Toda persona extremeña ha crecido sabiendo que, por estos lares, se habla de una manera un tanto peculiar. Desde la escuela aprendimos, casi sin darnos cuenta, que ciertas palabras no eran «correctas», que algunas terminaciones había que cambiarlas y que aquella manera de expresarse que conservaban nuestros abuelos era, sencillamente, «mal español».
Y así, poco a poco, fuimos dejando atrás las palabras de quienes nos precedieron.
Aquello que nuestros mayores pronunciaban con naturalidad, aquello que durante generaciones había pasado de padres a hijos, empezó a sonar extraño incluso dentro de nuestras propias casas. Una forma de hablar que algunos escritores, como Luis Chamizo o Gabriel y Galán, supieron escuchar y llevar a sus versos, convirtiéndola en materia de literatura, de memoria y de identidad.
Hoy solemos llamarlo castúo. Pero detrás de ese nombre hay una realidad lingüística mucho más profunda: el estremeñu, una lengua de origen asturleonés que hunde sus raíces en la historia medieval de estas tierras y que todavía sobrevive, con distinta intensidad, por toda Extremadura.
Entonces cabe preguntarse: ¿era realmente «mal español»?
Quizá durante demasiado tiempo confundimos lo que no conocíamos con lo que estaba mal.
El estremeñu no nació de un castellano imperfecto. No es una lengua hecha de errores, sino una lengua hecha de historia. Sus palabras, sus sonidos, sus giros y sus formas de construir las frases son el resultado de siglos de vida en un territorio de frontera, de caminos, de migraciones y de encuentros. Su origen asturleonés nos recuerda que Extremadura no ha sido nunca una tierra lingüísticamente aislada, sino parte de un espacio mucho más amplio en el que las palabras también viajaban.
Por eso, cuando escuchamos a nuestros abuelos, quizá no deberíamos oír simplemente un acento antiguo. En sus voces todavía quedaba el rastro de una lengua.
Una lengua que hoy vive en diglosia con el castellano. El español ocupa la escuela, la administración, los medios de comunicación y buena parte de los espacios públicos; el estremeñu, en cambio, ha quedado durante décadas arrinconado en la intimidad de las familias, en los pueblos, en las conversaciones cotidianas. Y esa desigualdad no solo ha provocado que cada vez se hable menos, sino también algo quizá más difícil de recuperar: la conciencia de que aquello que decían nuestros mayores tenía un nombre y una historia.
Porque el estremeñu no pertenece únicamente a un rincón de Extremadura. Sus rastros aparecen, en mayor o menor medida, por toda la región. Su presencia se hace especialmente visible en determinados territorios donde la transmisión se ha conservado con mayor fuerza. Serradilla, Las Hurdes o Montehermoso son algunos de esos lugares en los que todavía puede escucharse con mayor frecuencia y donde sus rasgos permanecen más vivos en la voz de sus gentes.
Y, sin embargo, vivimos en una tierra que a veces parece haber olvidado su propia riqueza.
Extremadura guarda en su territorio un verdadero mosaico lingüístico. Está el castellano; está el estremeñu, de raíz asturleonesa; está la fala del valle de Jálama, perteneciente al ámbito galaico-portugués; y están las variedades portuguesas que sobreviven junto a la frontera. Son distintas voces nacidas de distintas historias, pero todas forman parte del mismo paisaje.
Sabemos que en el norte se habla asturiano y leonés. Sabemos que en el valle de Jálama se conserva una lengua que nos recuerda la proximidad de Galicia y Portugal. Sabemos que al otro lado de la Raya las palabras cambian de sonido, pero no de capacidad para nombrar el mundo.
¿Por qué nos cuesta tanto reconocer nuestra propia voz? Tal vez porque durante demasiado tiempo aprendimos a avergonzarnos de ella
¿Por qué nos cuesta tanto reconocer nuestra propia voz? Tal vez porque durante demasiado tiempo aprendimos a avergonzarnos de ella. A nuestros mayores les corregimos palabras, expresiones y formas de decir que habían recibido de sus propios padres, como si en ellas hubiera un error que enmendar. Pero cada palabra que se pierde no es solo una palabra: es un pequeño fragmento de la memoria de un pueblo, una pieza de ese legado que durante generaciones pasó de boca en boca hasta llegar a nosotros.
Una lengua no desaparece únicamente cuando deja de hablarse. También comienza a desaparecer cuando quienes la hablan dejan de reconocerse en ella, cuando sus propias palabras les resultan ajenas y cuando aquello que recibieron de sus mayores pasa a considerarse vulgar, incorrecto o indigno de ser conservado. El estremeñu merece ser escuchado, no como una curiosidad folclórica ni como una deformación del castellano, sino como parte de la memoria lingüística y cultural de Extremadura.
Porque las palabras también son paisaje. Viven en las sierras y en los valles, en las calles de los pueblos, en las conversaciones al calor de una lumbre y en las cocinas donde todavía se reúnen los mayores. Viven en la voz de quien recuerda cómo hablaban sus padres y en esas palabras que dejamos de pronunciar porque un día alguien nos dijo que no eran correctas. Y, sin darnos cuenta, al corregirlas fuimos apagando poco a poco una voz que llevaba siglos formando parte de nuestra tierra.
Tal vez haya llegado el momento de volver la mirada hacia ellas. No para regresar al pasado, sino para comprender mejor quiénes somos y qué hemos heredado
Tal vez haya llegado el momento de volver la mirada hacia ellas. No para regresar al pasado, sino para comprender mejor quiénes somos y qué hemos heredado. Porque bajo el castellano que hoy hablamos, bajo las palabras que aprendimos en la escuela y que empleamos cada día, todavía permanece otra voz. Una voz de raíz asturleonesa, nacida y transformada en estas tierras, que durante siglos acompañó la vida de los extremeños. Una voz que es también memoria, territorio e identidad: el estremeñu.
Mientras quede alguien capaz de recordar una palabra, de conservar una expresión o de contarle a un nieto cómo se decía aquello «en tiempos de antes», esa voz seguirá viva. Quizá ya no resuene con la fuerza de antaño, quizá se escuche cada vez más lejos, pero seguirá formando parte de nosotros. Porque las lenguas pueden marchitarse, pueden quedar en silencio, pero mientras exista alguien dispuesto a escucharlas, nunca desaparecen del todo.
Y el estremeñu todavía tiene algo que decirnos. Solo tenemos que aprender, de nuevo, a escuchar su eco.
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