El 8 de septiembre celebramos el Día de Extremadura. No necesito una fecha para recordarlo, pero es buen momento para contarlo. Soy cacereño y, aunque llevo la mitad de mi vida fuera de mi tierra, hay raíces que ni la distancia ni el tiempo logran arrancar. Durante una década fui un extremeño expatriado en Sudamérica. Ser extremeño en el sur del continente americano, exige más: Pizarro, De soto, Orellana, Valdivia y otros tantos, caminaron esas tierras antes que yo. No pedí la herencia, pero la cargué desde el primer día con orgullo y exigencia. La odisea no es solo el viaje: es que siempre pienso que mi retiro, si Dios quiere, será allí, en Cáceres.
He recorrido miles de kilómetros, vivido en distintos países y en varias ciudades, pero en la penumbra de mis noches todos mis sueños me llevan al mismo sitio. Siempre sueño con Cáceres. No importa dónde despierte ni con que acento me hablen durante el día; mis noches pertenecen a sus calles de piedra.
No creo que exista un lugar más heavy, en el sentido más puro y noble de la palabra.
Extremadura es una tierra esculpida por el coraje y la dureza de su gente, un pueblo que ha sabido resistir, emigrar, luchar y salir adelante sin perder la dignidad ni la calma.
Vivo en Málaga, elegida hace poco la ciudad más feliz de España. Con razón: el clima, el mar, trescientos días de sol al año y, por encima de todo, los malagueños. Pero cuando voy a Cáceres y digo que ahí quiero acabar mis días, son los cacereños los que se llevan las manos a la cabeza. Hay personas que pueden dudar de su propia tierra. Yo no. Tengo un sentimiento indestructible hacia Extremadura.
Podré seguir recorriendo el mapa y cumpliendo años lejos de mi origen, pero tengo una sola promesa grabada en el alma: solo me imagino acabando mis días allí, bajo el cielo extremeño. Porque siempre estoy allí, con lo que ello implica.
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