El día después

La trastienda

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23 de noviembre de 2025 a las 11:46h
Actualizado: 05 de diciembre de 2025 a las 10:09h
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Las elecciones de antes eran campañas de quince días; las de ahora son campañas perpetuas. Se vive en una precampaña continua, pero cuando en el horizonte aparece una nueva cita con las urnas —como ocurre ahora en Extremadura— todo se reordena alrededor del mismo eje: captar voto nuevo y retener al electorado propio. No hay más. Y en ese tablero, los de Guardiola están moviendo ficha de una manera tan ambiciosa como arriesgada, plenamente conscientes de que sus opciones reales se reducen a dos escenarios: lograr la mayoría absoluta o quedarse prácticamente como están. Podrían incluso crecer en escaños, sí, pero si el resultado les obliga de nuevo a depender de Vox, el sabor será amargo. Más aún cuando Abascal y los suyos parecen hoy más adversarios que socios potenciales, elevando el tono contra el PP, acusándolos de “rojos”, de jugar a ser socialistas, y lanzando todo tipo de exabruptos impropios de fuerzas que comparten un mismo espectro ideológico.

En el PP no contemplan la posibilidad de perder. Ni siquiera como hipótesis remota. En su análisis interno solo un error monumental o un escándalo de última hora podrían torcer un desenlace que consideran encaminado. Pero tampoco desean, ni de lejos, volver a depender de Vox. La minilegislatura que ahora se cierra ha sido la mejor demostración: no hubo puentes sino dinamita; no hubo entendimientosino rifirrafes constantes. Desde aquella investidura anodina caracterizada por la incapacidad de pactar siquiera la presidencia de la Asamblea, hasta la enmienda a la totalidad presentada por Vox contra los presupuestos, pasando por la salida abrupta del único consejero de Abascal que llegó a integrarse en el gobierno de Guardiola para gestionar el área forestal. Si alguien esperaba una colaboración simbiótica entre ambas formaciones, la realidad ha sido exactamente la contraria: dos partidos midiéndose continuamente, como si compitieran por quién marca más distancia con el otro.

En el PP no contemplan la posibilidad de perder, pero tampoco desean, ni de lejos, volver a depender de Vox 

Según las encuestas internas del PP, la expectativa razonable son 30 diputados. La mayoría absoluta en Extremadura está en 33. Subir de 28 a 30 sería, objetivamente, un éxito técnico. Pero un éxito con regusto agridulce: la sensación sería la de haber arrastrado a Extremadura a una repetición electoral para quedar prácticamente igual que antes, sin una hoja de ruta propia y con la misma dependencia aritmética de siempre. Por eso, en el partido lo fían todo a la movilización final: activar al votante de centro, que suele decidir en las últimas semanas, y a la vez colocar al electorado de derechas ante un dilema de utilidad, subrayando que solo un apoyo masivo al PP evitará una nueva reedición del bloqueo.

Ahora bien, en este escenario tan centrado en el movimiento del bloque de la derecha, el PSOE no está necesariamente condenado a repetir su resultado anterior. Aunque en la superficie transmitan un diagnóstico resignado, de puertas para adentro saben que aún existe espacio para la reacción. La desmovilización de parte de su electorado en la última cita, el desgaste del propio PP tras meses de fricciones con Vox y la posibilidad de recentrar el debate hacia servicios públicos, la sanidad o la educación, juegan a su favor. Los socialistas creen que, si consiguen activar al votante urbano y fidelizar al rural, pueden recuperar un puñado de escaños que hoy se dan por inamovibles y alterar el reparto final más de lo que algunos anticipan.

El PSOE no está necesariamente condenado a repetir resultado; saben que aún existe espacio para la reacción

Queda por ver si esa estrategia calará en un escenario político tan polarizado, con unos ciudadanos cada vez más cansados del ruido y unas formaciones menores dispuestas a disputar hasta el último voto útil. Lo que está claro es que Extremadura vuelve a convertirse en un laboratorio político donde se medirá no solo la fuerza real de María Guardiola, sino también la capacidad de la derecha para convivir consigo misma. En estas elecciones, más que en ninguna otra, la duda no es solo quién gana, sino qué hará con esa victoria el día después. Y de eso dependerá no ya un gobierno, sino la estabilidad de toda la legislatura que viene.

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Antonio Cid de Rivera
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