Por fin arrancó oficialmente la campaña, aunque de precampaña llevemos viviendo un maratón desde el minuto uno de su convocatoria. Si no, que le pregunten a Abascal, que parecía haberse mudado a Extremadura como telonero y ha terminado convertido en estrella principal. Qué gira se está marcando de acá para allá y lo que le queda.
Esta campaña electoral es peculiar. Celebrarse sin elecciones municipales simultáneas y sin repetición en otras comunidades ha provocado tres efectos clave: primero, que todos los focos nacionales apunten a Extremadura; segundo, que nuestra región se convierta en banco de pruebas —o termómetro— de la política estatal; y tercero, que los grandes líderes dispongan de todo el tiempo del mundo para acompañar a sus candidatos.
Extremadura sale en el telediario nacional todos los días. Somos noticia. No solo por la posible caída del PSOE como apuntan las encuestas y su reflejo en uno de sus bastiones históricos del partido, sino también por la pugna encarnizada entre PP y Vox por liderar la derecha, con su intercambio constante de dardos —entre “rojas” y “machirulos”— que, si luego necesitan pactar, les tocará tragarse a cucharadas. Y mientras tanto, Unidas por Extremadura, a contracorriente del descenso nacional de Podemos, que sube aquí con Irene de Miguel como tabla de salvación. No es casual la presencia de Irene Montero e Ione Belarra en la región estos días, agarrándose a ese clavo ardiente como quien encuentra aire en mitad del naufragio.
Quedan dos semanas donde la tensión solo irá en aumento. Promete ser una campaña de alto voltaje. Todos necesitan movilizar a un electorado extremeño perezoso que observa con recelo cómo lo convierten en experimento nacional. Los partidos parecen olvidar algo esencial: una cosa es el votante fiel, ese que llena un autobús y se planta en el mitin en el quinto pino, y otra muy distinta el votante silencioso, el que sigue la campaña desde casa y vota sin consignas ni palmeos. Las elecciones se ganan en los segundos, aunque a veces parezca lo contrario.
Lo que está claro es que el centro político ha desaparecido del mapa. La guerra de bloques es cada vez más evidente. Ciudadanos, el último gran representante de esa tierra de nadie, se ha difuminado. La estrategia de Sánchez de arrastrar al PSOE hacia posiciones más a la izquierda ya adelantaba este escenario, y la pelea actual entre PP y Vox por liderar la derecha de la derecha lo confirma. De ahí que estas elecciones sean tan atípicas. No es casual que Abascal haya entrado al cuerpo a cuerpo con Guardiola, símbolo de un PP moderado que parece haber pisado tierras movedizas con un electorado más radicalizado.
Y así, entre experimentos, tensiones y campañas aceleradas, Extremadura se convierte en laboratorio y también en protagonista. Sin embargo, hay que decirlo, puede que nos utilicen a los extremeños como termómetro, pero el voto final seguirá siendo individual, más sigiloso de lo que algunos creen y sin promesas que lo levanten a golpe de mitin. Al final, lo que decidan las urnas no lo dictará ningún eslogan ni los líderes que aterrizan por unos días para hacerse la foto y subirla a redes sociales. Las campañas pasan; lo que queda es el resultado… y, con él, la realidad que cada partido tendrá que gestionar desde aquí y para los de aquí.
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