Por qué la pregunta importa más que la respuesta
Hay preguntas que no se formulan para contestarlas. Se formulan para ver quién se atreve a sostenerlas sin apartar la mirada.
Morante de la Puebla se quitó la coleta el 12 de octubre de 2025 en Las Ventas. Con 28 años de alternativa, con miles de chavales sacándolo a hombros por las calles de Madrid. Un final que parece inventado. Tan redondo que incomoda.
Y entonces alguien formuló la cuestión, aunque todos la teníamos en la cabeza: ¿ha sido el mejor torero de todos los tiempos?
Llevo más de cuarenta y cinco años yendo a los toros. Nunca necesité hacer esa pregunta. Con Morante me pasó algo que no me había pasado nunca: necesité proclamarlo, y eso me costó discusiones con amigos tirando de memoria heredada de padres y abuelos, de nombres que no se discuten porque forman parte de una tradición más que de un análisis para defender el “no”. Que si Manolete, que si el Cordobés. Peleas absurdas y apasionadas que solo se dan cuando algo de verdad importa.
Me acordé entonces de Joselito y Belmonte antes de los años veinte. Sin fútbol, sin televisión, sin internet. Simplemente dos toreros y una España entera partiéndose por la mitad. Aficionados, partidistas de uno u otro, que en la mayoría de los casos ni siquiera los habían visto torear, llegaban a las manos. Altercados en los tendidos. Eso no es afición. Eso es religión.
Eso ya dice mucho; las grandes figuras no solo se miden por lo que hacen en la plaza, sino por el tipo de discusión que obligan a sostener fuera de ella.
Los toreros de antes, los que vieron torear a Ordóñez, a Camino, a Manolete, no lo dicen en ruedas de prensa. Lo dicen cuando se les pregunta de verdad, cuando no hay cámaras y la conversación ha bajado lo suficiente de tono como para que la verdad quepa.
«No hemos visto nada igual.» Eso es mucho. Eso es casi todo».
El otro día el periodista Luis Herrero se lo preguntó directamente a Joselito, José Miguel Arroyo. Y Joselito, que es de los que no se corta, respondió sin dudar: «De lo que yo he visto, el mejor. Y si no, de los muy muy mejores de la historia. A ver si se retira ya, porque nos está dejando al resto a la altura del betún». Pocas veces se oye algo así de alguien que sabe lo que cuesta llegar a donde llegó.
Y ahora viene lo pasado en Sevilla 2026. Después del retiro más aplaudido que se recuerda, después de la despedida perfecta, Morante ha vuelto. Y vuelve con cornada incluida. Lo que iba a ser clausura se convierte en capítulo nuevo, y ese capítulo arranca con gloria y sangre. Lo que ha armado a su vuelta en la Maestranza no tiene explicación racional: ovaciones donde antes hubo silencios, lágrimas donde antes hubo silbidos. Justo lo contrario de lo que debería pasar con un torero que ya lo había dado todo.
Durante años Morante toreó para los que sabían. Para los que entraban por la verónica y el natural, por esa hondura que no se puede explicar a quien no la ha sentido. Lo seguía entonces, cuando era de pocos, cuando la banda no tocaba en la Maestranza y el público no entraba en la faena. Esos años valen algo que los recién llegados no pueden comprar aunque quieran. Morante ha sostenido su propuesta en una época de cuestionamiento abierto, con la tauromaquia a la defensiva y bajo escrutinio constante.
Y de repente, sin campaña, sin redes sociales, sin apoderado de manual, se ha convertido en un fenómeno generacional. Chavales que no habían pisado una plaza empezaron a perseguirlo por ferias. Un muletazo de siete segundos corría por las redes a velocidades que los medios convencionales no entendían. Pasa cuando algo es de verdad.
Lo que convierte a Morante en otra cosa no es solo lo que hacía con el capote. Es el momento en que lo hizo. Echarse el peso de la tauromaquia encima cuando más acechada estaba. Eso tiene un mérito diferente al de los grandes de otras épocas, que construyeron sus reinados con el viento a favor.
Morante eligió ser Morante cuando ser Morante costaba.
¿Es eso suficiente para ser el mejor de la historia? Depende de lo que se entienda por mejor. Si hablamos de pureza, de hondura, de ese toreo que lo lleva todo dentro sin copiar a nadie, la respuesta se sostiene sola. Si se quieren medir otras cosas, que cada uno haga sus cuentas.
Pero nadie ha provocado lo que Morante ha provocado en el tiempo más difícil para provocarlo. Y ahora vuelve a hacerlo.
Las preguntas que resisten son las que dejan huella.
Y esta, de momento, sigue en pie.
Y eso ya dice mucho.
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