En este montón de cosas de incalculable desafección y disidencia sólo nos queda la química de lo bello. Alejarnos de esta política a lo “Paca Clavel” que insiste en perseguirnos desde el tablao flamenco del Congreso y su cante hondo.
Los domingos son para las urnas. Hay que ir a votar como quien va a misa. Los domingos son esa cosa blanda con sonido de campana cósmica, el chinchín del aperitivo, un valle de cuchipanda, la máxima pena de un penalti. Un domingo puede ser el principio o el final según de donde se venga o hacia donde se vaya. A veces los domingos llevan dentro un cadáver, un Salomón equivocado.
El domingo es un huertecillo para la fe, pero ahora toca ir a votar zambomba en mano, en el umbral de la Nochebuena sin ir hacia Belén sino al colegio electoral.
Un escalofrío se nos mete en el pliegue profundo de la razón cada día y el presidente cierra los ojos, bosteza ante la letruja húmeda del fango y el periodismo incómodo. La longitud del silencio presidencial también es incalculable; habla de los otros pero nunca de sus trapitos o la aterradora verdad. El prohombre nos evita detalles hermosos sobre esta época prodigiosa de enredos y campanillas, pero lo cierto es que la situación requiere de un exorcismo para que el demonio de la mentira salga de esos dominios. La política necesita de un hisopazo en la cabeza, flojito claro, pero necesitamos ver cuanto antes las estrellas, salir de entre estos lobos.
Extremadura va directa a una zona desconocida; la tierra que fuera fortín de todas las rosas se encamina vía pendulazo a un lugar ignoto según las encuestas. El estudio sociométrico que politólogos y analistas ponen bajo el microscopio, arroja la tenue luz de un quinqué porque nada hay más fiable que lo que ocurra el domingo cuando la urna sienta el cerrojazo de las ocho de la tarde. Un gonnnnnn certero y directo siempre que la urna sea prístina como el agua de un estanque sin nenúfares.
Necesariamente el pueblo quiere hablar, así sea dejando la palabra escueta en una papeleta que pasa por la ranura, una grieta como símbolo de la estrechez por la que atraviesan las ideas. Por eso, el hecho de ir a votar es una fiesta pero también está cargado de nostalgia anticipatoria, un ponerse a observar por la ventana el desenlace final de un combate o el día después de una boda cuando hay que recoger las serpentinas y el confeti.
Ese día después en que se revela la película como el papel fotográfico, es un baño de realidad donde cae al suelo la verdad desnuda y la sustancia se oxida. El lunes será el día de la combustión para algunos, el día en que experimentarán en carne propia la teoría del “flogisto” o la propagación de la luz en el vacío. Todo lo que parecía hipotéticamente inflamable, se quedará en menos que una chispa.
Mientras tanto...
María Guardiola le canta las cuarenta al Curro Jiménez de Vox que va como aquella Laura Ingels de la Casa de la pradera sofocado y tentando vacas. Gallardo en cambio va por los mercadillos confitado en agua de rosas asumiendo la misión de un psicopompo, una suerte de conductor de almas. Podemos, al parecer sube y dará la sorpresa según Michavila que atisba en Irene la Hipatia de Extremadura.
Son días expectantes en que los extremeños mantienen caliente el corazón. Quien más y quien menos ya ha envuelto su esperanza en el papel regalo de un sobre veteado con siglas. He visto árboles de navidad adornados con esos papiros, musgos y belenes llenos de papeletas colgando; figuritas que el domingo llenarán el aire.
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