Hay una forma muy extendida de repartir identidades como si fueran medallas de cartón: a los extremeños se nos supone una querencia natural por el pueblo, por la tierra, por el horizonte sin semáforos y por la conversación lenta a la puerta de casa. Todo lo demás —el piso, el barrio, el centro comercial, la avenida, el autobús de línea, la librería de esquina— parecería una concesión dudosa a la modernidad. Como si vivir en una ciudad nos hiciera menos nuestros. Parece que para ser extremeña de verdad hay que oler a tomillo, distinguir tres encinas por el porte y emocionarse, preferiblemente en directo, con una matanza. Lo demás sería impostura.
Pero no. También se puede ser extremeña y ser urbanita. Y conviene decirlo con calma, porque hay tópicos que se aferran al folclore con una tenacidad admirable. Extremadura no es sólo la dehesa, la plaza, la feria y la sobremesa interminable. Es también la del asfalto caliente, la del bloque con tendedero, la del cruce de avenidas, la del centro comercial, la del instituto, la del vecindario que se saluda sin conocerse demasiado. Todo eso también es región. Todo eso también es memoria.
La identidad no se conserva en formol. Cambia, se mueve, se asfalta. Quien nace en una ciudad extremeña no es menos extremeño que quien ha crecido entre corrales, eras y caminos de tierra. Y quien, habiendo nacido en un pueblo, acaba viviendo en un entorno urbano, tampoco se ha desnaturalizado. Ha ampliado su forma de estar en el mundo. Ha aprendido otras rutinas, otros ritmos, otras maneras de entender el espacio público.
Ahí está la pequeña hipocresía de este asunto: se exige autenticidad, pero se desconfía de todo lo que huela a ciudad. Como si la cultura sólo pudiera sobrevivir entre encinas. Como si una conversación interesante no pudiera nacer en una terraza urbana, como si el deseo de vivir en un lugar con servicios, transporte, colegios, librerías y vida cultural fuera una renuncia moral. A veces se habla del urbanita extremeño con esa condescendencia de quien cree que ha descubierto una anomalía. No hay anomalía alguna. Hay presente.
Es, incluso, una lección muy extremeña: que una puede querer su tierra sin convertirla en reliquia.
Ser extremeña y ser urbanita no es una contradicción. Es una evolución. Y a veces, frente a tanto romanticismo de carretera secundaria, conviene recordarlo: ser extremeño no es vivir en una postal; es habitar una tierra que también tiene semáforos, ruido, asfalto y futuro.
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