En un congreso del PP extremeño de hace ya bastantes años, allá por 2008, se presentó una ponencia que defendía que “había que escorar el partido hacia la izquierda”. Venía a decir, en esencia, que el PP había copado prácticamente todo el espectro ideológico de la derecha (no existía Vox) y que su único camino para seguir creciendo pasaba por el centro izquierda e incluso por la izquierda más moderada, un espacio tradicionalmente ocupado por el PSOE.
Con Monago a la cabeza, aquello chirriaba, sobre todo entre los dirigentes y militantes más veteranos, curtidos durante años en la batalla encarnizada contra los socialistas y el ibarrismo más férreo. Sin embargo, no fue una de esas resoluciones que se aprueban en los congresos para luego guardarse en un cajón. Se aprobó y, lo que es más importante, se llevó a la práctica.
Tanto fue así —y los que tengan memoria lo recordarán— que a Monago acabaron tildándolo de izquierdoso, hasta el punto de bautizarlo como el Barón Rojo, en una clara estrategia de marketing político dirigida entonces por el todopoderoso Iván Redondo. “No soy ni un barón rojo ni un verso suelto dentro del PP”, dijo el flamante presidente extremeño en su toma de posesión en 2011, alejándose de los tópicos que le atribuía la prensa de Madrid, pero al mismo tiempo alimentándolos con gasolina.
Todo esto me viene a la cabeza tras escuchar a María Guardiola en el mitin de este sábado en Navalmoral de la Mata pidiendo el voto de los “decepcionados del PSOE”. La candidata del PP dijo literalmente, y ante Feijóo, que “no hace falta mirar las siglas” y que “aquí cabéis todos”, reclamando para sí ese voto progresista y feminista que puede sentirse traicionado tras destaparse los casos de acoso sexual denunciados dentro del PSOE. La alusión, claramente medida, encaja con la estrategia general del PP en esta campaña, en la que Vox está más fuerte que nunca y ha conquistado a la derecha más pura y más dura.
Los guardiolistas, que así habrá que empezar a llamarlos, no quieren ir de la mano de Abascal. Eso ha quedado claro. Por ello han decidido liderar una derecha más moderada y tratar de captar apoyos en el centro izquierda. “Voy a votar a María Guardiola porque es la estabilidad frente a las posturas radicales”, dice la voz en off de los anuncios de televisión y radio del PP de estos días. Los populares han asumido, en esta recta final de campaña, que no pueden competir por los votos con Vox y que apelar a la responsabilidad o al buen gobierno frente al voto hecho con las tripas no es una estrategia eficaz. La solución pasa por crecer hacia el otro lado, justo donde siempre ha estado el PSOE, hoy en horas bajas y acuciado por los escándalos nacionales. Aunque estas elecciones sean autonómicas, lo nacional pesa y se tiene en cuenta más que nunca.
El problema de esta apuesta es que Vox encuentra ahí el camino perfecto para machacar al PP. El candidato de Abascal en Extremadura, Óscar Fernández, no deja de identificar a María Guardiola con el PSOE. Insiste en que son la misma cosa y en que el bipartidismo o la alternancia entre ambos partidos durante 40 años es lo que ha impedido que Extremadura avance como es debido. En más de una ocasión parece que Vox y PP ocupan espectros ideológicos antagónicos, y ya no se sabe bien si esa distancia es real o simplemente fruto de la pelea electoral.
Queda por ver en qué acaba todo: si la estrategia del PP da resultado, si Vox avanza tanto como auguran algunas encuestas —o ellos mismos— y si el PSOE se hunde definitivamente o consigue mantenerse a flote. Lo que sí parece claro es que, una vez más, en Extremadura la batalla no se libra solo en la derecha, sino en ese centro difuso donde se ganan o se pierden unas elecciones.
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