Se puede ser vegetariano y que te guste la carne. Se puede no comerla desde hace años y seguir sabiendo cómo huele un guiso cuando empieza a hacerse. Se puede reconocer el punto exacto de una parrilla, la tentación de un asado, la promesa de un plato que forma parte de la memoria. Y, aun así, decir que no.
Porque una cosa es el gusto y otra, muy distinta, la decisión.
Nos han enseñado a confundir ambas cosas. Como si todo lo que nos atrae tuviera que regirnos. Como si el deseo fuera una orden y la coherencia consistiera en seguirlo sin discutir. Pero la vida está llena de personas que hacen justo lo contrario: saben lo que les gusta y, precisamente por eso, deciden apartarse.
No es una renuncia menor. Renunciar a lo que no cuesta apenas tiene mérito. Lo difícil es renunciar a lo que sí sigue apeteciendo. Lo difícil es sentarse a la mesa, oler la carne, entender su atractivo y mantener el límite. Ahí es donde la elección deja de ser teoría y se convierte en carácter.
Hay quien piensa que eso es incoherencia. Que si te gusta, deberías comerlo. Que si no lo comes, es porque ya no te gusta. Pero la realidad no es tan ordenada. Hay gustos que permanecen y decisiones que avanzan por otro carril. Hay afectos que no desaparecen aunque cambie la conducta. Hay personas que siguen sintiendo la atracción de lo que han dejado atrás y, sin embargo, no vuelven.
La virtud de esa contradicción es que no presume de pureza. No necesita proclamarse superior, ni más limpia, ni más correcta que nadie. Solo dice esto: puedo querer algo y, aun así, no tomarlo.
Y eso, en un tiempo en el que todo parece reducirse al impulso inmediato, tiene más valor del que parece.
Se puede ser vegetariano y que te guste la carne.
Se puede, incluso, disfrutar de su recuerdo.
Y elegir no volver.
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