Teresa Sanjuan y Manolo López

Feliciano Correa
Badajoz
04 de junio de 2026 a las 15:00h

Cuando yo trabajaba en el Edificio Múltiple de la Avda. de Europa de Badajoz, con frecuencia coincidía con Teresa Sanjuán. Ella en la planta baja, yo en la segunda. Y, en los espacios comunes, la veía acompañada de su compañera Teresa Macho, mi paisana de Jerez. Y he de decir que siempre hallé en ella esa sonrisa amable, mezclada con una cortesía silente tan propia de las personas que saben regalar confort con la mirada o con el gesto.

Su marido, Manolo López, ya mucho antes, me visitaba con el fotógrafo grandullón Alfonso Rodríguez en mi despacho de delegado de Cultura, sito en la Avda de Huelva. Manolo acaba de despedir a Teresa para siempre y ante tal adversidad se me han hecho presente aquellos días de trabajo y esperanzas, al creer tener mucha vida por delante. Manolo, al que en este trance amargo quiero dedicarle mis letras, era un destacado redactor del Diario Hoy. Siempre su decir estaba muy bien pertrechado de chispa y ocurrencias. Sus comentarios en el medio que durante largo tiempo ha sido la referencia escrita más importante de Extremadura, conllevaban retazos de ironía, retranca y buen humor. Para un periodista “hacer la calle” no resultaba cómodo, Pues había que lograr meter en el zurrón, a la vuelta al diario, alguna pieza. A veces aguantando la mala cara del patrón al que se le robaba tiempo. Manolo lograba lo pretendido. Puedo decir que su llegada a los despachos que ocupé, también como director del Instituto Nacional de Asistencia Social, me regalaba una tregua en las tareas del trámite administrativo.

Podría referir algunos de sus textos que guardo en mis archivos, porque incluso ahora, al desempolvarlos, han despertado en mí notas de complacencia, añoranza de aquellos días y un ramalazo de nostalgia porque sabemos que el calendario es contumaz y su maquinaria del tiempo solo camina hacia adelante.

El periodismo, quehacer tan alejado de la investigación en laboratorios o de la serenidad de los cenobios, vive pegado a las circunstancias. Al momento, al hecho feliz o catastrófico. Y aquel quehacer pretérito para llegar pronto a los lectores, buscaba hacer posible la inmediatez de lo que debía publicarse, con la lentitud antaño de los medios. Ahí es donde se medía la importancia del reportero de calle, para hacer de la prisa un arte.

Mirando alrededor vemos que muchos de nuestra generación nos han dicho el adiós definitivo, pero para siempre y como aprendizaje de las nuevas generaciones que llegan al periodismo, podemos afirmar que aquellos obreros de las letras que cada mañana se pertrechaban de zurrón, unas cuartillas y tinta, sabían que debían cobrarse alguna pieza para acarrearla a la redacción. Tal vez el olvido sea cada día más desaprensivo con el pasado ¡Pasan tantas cosas! Pero Manolo López, fue uno de aquellos que entregó sus días con humor, para hacer que el peso de los contratiempos nos resultara más leve.

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