España se prepara para invertir más de 85.000 millones en centros de datos. Extremadura tiene la energía, el suelo y el clima para no quedarse, una vez más, en la periferia del reparto
Durante décadas, Extremadura ha sido tierra de generación y paso de la energía. Producimos mucha más electricidad de la que consumimos y la enviamos al resto de España. Hemos puesto el sol, el territorio y también el agua: la misma que, desde el embalse de Arrocampo, lleva décadas refrigerando los reactores de la central nuclear de Almaraz. El valor, en cambio, se ha quedado casi siempre en otra parte. Lo que está ocurriendo ahora con los centros de datos nos ofrece, por primera vez en mucho tiempo, la posibilidad de cambiar esa ecuación: de exportar electrones a quedarnos en casa con la riqueza que esos electrones generan.
Conviene entender la dimensión de lo que está en juego. España se está convirtiendo en uno de los grandes polos de computación de Europa, el lugar donde se construye la infraestructura física sobre la que funcionan la inteligencia artificial, la nube y, en el fondo, casi todo lo que ya hacemos con un móvil en la mano. Un informe reciente de Arcano Research, contando únicamente proyectos ya anunciados —no promesas, sino inversiones puestas sobre la mesa—, calcula más de 85.000 millones de euros de inversión hasta 2035 y una multiplicación por veinte de la capacidad instalada de centros de datos en el país.
Esas cifras, llevadas a la economía real, se traducen en unos 223.000 millones de euros de aportación acumulada al PIB en la próxima década, alrededor de un 1,3 % más de PIB cada año, y una media de 55.000 empleos anuales entre construcción, operación y cadena de suministro. Dicho de otro modo: hasta uno de cada diez nuevos puestos de trabajo que se creen en España en los próximos años podría estar vinculado a este sector. Y son estimaciones deliberadamente prudentes, porque solo recogen lo ya comprometido y dejan fuera todo lo que aún puede llegar.
¿Por qué España, y por qué cada vez más Extremadura? Porque tenemos justo lo que esta industria necesita y escasea en el resto de Europa: energía abundante, limpia y competitiva, suelo disponible y un clima que juega a nuestro favor. Mientras otros países pelean por cada megavatio, aquí producimos un excedente estructural gracias a la solar, a Almaraz y a una red acostumbrada desde hace años a generar mucho más de lo que la región consume. Ese excedente, que hasta ahora regalábamos en forma de exportación, puede transformarse en empleo cualificado, en formación, en proveedores locales y en ingresos para nuestros municipios.
Llegados a este punto, hay que despejar el malentendido más extendido, el del agua. Es razonable que en una tierra que conoce bien el valor de cada gota la pregunta surja de inmediato. La respuesta es clara: los proyectos que se están diseñando en Extremadura no se conciben para consumir agua en su refrigeración. La clave es una técnica llamada free cooling, que consiste, simplemente, en aprovechar el aire exterior para enfriar los equipos en lugar de evaporar agua, como hacían las instalaciones más antiguas.
Nuestro clima, que tantas veces se cita como obstáculo, es aquí una ventaja. Las noches frescas y los inviernos suaves permiten refrigerar con aire durante buena parte del año, y cuando hace falta apoyo, los sistemas modernos trabajan en circuito cerrado: el mismo líquido circula una y otra vez sin gastarse, como el radiador de un coche. Y aquí aparece una paradoja que merece subrayarse: si Almaraz necesita el agua de Arrocampo para producir su electricidad, estos centros de datos, que consumirán esa misma electricidad, no piden a cambio una sola gota de nuestros embalses. La inversión se va a tecnología y a personas, no a vaciar acuíferos.
Que nadie se confunda, en cualquier caso, con la idea de una solución mágica. Estos proyectos exigen rigor: planificación de la red eléctrica, agilidad en los permisos y exigencia ambiental real. El mayor riesgo no es técnico, es burocrático. Tramitaciones que sobre el papel deberían durar catorce meses se eternizan hasta cinco años, y cada año perdido es inversión que se marcha a Aragón, a Portugal o a cualquier otro lugar que sepa decir «sí» a tiempo. La oportunidad existe; lo que no es infinito es la ventana para aprovecharla.
Extremadura tiene aquí una baza histórica. No la de ser, una vez más, la región que aporta materia prima barata para que el valor florezca lejos, sino la de situarse en el centro del mapa digital de Europa. Tenemos la energía, tenemos el suelo, tenemos el clima y, sobre todo, tenemos gente que merece formarse y trabajar sin hacer las maletas. La economía digital no tiene por qué escribirse solo en Madrid o en Dublín. Puede escribirse también en Badajoz, en Cáceres y en los pueblos que durante años han visto pasar la energía sin llegar a tocarla.
El reto, ahora, es estar a la altura de la oportunidad. Y eso, por una vez, depende en buena medida de nosotros.
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