Ha mucho que cantábamos aquello de… “cuando juegan el Athletic y la Real son siempre vascos los que ganan”. Más o menos. Eso era, más o menos, cuando las cuadrillas de chiquiteros tenían por suyas las siete calles. Bilbao. Donosti. Cuando en los equipos vascos solo jugaban vascos. Eran otros tiempos. Ahora, hoy, cuando quedan unas horas para que jueguen una tal España y un tal Portugal me ha vuelto a la cabeza aquella chimberada.
A mí aquello de que ganaban los vascos no acababa de convencerme… lo suyo era que ganara el Athletic. Sin más. Obvio. Obvio por dentro. El fútbol como trasunto de la tribu tiene razones que la razón no entiende. Al menos hasta cierta edad. El por qué militamos en un bando u otro responde a sentimientos que, más que dominar, nos dominan. Sin más.
Yo, sin saber cómo, siento que cuando juegan España y Portugal son siempre españoles los que ganan. No tengo claro si los que ganan debieran llamarse españoles o iberos. O íberos. Sea como sea que les llamemos tengo un calorcito por dentro que me dice que los unos y los otros, o lo que va quedando de ellos, pertenecen a la misma tribu. Que ambos son, en el mundo, un mismo destino. Flechas de un mismo arco. Dos Estados, una misma patria. Tiene que ver con los mares, con las tierras, con las piedras del camino, con el pan, con el vino, con las palabras… y con las gentes. Un sinfín de motivos chiquititos que, a ambos lados de la frontera, me dice que esta es mi tribu. Al menos es lo que yo oigo; otros quizá oigan, si oyen, lo contrario. A este querer no renuncio. Así que me sorprendo a mí mismo no sabiendo a quien quiero más, si a papá o a mamá.
En el siglo XIX, cuando tuvieron su auge los nacionalismos integradores, también floreció la flor del iberismo. Italia, Alemania y, por qué no, también España. O Iberia. O como quiera que llamáramos a lo que es uno. Aquel viejo iberismo tenía cierto aroma a republicanismo y a masonería. Eso es lo de menos. Lo triste es que aquello quedara en nada. O casi. Y, sin embargo, cuando estoy en Lisboa el corazón me dice qué bonita capital para todos los españoles. Ya ven… El corazón me dice que estoy en mi casa con mi gente, lo mismo que me dice cuando estoy en Sevilla o en Zaragoza. Eso no me pasa ni en París ni en Londres. Ni, por supuesto, en Marraquech. Ya ven…
A mí lo que me gustaría es que Ronaldo jugara en la misma selección que Oyarzabal. Uno no es libre para escoger sus devociones. Te asaltan y te acompañan de por vida. ¿Por qué poner la frontera aquí y no allí? ¿Quiénes son los míos? No lo sé… solo sé que yo, como el Infante Arnaldos, solo canto mi canción a quien conmigo va. Solo tengo una certeza, que hoy, sí o sí, ganan los míos. Me lo dice lo que me va quedando de corazón.
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