Es posible ser socialista y estar en contra de Sánchez

Contradicciones

Elvira bn

(Periodista)

22 de mayo de 2026 a las 16:58h
Actualizado: 22 de mayo de 2026 a las 16:58h

En círculos donde la palabra “socialismo” debería abrir debates, hoy abre registros de asistencia; quien falta a la foto es contado entre los sospechosos. Más que política eso es catecismo.

Decir que se es socialista y, al mismo tiempo, estar en contra de Pedro Sánchez no es una herejía; es una precisión histórica. El socialismo es tradición de ideas y de prácticas, no un sello intransferible del rostro que ocupa un despacho. Durante décadas los socialistas han discutido, se han roto y se han vuelto a recomponer; en esas disputas se forjaron programas, alianzas y dignidades. Convertir la discrepancia en delito político equivale a confundir hombre con doctrina, personaje con legado.

Criticar a Sánchez desde el socialismo puede nacer del cansancio por tácticas que priorizan la supervivencia del liderazgo sobre la ampliación de derechos; puede nacer del rechazo a la opacidad en decisiones relevantes; puede nacer de la indignación cuando se sacrifica consistencia en política por comodidad inmediata. Es legítimo, y más: es necesario. Porque la izquierda, si no es capaz de autocomprobación, acaba delegando su conciencia en un aparato que habla por ella.

Hay, además, una consecuencia política que muchos prefieren no ver: la confusión entre partido y persona debilita la relación con la ciudadanía. Si la militancia se convierte únicamente en coro, la sociedad deja de reconocerse en el partido. Y un partido irreconocible difícilmente gana futuros mayoritarios, incluso si gana hoy. La táctica que asegura votos inmediatos puede hipotecar la credibilidad a largo plazo.

Decirlo en alto no equivale a incendiar la casa; equivale a intentar que la casa no se derrumbe. Lealtad no es silencio; lealtad es corregir cuando hace falta, denunciar cuando toca y volver a tender puentes cuando la política lo exige. El sanchismo puede tener partidarios entregados y críticos razonados; quien discrepa no es enemigo, es una advertencia. Tratarlo como traidor es aplicar una medicina que mata al enfermo

Ser socialista y estar en contra de Sánchez es posible, coherente y, en muchos casos, necesario. Quien lo hace no renuncia a la historia del partido; la reclama. Reclama debate, memoria y rumbo. Reclama que la discrepancia se trate como lo que es: herramienta para mejorar, no arma para excluir. Y si eso molesta, no es la discrepancia la problema; es la intolerancia la que exige reproche.

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