño aguerrido que le fabrique la épica de una nueva conquista; le urge un peón que responda a las crónicas de su hundimiento y rehaga, tal y como haría un cirujano plástico, su demacrada apariencia.
A nadie se le escapa que un extemeño es un hombre recio al que le gustan poco los adornos verbales, un tipo incoloro que va al grano y al que si le preguntas ¿qué es el infierno?, te contestará rápido que es una huerta donde arderán las ánimas. En tierras extremeñas conocemos bien la técnica de construir castillos en el aire; no es por casualidad que Extremadura se conoce como la fábrica de los hombres que pueden mirar hacia atrás pero no hacia adelante, con esa prodigiosa forma de resistencia al progreso que nos condena. Y en este sentido Diego Rubio cumple los requisitos que demanda Pedro Sánchez, autor del conocido Manual de resistencia.
El presidente necesita alguien como el asesor extremeño, epítome de Iván Redondo, que le garantice un golpe de efecto, una suerte de trueno mágico, un suspiro acompasado al estilo extremo y duro de Robe. El extremeñismo podría ser una moda: no llega a ser lamento pero se le parece, no es llanto pero moja, no es canción protesta pero es una exigencia, porque el extremeñismo es predicar en el desierto y asumir que no somos más que la sustancia fugitiva del tiempo.
Ya imagino a Diego Rubio mirando el reloj y susurrando al oído de Pedro “mientras dure esta noche eres invulnerable e inmortal”. Ya lo dijo Montaigne, “la ambición recompensa ampliamente a sus esclavos”.
Desconocemos muchas de las cualidades de Diego Rubio pero lo cierto es que ha traspasado el anonimato, el cacereño es esencial en la plantilla de Moncloa, por donde camina resolutivo, mandando mucho y escribiendo mucho. Rubio posee ese don del extremeño llamado “elogio de la lentitud, la fatiga y la espera”. Un extremeño abonado al extremeñismo no espera grandes felicidades, tal vez por eso anda Diego Rubio escribiendo una especie de Vindicación de la inmortalidad.
El asesor que susurra con el sonido fuerte y la resonancia de una encina, es ahora el músico de Moncloa, un hombre sin batuta ni violín pero capaz de apagar los incendios que vienen.
Podría ser que Diego Rubio conociera la historia del showman Charles Kellogg -famoso en California por sus habilidades para atraer a osos salvajes e imitar sonidos de la naturaleza-, quien, tras un experimento con una moneda en medio del tráfico, declaró que las personas sólo escuchan lo que es más importante para ellas.
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