Cinco estrellas

Contradicciones

Elvira bn

(Periodista)

10 de octubre de 2026 a las 09:55h
Actualizado: 10 de octubre de 2026 a las 10:26h

Llevo años quejándome de los turistas. Me quejo en las cenas, en el coche y por escrito. Me quejo de los grupos que taponan una calle estrecha tras un paraguas de colores, de las maletas con ruedas que atruenan los adoquines a las siete de la mañana, de la plaza convertida en decorado. Domino el vocabulario completo: «turistificación», «expulsión vecinal», «ciudad escaparate». Lo uso con soltura de ponente.

En septiembre viajé tres días a una ciudad que prefiero no nombrar. Reservé un apartamento. Fotos luminosas, cama grande, cafetera de cápsulas y una reseña que decía «céntrico». Céntrico quiere decir que alguien, en algún momento, dejó de vivir allí.

La llave esperaba en una cajita con código junto al portal. Nadie me recibió. Nadie me preguntó de dónde venía ni cuánto pensaba quedarme. Ya había fichado asépticamente online. En los buzones se leían apellidos de familias de toda la vida. Sin recepción, sin conserje, sin sonrisa obligatoria. Olía a ambientador de lino y a ninguna vida anterior.

Una mujer me escribió por mensajería, con emoticonos, para desearme una feliz estancia. Respondió en cuatro segundos a mi pregunta sobre el wifi y en uno a la del aire acondicionado. Jamás he tenido un casero tan eficaz. Jamás he conocido a ninguno.

Había agua fría en la nevera, una lista de recomendaciones dentro de un marco y un enchufe a cada lado de la cama. Pensé: esto es perfecto. Pensé: qué descanso. Pensé, durante unos cuarenta segundos enteros, en la señora del primero, la que se cruzó conmigo en la escalera con la bolsa del pan y me miró como se mira una avería.

Tengo opiniones sobre esa mirada. Las tengo sobre la ordenanza, sobre los alquileres y sobre los fondos que compran portales enteros. Las defiendo con indignación si me lo piden. Aquella noche se quedaron en la maleta, junto a los zapatos cómodos.

En mi calle ya hay dos portales con cajita de llaves. Los he contado como quien cuenta bajas. Esa mañana, mientras la cafetera zumbaba, me sorprendí pensando que los de la cajita también dormirían como yo dormí: sin que nadie les pidiera cuentas.

Devolví la llave a la cajita. Puse cinco estrellas. En el comentario escribí: «Muy tranquilo. Apenas se oyen los vecinos».

Volveré, claro. Y el próximo sábado, en la cena, volveré también a lo mío, renegando contra el turismo que todo lo invade.

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Elvira Galvache

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