La elegancia de la gente corriente

Cartografía de dos tierras

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(Geógrafo)

25 de octubre de 2026 a las 23:00h
Actualizado: 25 de octubre de 2026 a las 23:58h

El otro día, perdiendo el tiempo en Instagram, apareció Robert Mitchum en una escena de The Big Sleep, la película de 1978 en la que interpretaba a Philip Marlowe, el detective de Raymond Chandler. Mitchum tenía sesenta años. Fumaba, miraba a su alrededor con aquellos ojos de quien parecía estar hasta las narices de casi todo y se movía con una naturalidad insultante. Tenía una presencia extraordinaria. Podía pasarse una escena entera sin apenas hablar y resultar más interesante que el resto del reparto junto.

Pero lo mejor era la música que alguien había añadido al post: Your Latest Trick, de Dire Straits. El saxofón de Michael Brecker, la cara de Mitchum, el humo del cigarrillo y aquella atmósfera de cine negro. Un maridaje perfecto. Vi el post varias veces.

Dire Straits siempre me ha parecido una banda excepcional. Y no solo por su música. En unos años ochenta dominados por los excesos, el maquillaje y los peinados imposibles, aquellos tipos salían al escenario vestidos como cualquiera de nosotros. Mark Knopfler, nacido en Glasgow, con sus vaqueros, una camisa corriente y la famosa cinta en la cabeza, podía pasar perfectamente por un profesor de instituto.

Después cogía la guitarra.

Knopfler tocaba con los dedos, sin púa, con una técnica y una sensibilidad extraordinarias. No necesitaba saltar, contorsionarse ni montar un espectáculo alrededor de cada solo. Escuchar Sultans of Swing, Private Investigations o Brothers in Arms sigue siendo un placer. Aquellos tipos llenaban estadios sin necesidad de disfrazarse de estrellas del rock.

Phil Collins tampoco parecía especialmente preocupado por su apariencia. Bajito, con poco pelo y una forma de vestir que recordaba más a un oficinista que a un ídolo musical. Su imagen fue motivo de burlas. Resultaba difícil encajarlo en aquella industria obsesionada con fabricar personajes.

Sin embargo, Collins era un músico formidable. Quien haya intentado tocar la batería sabe lo difícil que resulta coordinar manos y pies. Hacerlo mientras se canta, manteniendo el ritmo, la afinación y la respiración, tiene bastante más mérito del que parece. Collins lo hacía con una facilidad desconcertante.

Hay una escena del episodio piloto de Corrupción en Miami, emitido en 1984, dirigido por Thomas Carter y con Michael Mann como productor ejecutivo, que todavía me pone los pelos de punta. Crockett y Tubbs conducen de noche por Miami, prácticamente sin hablar, mientras suena In the Air Tonight. La canción avanza lentamente hasta que entra aquella batería. Una escena extraordinaria, acompañada por la música de un tipo que parecía haber salido de una oficina de seguros.

Y aquí seguimos, más de cuarenta años después, escuchándolos.

Quizá por eso me resulta tan cansina esta época de marcas personales, apariencias cuidadosamente estudiadas y gente empeñada en convencernos de lo extraordinaria que es su vida. Hay personas que dedican más tiempo a construir su personaje que a aprender un oficio. Otros necesitan contarnos cada mañana lo mucho que trabajan, lo felices que son y lo diferentes que se sienten.

Volví a ver la publicación de Mitchum. Sesenta años, un cigarrillo, aquella cara y el saxofón de Dire Straits. Después escuché otra vez In the Air Tonight. Más de cuarenta años después, aquellas canciones siguen funcionando.

Cerré Instagram.

Supongo que mañana el algoritmo volverá a ofrecerme algún idiota explicando las cinco claves para convertirse en una persona extraordinaria.

Con un poco de suerte, volverá a aparecer Mitchum.

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Felipe Grande

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