La ciudad de los vencejos

Cartografía de dos tierras

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(Geógrafo)

28 de junio de 2026 a las 10:45h
Actualizado: 28 de junio de 2026 a las 10:45h

Cáceres tiene un pájaro que nunca está quieto. Una línea oscura que no se posa. No baja a la plaza. No camina entre la gente. Cruza el cielo de la parte antigua y desaparece. Deja solo un grito. Corto. Afilado. Con los años se vuelve inconfundible. 

El vencejo. 

Su nombre científico es Apus apus. Significa "sin pies". No es una exageración poética. Sus patas son tan cortas que casi no le sirven para caminar. Solo para colgarse de una grieta. 

De niño no sabía nada de esto. Solo el sonido. En mayo cortaba el aire sobre tejados y murallas. Pasaba por San Mateo, por los Golfines, por el Arco de la Estrella, por Santa María. Lo oía desde la cama, con la ventana abierta, antes de que empezara el calor de verdad. Era la señal de que llegaba el verano. Nadie me lo explicó. Simplemente lo sabía, como se sabe el ruido de la propia calle. 

Hace unos años unos investigadores de la Universidad de Lund pusieron micro registradores a trece vencejos y los siguieron durante meses, algunos durante dos años seguidos. El resultado: estas aves pueden volar diez meses seguidos sin posarse ni una sola vez. Comen en vuelo. Beben rozando el agua con el pico abierto. Duermen en altura, a dos o tres mil metros, con medio cerebro despierto. Pueden superar los cien kilómetros por hora en vuelo recto. Solo bajan dos meses al año. Para criar. 

Y para eso necesitan muy poco. Una grieta bajo una teja. Una rendija en la fachada. Un hueco entre dos piedras. Algo tan pequeño que un albañil ni lo mira. 

Por eso Cáceres les fue bien sin proponérselo. El casco antiguo —granito, cuarcita, torres, muros viejos— acumula huecos que el tiempo fue dejando. No hubo plan. No hubo estrategia verde. Hubo piedra y años. Bastó con eso. Una ciudad también es un ecosistema, aunque no la pensemos así. Cada fachada vieja es un acantilado. Cada grieta, una madriguera vertical. 

Vuelven al mismo hueco cada año. Después de cruzar el Sáhara, después de meses en Mozambique o Zimbabue, encuentran el mismo resquicio entre las mismas dos piedras. Sin margen de error. 

En la Torre de Bujaco no lo encontraron. Hace unos años una obra de restauración selló las grietas de la fachada. Dentro de esas grietas había una colonia entera. Los vencejos volvieron en mayo y se encontraron con una pared lisa. El Ayuntamiento acabó con un expediente sancionador. No fue maldad. Fue no mirar antes de tapar. 

No es un caso aislado. SEO/BirdLife calcula que la población de vencejo común ha caído un 40% en España entre 1998 y 2018. La tendencia es la misma en buena parte de Europa: Reino Unido, Alemania, Suecia. La causa principal no es el veneno ni la caza. Es la rehabilitación de edificios. Cada fachada que se aísla térmicamente, cada muro que se enluce sin dejar un hueco, borra un nido que tardó generaciones en formarse. 

En una ciudad histórica no todo hueco es suciedad. No toda grieta es ruina. A veces es lo único que permite que algo siga ocurriendo. 

Una ciudad también se pierde si no suena como sonaba

En Escocia decidieron no perderlo. Obligan a poner ladrillos con cavidades para vencejos en los edificios nuevos. No encarece la obra. No se nota en la fachada. Solo garantiza que el hueco exista antes de que alguien lo eche en falta. 

Cáceres no necesita copiar a nadie. Sí necesita recordar lo que tiene: una ciudad vieja que sin saberlo construyó, piedra a piedra, uno de los ecosistemas urbanos más densos de vencejos de Extremadura. 

A mí me costaría reconocer la ciudad sin ese vuelo sobre las torres al caer la tarde. Sin ese grito agudo que cruza la calle de lado a lado y que oí antes de saber leer, antes de saber que tenía nombre, antes de saber que un día se podría perder. 

Una ciudad también se pierde si no suena como sonaba. 

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Felipe Grande

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