Nos recomiendan consumir menos tecnología, pero ¿quién se preocupa por la calidad de lo que consumimos?
Desde el domingo 4 de octubre me ronda algo por la cabeza: Inés Mendoza trabajó moderando contenido de extrema violencia y material explícito altamente perturbador que los usuarios intentaban subir a Facebook e Instagram. Su función principal era actuar como un "filtro" para evitar que el público general digeriera esas escenas atroces. Curioso que nadie pensara en la sobreexposición de la persona que filtraba el contenido. La clave del trágico suceso que conocemos todos no era tanto la cantidad, sino la calidad del contenido.
Cuando alguien quiere mejorar su alimentación, lo normal es que no le recomendemos solamente dejar de comer. Le aconsejamos que coma mejor, que cuide las cantidades, que elija alimentos saludables y que procure mantener unos buenos hábitos.
Sin embargo, cuando hablamos de nuestra relación con la tecnología, la receta suele ser mucho más sencilla: prohibir el consumo hasta determinada edad, menos pantallas, menos redes sociales, menos horas con el móvil. Como si el problema fuera únicamente la cantidad de tiempo que pasamos conectados.
¿Y si estuviéramos planteando mal la cuestión?
Una investigación reciente publicada en Communications Psychology, del grupo Nature, ha revisado 45 estudios relacionados con la llamada desintoxicación digital. Sus conclusiones invitan a reflexionar: reducir o abandonar temporalmente las redes sociales no produce necesariamente mejoras claras y consistentes en nuestro bienestar psicológico. La evidencia disponible todavía presenta limitaciones importantes, pero creo que va en buena dirección.
Pensemos en algo cotidiano. No es lo mismo pasar una hora en internet aprendiendo algo nuevo, conversando con un familiar que vive lejos o participando en una actividad cultural que dedicar ese mismo tiempo a consumir vídeos uno detrás de otro, casi sin darnos cuenta.
Por eso, quizá deberíamos empezar a hablar menos de desconexión y más de alimentación digital saludable. No se trata solamente de cuánto consumimos, sino también de qué consumimos, por qué lo hacemos y cómo nos afecta a nuestra personalidad.
Pero esta comparación con la alimentación nos lleva a una cuestión todavía más interesante.
Cuando compramos alimentos, damos por hecho que existen controles sanitarios, normas de seguridad, información sobre los ingredientes, procedencia del producto e instituciones encargadas de proteger nuestra salud. Evidentemente, eso no garantiza que siempre comamos bien, pero al menos existe una responsabilidad compartida entre consumidores, empresas y administraciones públicas.
Es cierto que en Europa existen normas para proteger a las personas usuarias y exigir responsabilidades a las grandes plataformas. Pero estamos lejos de disponer de mecanismos equivalentes a los controles alimentarios que permitan conocer y prevenir de manera sistemática los posibles efectos psicológicos y sociales del consumo digital.
Nos preocupamos por lo que entra en nuestro estómago, pero apenas nos preguntamos por lo que entra diariamente en nuestra mente o en la de nuestros hijos.
Cada día consumimos cientos de mensajes, imágenes, opiniones, noticias y vídeos. Muchos nos informan, nos emocionan, nos ayudan a aprender o nos permiten relacionarnos. Otros pueden alimentar nuestros miedos, reforzar prejuicios, generar odio o comparaciones constantes o mantenernos atrapados en una sucesión interminable de contenidos.
Y, además, no siempre elegimos libremente lo que vemos. Buena parte de nuestra dieta digital está condicionada por algoritmos que deciden qué mostrarnos, en qué orden y con qué frecuencia.
Sin embargo, cuando aparecen los problemas, buena parte de la responsabilidad termina recayendo sobre las personas. Hay que controlar el tiempo de pantalla, aprender a desconectar, establecer horarios o educar mejor a nuestros hijos e hijas.
Todo eso es importante, por supuesto. La responsabilidad individual existe y no podemos ignorarla. Pero ¿es razonable exigir autocontrol permanente a las personas mientras permitimos que las plataformas utilicen mecanismos diseñados precisamente para captar y retener su atención?
Se trata de exigir transparencia sobre cómo funcionan los algoritmos, conocer mejor sus posibles efectos, proteger especialmente a los colectivos más vulnerables y reclamar que las empresas tecnológicas asuman su parte de responsabilidad.
Ya no basta con enseñar a utilizar la tecnología. También debemos enseñar a convivir con ella
Durante años las instituciones han trabajado para que nadie se quedara fuera del mundo digital. Han enseñado a utilizar ordenadores, teléfonos móviles, aplicaciones y servicios electrónicos. Era necesario y sigue siéndolo. Pero quizá haya llegado el momento de dar un paso más.
Ya no basta con enseñar a utilizar la tecnología. También debemos enseñar a convivir con ella.
Porque la dieta digital, igual que la alimentación, no debería ser únicamente una cuestión de fuerza de voluntad. También necesita educación, información, entornos saludables y responsabilidad de quienes ponen los productos a nuestro alcance.
Quizá haya llegado el momento de incorporar el bienestar digital a nuestras preocupaciones de salud pública.
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