Ayer estuvo aquí, en esta apartada orilla, Iván Redondo. Es sorprendente que haya sido precisamente La Portada quien haya conseguido traerlo. Un medio recién nacido que, en esta ocasión, ha demostrado estar más despierto que los viejos dinosaurios. No sé lo que les durará el sueño, el caso es que Iván vino, cenó y desayunó en Badajoz; echó su cuarto a espadas y por donde vino se fue. No obstante, según el propio interfecto, él a Extremadura no viene, sino que regresa, y eso, más que una referencia tranviaria, tiene algo de materia… espiritual. Metal pesado. Le creo. Le tengo aprecio.
Tiene algo algodonoso en su manera de ser que me ha hecho cómoda su presencia y que, de paso, me ha hecho olvidar los andurriales oscuros y cenagosos por donde transita cual Caperucita (lo mismo da roja que azul). Vamos, que pese a todo -y en ese todo pongan ustedes lo que tengan por conveniente-, le tengo simpatía. Primero y principalmente porque siempre ha sido afable en el trato conmigo. Iván, un tipo pequeñito al que le caben muchas ideas en la cabeza (con y sin pelo). Un enreda simpático. Y hasta creo que un buen hombre… y un buen vasco. No sé si los dos somos buenos, pero los dos somos vascos. Cada uno a nuestra manera. Iván es un extraño cruce entre Engracio de Aranzadi y el Padre Arrupe. Mitad nacionalista, mitad jesuita. Mitad monje, mitad soldado. Y ya puestos, no olviden echar a la mezcla unas gotas de angostura a lo José Luis Moreno. No recuerdo ventrílocuos vascos. Iván es, en gran medida, un aprendiz de ventrílocuo. ¿He dicho ya que se me antoja un buen hombre? Averiado o no, debe tener un corazón de niño bueno, aunque no lo sepa, aunque ahora solo sepa que le dio un susto a una edad tan temprana como la suya. Los dos somos vascos y los dos estamos condenados a tomar antiagregantes de por vida. Vaivenes de ir viviendo, vaivenes de no estar muerto. ¡Alegría!
No sé si de Moncloa lo echaron o se fue. Sé que en las escalinatas de Moncloa donde se hacen las fotos hay, en uno de los escalones, en una de las losas de piedra, un mancha natural en forma de corazón. Oscuro. Inmutable. Atento. Iván dice que es el corazón de Moncloa. Cuando salen imágenes en la tele me fijo y trato de buscar el tal corazón. Acaso. A veces lo veo, a veces no. De lo que no tengo duda es de que Iván, como le ocurrió a Aguilé en Cuba, dejó enterrado en Moncloa su corazón. Sospecho que quisiera volver para desenterrarlo. Lo lleva en la sangre, con o sin antiagregantes en el torrente sanguíneo. ¿He dicho ya que se me antoja un buen hombre? Sobre todo, un tipo entrañable. Algodonoso. Que tenga suerte en lo que emprenda, que sus afanes le lleven a circunnavegar lo que se le tercie… y que sea en bien de todos los españoles. Los que quedamos y los que van viniendo. Aunque los dos somos vascos, él tiene madre y yo no. Ese tesoro es solo suyo. El único corazón que nos late fuera del pecho. La Portada, gracias. Suerte, torero.
Añadir La Portada de Extremadura como fuente preferida de Google de forma gratuita.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.