Iscas a la portuguesa, más que la casquería clásica española, se trata del hígado encebollado de ternera o cerdo, con ajo picado y cocido al vino blanco. Las vísceras en sí se conocen como miúdos (sesos) o moelas (mollejas) de oveja. No tengo otras palabras para definir algo así en la culinaria lusa que se asemejen a las asaduras del corazón, los entresijos con intestinos del lechal, las menudencias, las gallinejas, los riñones al Jerez, los callos, la lengua, las criadillas, restos con menos dedicación que la Chanfaina que se cocina en Badajoz o el Frite que cuecen en Cáceres con la pierna del cordero, lo que comemos en la España interior, al lado de Lisboa.
La eliminatoria entre España y Portugal en el Mundial de Fútbol el pasado lunes sacó algo de todo esto en las redes, en una semana con tanto calor a un sitio y otro de la Raya que sólo te invitaba a disfrutar de una sandía recién sacada de la nevera. Después del “meme” tan bienintencionado con Felipe II: “Señor, esta semana jugamos España y Portugal” contestándole al valido regio: “¿Contra quién?”, los excesos volvieron a rebozar de sangre y estulticia entre los adeptos radicales que miden el orgullo personal en esto: Por un lado, el independentismo catalán y vasco, de esencia antiespañol y contra federalista, capaz de ensalzar un Estado portugués que ni siquiera aprueba la descentralización regional en su administración, menos aún Comunidades Autónomas con un nivel de autogobierno mayor que el alemán o italiano, a excepción del Senado como cámara territorial. Aún habrá quien crea que algún portugués se aliaría con tal causa como con en el estallido de la Guerra de Restauración contra la corona española del XVII. No fue tanto por los cuatro mil reclutas, jóvenes portugueses y pobres, que murieron en la guerra del Rosellón por la sublevación catalana, que ni les iba ni les venía, como por el ansia recaudadora del Conde-Duque de Olivares que se enfrentó a la nobleza lusa, al comercio y a los propietarios agrarios hasta que tiraron por la ventana del Palacio de la Ribera al gobernador Miguel de Vasconcelos y forzaron la huida de la Virreina de Felipe IV, Margarita de Saboya, la duquesa de Mantúa, tras la conjura de la nobleza provinciana que llevó a los Bragança al trono. Y si alguna vez profirieron simpatía desde este republicanismo jacobino durante este siglo guarda más un interés de debilitar territorialmente al vecino, cinco veces mayor que él, cuando la banca catalana quiso aliarse con las energéticas y financieras lusas.
Por otro lado, la reacción del ultranacionalismo luso contra España después de la derrota futbolística por la mínima, que llegó a apelar a Aljubarrota durante las horas previas. No sólo desde Oporto a Castelo Branco prefieren que pase Bélgica a España en la siguiente eliminatoria “España nunca” -braman en las redes sociales algunos exacerbados- si no que Robert Martínez, ex-seleccionador luso y catalán de Lérida para más incoherencia, se ha convertido en blanco de estas bilis, lógicas entre las primeras horas que les llena la decepción. El hombre que se vanagloriaba de que en su familia hablaban portugués como inglés, que llegó de dirigir el equipo de un país partido entre flamencos y valones -el que hoy se juega el éxito a semifinales contra España- al “careca” (calvo) que jamás dirigió en España un club, el humorista Manuel Cardoso lo sentenció en una columna de Expresso: “Martínez aprendió portugués precisamente porque el trabajo que vino a hacer fue más hablar que entrenar. Desde luego, intentando seducir apelando al complejo de inferioridad que nos lleva a admirar cualquier extranjero que busque manejar nuestro idioma”.
