El arte del suicidio (Navidades en Lisboa III)

O Cais das Colunas

José Luis Lucas.

(Politólogo y periodista)

05 de diciembre de 2025 a las 09:59h
Actualizado: 05 de diciembre de 2025 a las 10:02h

Entre los fundadores de la Real Academia de Ciencias Médicas portuguesa estuvo el Dr. Sousa Martins. Se ha convertido en una especie de beato laico a quien la población más humilde de Lisboa le profesa una profunda devoción. Al pie de su estatua, que levantó el pueblo en su honor en el germánico Campo de Santana y le encargaron a Costa Motta por suscripción popular, los lisboetas depositan placas de mármol y metopas de piedra con fotografías junto al nombre del ser querido a cuya memoria atribuyen la prodigiosa intermediación del doctor para definitiva sanación. José Tomás de Sousa Martins obtuvo un reconocido prestigio como médico por su dedicación a los más pobres en la epidemia de tuberculosis en el Hospital de San José, años antes que mi bisabuelo Nicolás llegara a Lisboa en tren desde Badajoz. Formó parte de la Sociedad Farmacológica Lusitana y de una expedición científica a la Sierra de Estrela que resolvió allí la construcción de un sanatorio para excombatientes a través de la fundación Club Herminio. Su obsesión por terminar con aquella epidemia de tuberculosis que diezmó Lisboa, y la carencia de alcohol y de medicamentos para la población pobre de la ciudad, le llevó a sufrir de arritmias y taquicardias, consecuencia de aquel permanente estado de ansiedad.   

Finalmente, el médico, que representaría a Portugal en las dos conferencias sanitarias internacionales de Viena y Venecia, se suicidó el 18 de agosto de 1897 con una inyección de morfina, vencido por la impotencia, la misma que le quitaría la vida en público al farmacéutico jubilado Dimitris Christoulas frente al parlamento griego, días antes de que las marchas desde Salónica y Atenas quemaran el banco alemán que le embargó su plan de pensiones por la crisis con los bonos basura de deuda que desencadenó la caída de la compañía financiera Lehmman Brothers en el mundo y la quiebra financiera de los PIGS (cerdos) Portugal, Irlanda, Grecia y eSpaña. Los seguidores del espiritismo profesan tal veneración al espectro de Sousa Martins que te aseguran que contactan con él en el más allá, algo que la Iglesia católica - ni mi madre Ana, desde luego- le reconocerán jamás.   

En el mundo occidental, los hombres fallecen por suicidio con una cadencia cuatro veces mayor que entre las mujeres, aunque ellas lo intentan cuatro veces más. Se agrava aún más en las personas mayores de sesenta y cinco años, con la jubilación. La psicología explica eso porque los hombres utilizan métodos más letales. Además, en España, el suicidio presume ser la primera causa de muerte no natural, por encima de los accidentes de tráfico, aunque aún lejos de la letalidad que sufren en Rusia, Corea, China o Japón. La China tiene uno de los índices de suicidio femenino más altos del mundo y es el único país donde es mayor al de los hombres, aunque la tasa más alta de féminas suicidas se ubica en Corea del Sur, veintidós por cada cien habitantes. España tiene menos óbitos por suicidio que Francia, Polonia, Argentina, Irlanda o Portugal y sólo se ve superada en este arraigo a la vida por Italia. En sociedades católicas, se sufren menos suicidios que en las comunidades protestantes y parece un hecho más raro entre judíos que entre otros creyentes. De hecho, hay sociedades en las que siguen calificándose como delito y ningún país occidental utiliza el suicidio como una técnica militar de ataque contra enemigos, como pasa con la inmolación yihadista o prodigó el piloto nipón kamikaze en la guerra del Pacífico.   

Entre las proximidades de Sesimbra y Sintra, los cabos litorales de Espichel, Roca y la Boca guardan leyendas románticas que dicen acoger entre olas y sus piedras la sangre de decenas de enamorados suicidas. El salto de altura es el método más utilizado en Hong Kong y Singapur para terminar uno mismo con su vida, y ya sabemos que Portugal goza de relaciones culturales históricas con antiguas colonias del sudoeste asiático, desde Goa a Macao, que explican -por ejemplo- la existencia de esa exótica colección de armas expuesta en el palacio ducal de caza que la familia Bragança aún mantiene en Vila Viçosa de Borba, a sólo cuarenta kilómetros de Badajoz por la vieja carretera nacional. Ese nexo se extiende no sólo a los casinos: La compañía que gestiona el puerto industrial de Sines, de Singapur, y las inversiones chinas que controlan una cuarta parte de Energías De Portugal (EDP), que compraron a gallegos a finales del pasado siglo, se han convertido en órganos clave. Sesimbra, como Setúbal o Lisboa, conforman desde 2016 un mismo organismo de gestión portuaria que refuerza el área metropolitana de la capital y ha establecido con ello una serie de concesiones fiscales para las navieras que atracan allí sus mercancías, según aprobó una comisión interministerial de asuntos marítimos creada exprofeso.  

 El célebre ocultista, astrólogo y mago inglés, Aleister Crowley, fundador de la Iglesia de Thelena y amigo de Rodin, de Aldous Huxley y del poeta Fernando Pessoa, con quien se embriagaba de absenta y vino, creyó ver en esos acantilados una puerta astral desde donde le gritaba el diablo. Ale Crowley había llegado a Cascáis en 1930 a bordo del navío Alcántara, acompañado de la artista estadounidense, Henri Larissa Jaeger, de sólo diecinueve años. Un mes después, y tras una fuerte discusión con su pareja, a Crowley le vieron por última vez en el Hotel Miramar de Sintra. Pessoa y el periodista Ferreira encontraron en su habitación una nota en una pitillera que hoy cuelga en una placa del precipicio Boca del Infierno como la despedida de amor y dieron por supuesto el suicidio en aquel acantilado del litoral que debe su nombre al estruendo con el que rompen las olas. En ese esoterismo de Aleister, él se desdecía de cielos e infiernos. Aseguraba su reencarnación en el sabio chino Tu Li Yu tres mil años después, una forma de buscar a Cipango y Catay para albergar la riqueza eterna. La prensa portuguesa y británica se hizo eco de ello, pero su esoterismo respondía a algo más trivial: Evadir a varios acreedores. Crowley apareció en una exposición en Berlín un mes después y lo que se creyó como un suicidio pasional, “anómico” según la tipología científica del sociólogo Emile Durkheim, sólo fue una performance de teatro, que hasta contaba con la complicidad de la propia Hanni Jaeger: “Hay muertos que están muy vivos, y vivos que siguen muertos” fue todo lo que se atrevió a responder cuando le descubrieron el engaño, la respuesta que se acuña en la política para quienes creen aún tener más vidas que un gato.  

Cada docena de años chinos conmemoran el del Gato, el último se celebró en 2023. No miran si es blanco o negro, sólo que cace ratones para que nadie les coma el queso de la casa. Si acaso, gato dorado, levantando permanentemente el puño izquierdo encima de la estantería, en un movimiento constante que te hechiza hasta que se le agota la batería. 

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