27 de octubre de 2026 a las 08:26h
Actualizado: 27 de octubre de 2026 a las 08:26h

Tener mano izquierda es virtud notable y siempre oportuna. Mano izquierda aunque se sea diestro. Chano Fernández era más bien zurdo. Claro que cuando se tiene mano izquierda hasta los zurdos parecen diestros… y viceversa. A Chano me lo presentó Guillermo. Ya no me lo podrá negar ninguno de los dos. Lástima… Hubo un tiempo en que Chano aparecía siempre dos pasos por detrás de Guillermo. Otro que tenía mano izquierda. Es curioso… La mano izquierda se asocia al sigilo y al susurro, en cambio, Chano era tronante por dentro y por fuera. Gigantón y vozarrón.

Le faltó tiempo para adularme. No creo que le gustaran mis artículos tanto como dijo. Quizá un poquito. Ya comprenderán que me ganó al primer envite. “Escribes como Manuel Vicent” disparó a bocajarro… y me tumbó. Desde entonces tuve simpatía por Chano… y hasta por Manuel Vicent. Chano se refería a unas crónicas parlamentarias que publiqué por entonces en el diario HOY. Asamblearias sería más propio escribir. Cuatro o cinco crónicas, no serían más. Hablamos. Era simpático. Volvimos, él y yo, a las contraportadas dominicales de El País, las de Vicent, volvimos a los ochenta, cuando él era comunista y yo falangista. El periódico y el pan. Uno o varios. Periódicos y panes bajo los brazos de casi todos. Eran otros tiempos. Quizá más esperanzados…

Creo que, aunque él era algo mayor que yo, compartíamos ciertos lazos y hasta ciertas aficiones. Ambos nos sentíamos herederos de algo, de una historia común, no siempre bien resuelta. España como crismazo. Hablamos de las crónicas… y de los que las habitaban. Al paso me hizo saber de un comunista llamado Francisco Romero Marín. Me pidió que escribiera sobre este miliciano que alcanzó el grado de teniente coronel en el ejército rojo y que, tras la segunda guerra mundial, volvió a España para hacerse cargo del comunismo interior. Creo que a Chano le gustó un artículo mío sobre Julián Besteiro. A veces uno recibe peticiones del oyente como cuando las radios de cretona. El caso es que le dije que sí… pero fue que no. No encontré pie. Antes era yo más pejiguero.

Al tal Romero le apodaban el Tanque. Desde entonces cuando recuerdo a Chano le recuerdo como si de un tanque de cadenas se tratara. Un T34 a la extremeña. Una apisonadora serena y, a la vez, socarrona. Despierto como un zorro… Un tipo de esos que, sin haber sido tu amigo, hubieras deseado que lo fuera. Zurdo, pero con mano izquierda, la de los billetes, que dicen los toreros.

A Chano le debía un artículo, se lo pago tarde y mal. Y es que la vida es un dislate extremadamente breve. Descansa en paz, camarada.

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Fernando Valbuena
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