En el análisis de redes sociales se habla de cámaras de eco o burbujas, que no son otra cosa que esos grupos en internet en los que las personas están repitiendo siempre lo mismo y recibiendo el eco de su propio pensamiento, cerrándose al intercambio de opiniones, ideas o estilos de vida con otros grupos. Es algo muy propio de nuestra sociedad digital. Lo podemos comprobar a nivel político, deportivo o musical, aunque no todos los ámbitos sean tan peligrosos como el primero.
El sistema está diseñado para mantenernos dentro de esas cámaras de eco. Es difícil salir de ese bucle en el que me gusta lo que veo y escucho, y solo veo y escucho lo que me gusta. Esto es una trampa mortal que está favoreciendo la polarización, entre otras razones, porque se alimenta casi siempre de las emociones. La dictadura de las emociones es la que nos impide analizar la realidad, debatir, pensar, reflexionar, etc. En definitiva, como todas las dictaduras, nos impide aquello que nos hace libres.
Lo importante para el emocionado es la pertenencia al grupo, es decir, la identidad. Por eso, en la escena pública se puede decir o hacer una cosa hoy y mañana la contraria sin que ello tenga consecuencias: son cambios que no cuentan, porque lo decisivo no es la coherencia ni la verdad, sino la conexión emocional con los nuestros y el descarte de los otros. Esta forma de segmentación no es nueva, pero las redes sociales la han llevado a un nivel inédito.
Nos están empujando a un escenario en el que no cuenta lo real o lo irreal… lo que cuenta, por desgracia, es la conexión emocional con tu grupo, y si te sales del grupo eres un extremista, un traidor, etc. Las redes sociales y la inteligencia artificial son herramientas necesarias para debilitar los mecanismos sociales que tradicionalmente distinguían lo verdadero de lo falso; por ello, en contextos de alta incertidumbre (y la IA la dispara), las personas no evalúan “si algo es verdad”, sino si ese algo encaja con lo que sienten, temen o desean. La emoción actúa como filtro cognitivo previo: decide qué merece ser creído antes de cualquier verificación.
La vida nos obliga a transaccionar, a llegar a acuerdos, y esto solo se puede hacer desde el análisis de la realidad. Por eso, la ciencia, la razón, la filosofía y el pensamiento crítico nos dan libertad y nos permiten el encuentro con los demás desde su diversidad y desde su identidad. O, al menos, esto era así hasta que llegaron las redes sociales y su manejo de la emoción.
Te conocen íntimamente (mucho más que tu familia) y te van a ofrecer justo aquello que tiene la capacidad de movilizarte. Conocen tus ideas, tus afiliaciones, tus gustos, tus necesidades… En definitiva, tus emociones. Esta es la dictadura de las emociones: no porque sintamos más, sino porque ya no podemos discutir lo que sentimos. La discrepancia se vive como violencia y el matiz como traición. La emoción, desprovista de mediación y de contexto, se vuelve incuestionable.
El resultado no es una sociedad más empática, sino más frágil. Sin exterioridad, sin símbolos compartidos, sin un “afuera” que nos contradiga, no hay mundo común. Solo burbujas emocionalmente cómodas, cuidadosamente explotadas por sistemas tecnológicos y políticos que convierten cada afecto en negocio.
No hemos perdido la verdad. Hemos perdido la distancia necesaria para discutirla. En muy poco tiempo dejará de importarnos si una escena escandalosa es real o ficticia. La pregunta ya no será “¿ha ocurrido realmente?”, sino “¿cómo me hace sentir?”.
Hoy muchos líderes y organizaciones se preocupan más por provocar o calmar emociones que por resolver problemas reales. Buscan tranquilizar, entretener o dividir porque eso da apoyo, atención, votos o ganancias de algún tipo. El problema es que así se evita tomar decisiones difíciles. En la película No mires arriba pasa lo mismo: la catástrofe no se evita porque falten datos, sino porque el problema se convierte en espectáculo y en batalla emocional. Cuando las emociones sustituyen al pensamiento crítico y a la responsabilidad colectiva, la sociedad reacciona mucho —con opiniones, likes y emoticonos—, pero actúa poco.
Estamos preparados para entrar en la era de la irrelevancia de los hechos. Cuando lo real molesta, se descarta. Cuando tranquiliza, se comparte. Al ritmo que vamos actualmente, la verdad no desaparecerá; simplemente dejará de tener función social para la gran mayoría de la sociedad.
En este contexto, la emoción decide qué tiene valor y qué desaparece. Lo que no provoca una reacción rápida —indignación, miedo, ternura, euforia— deja de circular y, con ello, deja de existir en el espacio público. La dictadura que se insinúa no llega prohibiendo contenidos, sino empujándolos fuera del foco. Datos incómodos, explicaciones complejas, procesos lentos, conocimiento científico o voces minoritarias no se censurarán: simplemente dejarán de estar en el foco. En un entorno polarizado, el mayor riesgo no es la manipulación emocional explícita, sino que aceptemos como normal que lo que no emociona sea irrelevante.
En otras palabras, no se calla a la fuerza: se ignora. Y lo que se ignora de forma sistemática acaba desapareciendo del debate público sin que nadie sienta que le han quitado nada.
Añadir La Portada de Extremadura como fuente preferida de Google de forma gratuita.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.