Estamos solos. Han dejado al Estado igual que un Ecce Homo, una especie de lugar de nadie. Por eso acudo a Baudelaire y Unamuno, me disuelvo en las drogas de Las flores del mal como salvavidas literario. Se acabó la química con la política; llevaban tiempo los partidos abusando de nuestra resignación pero... ¡hasta aquí, malditos bastardos!
En contraposición, la luminosidad, la belleza de la gente real, la que cuida y no ensucia, la que camina y no pone obstáculos, la que reza y no la que adoctrina.
Se nos llenó la política de frikis y punks llevándose por delante lo poco ilustrado que quedaba, la porción estética de lo vital, desde entonces hemos ido caminando a tientas en la oscuridad, caminando sobre los cristales rotos del relato. Y así, poco a poco hemos ido entrando en un túnel sin salida. No quisimos o no pudimos hacer caso de las evidencias y las señales, hasta que, igual que le sucede a un tren sin control, acaba embistiendo a otro que está adormecido, bloqueado, roto en la vía. Tras un choque ya sabemos lo que hay: los destrozos, la estación final.
Recuerdo que Tolstói murió en una estación de tren y fue su muerte la que detuvo allí el tiempo; desde el 7 de noviembre de 1910, el reloj de aquella estación está detenido en las seis de la madrugada, hora en que murió el autor de Guerra y paz.
Llevamos demasiados relojes parados, demasiadas estaciones tristes, demasiados trenes rotos posándose en el alma, pero no desistamos pues aún queda una súbita chispa, un cardo en mitad del campo que no se deja vencer cuando sus hermanas plantas han muerto de sed. Seamos como el cardo y no dejemos que destrocen el hilito de esperanza que nos queda bailando dentro.
Convendría recordar de paso que el resquemor es una semilla que no fructifica. Nos adentramos en terreno desconocido al afrontar una campaña electoral con la desolación como estado de ánimo dominante, así pues cada uno proteja su conciencia y su corazón ya que estamos solos, desprotegidos en medio del alarido general. Estamos solos ante la flojeza de un Estado más preocupado por enfrentarnos que por cuidarnos, un Estado afanado en establecer el peligroso pensamiento único, un Estado...en fin, más enfermo de lo que intuíamos. Un Estado que nos ha traído hasta este lugar de nadie.
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