La investidura de María Guardiola en Extremadura vuelve a situar a la región en el centro del tablero político nacional. Lo que en un primer momento parecía depender del desenlace de las negociaciones en Aragón del pasado 15 de febrero, ahora da la sensación de que se estira la goma hasta las elecciones de Castilla y León del próximo 15 de marzo. Como si cada territorio fuese una pieza más de una partida que se juega a varias bandas y con cálculo milimétrico.
El único camino posible para el PP extremeño es un acuerdo con Vox o la repetición electoral. No hay más aritmética. Y, sin embargo, nadie parece querer asumir el coste de unos nuevos comicios. No las quiere el PSOE, que todavía no ha resuelto su liderazgo interno; pero tampoco las desean ni el PP ni Vox, a quienes el electorado podría señalar como responsables de no haber sabido entenderse tras las elecciones del 21D.
Esta semana, la propia María Guardiola y su interlocutor, Óscar Fernández, han rebajado el tono. Se percibe una cierta voluntad de desinflamar el discurso, de sustituir los reproches públicos y las declaraciones altisonantes por mensajes más templados. Pero la sensación es que la verdadera partida no se juega en Mérida, sino en Madrid. Al menos por parte de Vox, donde Santiago Abascal mueve los hilos de todos los territorios, consciente de que cada acuerdo autonómico forma parte de su particular estrategia nacional.
Mientras tanto, en Aragón, PP y Vox parecen entenderse mejor. Allí el acuerdo se antoja más cercano, quizá porque ambas formaciones han asumido que la alternativa es perder influencia o regalar la iniciativa al adversario. El contraste con Extremadura resulta llamativo, y pone sobre la mesa la estrategia particular de Vox de culpar no tanto a la ideología como a las personas que la tienen que defender.
Guardiola ya tiene fecha para su investidura: el 3 de marzo en primera vuelta y el 5 en segunda. Y a priori todo apunta a que podría ser fallida. No porque no den los números, sino porque faltan decisiones. Vox exige dos consejerías —una de ellas Agricultura— y una vicepresidencia acorde a sus resultados, además de la asunción de varias líneas rojas de su programa político.
La cuestión de fondo no es solo el reparto de sillones, sino quién asume el desgaste. Si el PP cede, corre el riesgo de diluir su perfil; si Vox se mantiene firme, puede ser acusado de bloquear el cambio. Y en medio, Extremadura, pendiente de una negociación que parece más condicionada por estrategias nacionales que por urgencias regionales.
Quizá, al final, la política vuelva a demostrar que las mayorías no se construyen solo con votos, sino con voluntad. Pero hoy por hoy, la goma sigue tensándose. Y nadie sabe cuánto más podrá estirarse sin romperse.
Añadir La Portada de Extremadura como fuente preferida de Google de forma gratuita.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.