El estilo de estar solo

Cartografía de dos tierras

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(Geógrafo)

30 de agosto de 2026 a las 21:40h
Actualizado: 30 de agosto de 2026 a las 21:40h

Charles Bukowski habría cumplido este agosto 106 años. La fecha ha servido para que vuelvan a publicarse artículos sobre él. Casi todos coinciden en la botella, el hipódromo, las mujeres, las peleas y una fotografía underground. Es el Bukowski fácil. También el menos interesante.

El verdadero asunto está en Los Ángeles.

No en el de Hollywood, las piscinas y los descapotables, sino en el que queda detrás. El de las pensiones baratas, los trabajos mal pagados, los hospitales públicos y las habitaciones donde hace frío en invierno. Porque en Los Ángeles también hace frío, aunque el cine haya decidido lo contrario. Bukowski conoció esa ciudad desde abajo: allí creció, trabajó, bebió, escribió y aprendió que el sueño americano era una estafa.

Su padre, con el apoyo inquebrantable de su madre le pegaba con un razor strop a diario. Un acné severo le destrozó la cara durante la adolescencia. Pasó por almacenes, fábricas, mataderos, gasolineras y oficinas. Fue cartero en dos etapas, estuvo desempleado, durmió en bancos y casi murió por una hemorragia. No necesitó inventar a los perdedores. Fue uno de ellos.

Por eso La senda del perdedor sigue siendo su mejor libro. No hay allí un borracho simpático. Hay un niño que descubre pronto que la familia puede ser un lugar hostil, la escuela una máquina de clasificar y la sociedad un club que no admite a todos. Henry Chinaski, su alter ego, elige quedarse solo antes de que los demás puedan expulsarlo.

Bukowski entendió que la soledad tiene un precio. También una ventaja: permite no pedir permiso. Su vida no es ejemplar por el alcohol ni por sus excesos. Lo es por otra cosa. Durante décadas siguió escribiendo cuando casi nadie lo leía.

También las mujeres llegaron tarde. Había tenido relaciones anteriores e incluso una hija, pero la abundancia de encuentros que después narraría en Mujeres apareció con el reconocimiento literario, cuando rondaba los cincuenta años. Hasta entonces predominan en su biografía la inseguridad, el rechazo y el aislamiento. La caricatura del seductor incorregible oculta a un hombre marcado por su aspecto físico y poco acostumbrado a resultar atractivo. La literatura y las mujeres llegaron casi al mismo tiempo, cuando la juventud ya había pasado.

En 1969, John Martin, fundador de Black Sparrow Press, le ofreció cien dólares mensuales para que dejara su empleo en Correos y se dedicara a escribir. Bukowski tenía 49 años. Aceptó. Poco después entregó Cartero.

No fue un golpe de suerte. Llevaba media vida preparándolo, y eso tiene hoy un significado especial. Vivimos en una época que espera resultados inmediatos: publicar, gustar, triunfar y ser reconocido antes de tener tiempo para asimilarlo. Bukowski pasó décadas escribiendo sin lectores, trabajando en empleos que detestaba y sin ninguna certeza de que aquello fuese a servir para algo. Creer en uno mismo, en su caso, no fue una frase de autoayuda, fue una labor de treinta años.

Su prosa parece sencilla porque eliminó todo lo que estorbaba. Frases cortas. Pocos adjetivos. Ninguna explicación innecesaria. Escribir así requiere más trabajo que llenar una página de palabras solemnes. Bukowski no escribía mal a propósito, escribía con una precisión que no quería parecer literaria. Ese era su estilo, y para él «el estilo es la respuesta a todo»: una manera propia de hacer incluso aquello que resulta aburrido o peligroso. El estilo no era elegancia exterior, sino lo último que conservaba un hombre cuando ya le habían quitado casi todo.

Pero Bukowski fue, antes que novelista, poeta. Bajo la suciedad, el sexo y el alcohol había una sensibilidad que le daba vergüenza mostrar. En Pájaro azul reconoce que guarda algo frágil dentro que solo deja salir algunas noches. Ahí está el hombre entero: el tipo duro no niega la ternura; la esconde porque sabe lo que cuesta enseñarla.

Bukowski desmontó el sueño americano sin escribir un tratado. Le bastó contar una jornada de trabajo, una habitación sin calefacción y un hombre mirando el techo. No prometió que todo saldría bien, prometió decir la verdad.

Después apostó por sí mismo y aceptó las consecuencias. Incluso quedarse solo. Eso no garantiza la felicidad, pero consigue algo que nadie puede quitarte: una vida propia.

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Felipe Grande

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