Según el análisis de Tomás de Cinha y Rui Manheiro: “La cultura de la mediocridad y el conformismo se instaló en la selección. Martínez deja una mano llena de nada”. Hasta el presidente de la federación, Pedro Proença reconoció que “La eliminación en una fase tan precoz no se corresponde con la calidad de nuestros jugadores”, después de euforias que sostuvo durante meses de triunfalismo, tras la victoria de la Liga de las Naciones después del fallo del español Álvaro Morata en aquella tanda de penaltis. El triunvirato de la prensa deportiva lisboeta terminó por ejecutar la pena de dimisión: “Portugal paga los errores de Martínez y está fuera del Mundial” (A Bola). Record y O Jogo coincidían en el “adios prematuro que contradice con las expectativas generadas antes del torneo”. La gestión de los cambios y la incapacidad para reaccionar al dominio ocuparon sus análisis. El español se había convertido en el traidor para una parte del patriotismo luso, pese a que mantiene el mejor porcentaje en la historia reciente. Martínez siempre encontraba justificación ante un empate rancio, con Colombia “un motivo para estar orgullosos -dijo- y un test valioso para el futuro”: Parole, parole… Pese al ímpetu con el que cantaba “As armas” el himno nacional, y el reconocido nivel de fluidez conversando portugués en las conferencias de prensa, ese enlace entre el puerto mediterráneo catalán y el atlántico de Lisboa se rompió por desear agradar a todos… y a nadie, finalmente.
El bien queda, en nada se queda
A Robert Martínez, como a los emisarios del Rey filipino en Lisboa, le faltó personalidad y arrojo para que el aficionado reconociera que Vitinha y João Neves llegaban fundidos al Mundial después de alcanzar la Champions League con su club, el PSG francés. Nuno Mendes, también en ese equipo, se rompió las fibras en su duelo contra el joven Lamine Yamal. Y, sin embargo, Martínez prefirió siempre acomodar a un Cristiano Ronaldo que ya no gana batallas como la leyenda de Dom Sebastião, y despierta el malestar entre sus mariscales de campo, tanto en Bruno Fernándes como Bernardo Silva, suplente contra la selección española porque al astro de Madeira le apetecía jugar con su compañero esta temporada, João Félix, la eterna promesa. Quiso quedar bien con todos, y terminó por ser la diana de las vísceras, que arrastra con ello un pernicioso ácido entre Lisboa y Madrid.
En inglés “Iscas” equivale al término “Bait”. Significa además el cebo que se coloca en un anzuelo o trampa para atrapar animales o peces. Tras la eliminación de Portugal, quien fuera a Estados Unidos en apoyo a su selección tres veces en contra de la opinión pública (“Os sociais-democratas são do povo e gostam do futebol”, le defendió el parlamentario Hugo Soares) el presidente luso Luis Montenegro, ha anunciado esta semana en Ankara ante la reunión de la OTAN que “En 2026, la inversión en defensa llegará al 3’1% del presupuesto”, pese a que en este año se equiparó a España en el 2’1% del PIB -según publicó Rita Siza, periodista de Público- y que el Fondo Monetario Internacional cifre eI crecimiento mundial en el 3% y la inflación global del 4’7%, según el World Economic Outlook. En ese cálculo, España seguirá liderando la riqueza en Europa con el 2’5%, seis décimas de punto por encima de Portugal, como el dorsal que llevaba el jugador que metió el gol al portero del Oporto, Diego Costa, y ahorrarnos de que llegáramos a la prórroga para dirimir quién pasaba. Como saben, España se niega a aumentar el gasto en Defensa a costa de partidas que aminoren nivel de bienestar, protección social y sanitaria, sin duda el servicio público más deteriorado y cuestionado en Lisboa.
El pasado año Portugal ganó seis mil nuevos millonarios en un planeta donde el 1’5% de la población controla la mitad del patrimonio global, según publicó esta semana Expresso. Entre 2020 y 2025 creció la riqueza por adulto un 7% aunque la riqueza media descendió un 4’4% según el informe Global Wealth Report 2026 que divulgó el banco suizo UBS, un dato sobre el desequilibrio en la distribución. Sin clase media, un país deja de avanzar. Es como en el fútbol: Si tienes tan pocos, o cansados, mediocampistas piensas en reforzar la defensa, u optas por la épica de antiguas épocas que jamás volverán a ser igual, aunque te llames Cristiano o enarboles la Cruz de Avis en el pecho… porque todo cambió.
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