Es posible ser animalista y taurino

Contradicciones

Elvira bn

(Periodista)

25 de junio de 2026 a las 19:56h
Actualizado: 25 de junio de 2026 a las 19:56h

Hay frases que provocan rechazo antes de ser escuchadas.

«Soy animalista y taurino» es una de ellas.

Para algunas personas, la sola unión de ambas palabras basta para cerrar el juicio. Como si alguien dijera que es pacifista y justificara una guerra concreta, o como si alguien que se dice defensor de lo público mandara a sus hijos a un colegio privado.La sentencia llega antes que la escucha.

Pero la realidad tiene la mala costumbre de no obedecer nuestras categorías.

Existen personas que colaboran con protectoras, recogen animales abandonados, se indignan ante el maltrato y, a la vez, acuden a una corrida. No son una rareza literaria ni una contradicción de laboratorio. Son personas reales, con una forma de mirar el mundo que no encaja del todo en los compartimentos en los que solemos ordenar la conciencia ajena.

La clave no está en enfrentar a unos contra otros.

La clave está en aceptar que una sola persona puede vivir dentro de dos impulsos que, desde fuera, parecen irreconciliables.

Quien observa la tauromaquia desde fuera suele pensar que el aficionado disfruta del sufrimiento animal. Muchos taurinos rechazan esa descripción. Se consideran admiradores del toro, hablan de respeto, de crianza, de conservación de una raza única y de una tradición cultural que, a su juicio, no puede reducirse al instante final de la lidia.

Sus críticos responden que nada de eso borra el sufrimiento ni altera el desenlace. Que el cariño declarado hacia el animal no justifica someterlo a un espectáculo público. Que precisamente porque se dice admirar al toro, su destino resulta todavía más difícil de aceptar.

Y ahí está el nudo.

Porque el conflicto no siempre enfrenta a dos personas distintas. A veces divide por dentro a una sola.

La discusión sobre los toros rara vez opone amor y odio en estado puro. Opone dos maneras de entender qué significa respetar a un animal.

Una sostiene que el respeto exige excluir cualquier práctica que implique sufrimiento evitable. La otra cree que pueden coexistir la admiración, el cuidado y una tradición cuyo desenlace resulta incómodo para una sensibilidad contemporánea cada vez más alejada del mundo rural.

Ahí no hay un choque limpio entre buenos y malos. Hay una tensión más incómoda: la de quien no quiere renunciar ni a una convicción ni a la otra.

Quizá por eso este debate incomoda tanto. Porque no obliga sólo a elegir postura; obliga a admitir que la identidad humana rara vez cabe en una sola palabra.

Quizá la contradicción no esté en quienes intentan conciliar ambas posiciones.

Quizá esté en una sociedad que adora a los animales en el discurso, consume millones de toneladas de carne al año y sólo se escandaliza ante ciertas muertes visibles.

Porque las contradicciones más difíciles no son las ajenas.

Son las nuestras.

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Elvira Galvache

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