Lo que he visto fuera
He vivido y trabajado en varios países. En Canadá, en Estados Unidos, en Francia, en Chile, en Singapur y en buena parte de Europa he pasado por consultas, urgencias y habitaciones de hospital, propias y de gente a la que quiero. Cada vez que vuelvo a una planta de un hospital español me pasa lo mismo: me impresiona.
Me impresiona la enfermera que conoce el nombre de cada paciente al final de un turno de doce horas. El residente que explica un diagnóstico con calma a las tres de la madrugada. El celador que empuja una camilla como si llevara a su propia madre. Esa profesionalidad no es la norma en todas partes, y yo la he comparado de primera mano.
Lo más llamativo es que la sostienen cobrando menos que sus colegas de la mayoría de esos países. Según la OCDE, un médico especialista asalariado en España gana en torno a 133.000 dólares al año, medidos en paridad de poder adquisitivo. En Alemania se acerca a 207.000 y en Irlanda supera los 250.000. En Estados Unidos o Suiza la distancia es todavía mayor. Muchos lo saben, porque cada año una parte se marcha. Los que se quedan, se quedan por algo más que el sueldo.
Lo que cuesta de verdad
Hagamos una pregunta sencilla: ¿cuánto cree usted que cuesta un día en una cama del Gregorio Marañón, de La Paz o del Vall d'Hebron? La mayoría no tiene ni idea. No es culpa suya: nadie le enseña nunca la factura.
Las propias administraciones lo publican. En las tarifas oficiales de La Rioja, un día en una planta de hospitalización se valora en 736 euros, y un día de UCI en 1.698. En Canarias, la estancia ronda hoy los 730 euros diarios y la UCI supera los 2.750. Aquí, en Extremadura, el SES factura este año a las aseguradoras 766 euros por cada día de un herido de tráfico en planta y 1.534 euros por cada día en UCI. Conviene precisar que son tarifas: el coste real suele ser mayor. En el País Vasco, que publica su contabilidad, un día en un hospital de agudos costaba ya 1.181 euros en 2020.
El Ministerio de Sanidad lo mide por procesos completos. Según sus datos provisionales de 2024, cada ingreso en un hospital público de agudos costó de media algo más de 6.000 euros. Una craneotomía, la intervención en la que un equipo de neurocirugía abre el cráneo para operar el cerebro, cuesta de media 20.841 euros y supone unos 14 días y medio de ingreso. Un trasplante de corazón supera los 90.000 euros. Un gran quemado, casi 118.000.
La Comunidad de Madrid, en su orden de precios públicos, fija una neumonía en unos 8.500 euros, una meningitis en 20.400 y una resonancia en 130. No son cifras inventadas para asustar: son lo que cobra la sanidad pública cuando atiende a alguien que no tiene derecho a ella gratis.
Por eso conviene desterrar una palabra. La sanidad española no es gratuita. Es universal, que es otra cosa. La pagamos entre todos, con nuestros impuestos, y cada euro que se malgasta en una cama es un euro que no llega a otra.
La cama que no es tuya
Aquí llega lo incómodo. Buena parte de esas camas carísimas no las ocupa quien más las necesita. Las ocupan personas que ya tienen el alta, o que nunca debieron ingresar en un hospital de agudos.
Pensemos en Mari Carmen. Ochenta y tantos años, vive sola, se cae en casa o coge una infección respiratoria. La llevan a urgencias. Se la trata, se la estabiliza, y a los pocos días médicamente ya no necesita estar allí. Pero no puede volver sola a su piso, la familia vive lejos o no puede, y no hay plaza en una residencia. Así que Mari Carmen se queda. Una semana. Dos. Un mes.
No es una anécdota. El hospital de Lugo reconocía este año que en 2025 unos 460 pacientes tuvieron que alargar su ingreso ya con el alta, esperando plaza en una residencia. Sus internistas dicen que hoy cada médico tiene al menos un caso así. El mismo hospital tenía a un paciente que llevaba tres semanas viviendo allí, con el alta firmada, simplemente porque no quería irse.
En Extremadura conocemos bien ese embudo. A 31 de marzo, 8.753 extremeños esperaban en la lista de la dependencia: 3.724 sin su grado resuelto y 5.029 con el grado reconocido pero sin su plan de atención. Detrás de muchas de esas cifras hay una Mari Carmen en potencia, a una caída de ocupar una cama en el hospital de Cáceres, de Badajoz o de Mérida.
El caso del paciente de Lugo que no quería irse es el que más duele. Hay quien descubre que el hospital es un buen hotel: cama articulada, tres comidas, enfermería las 24 horas y nadie que pase la cuenta. Entonces se resiste al alta. Mientras tanto, en urgencias, un paciente que sí necesita esa cama espera en un pasillo. Una operación se aplaza. Una lista de espera crece.
Lo absurdo es que la alternativa sale mucho más barata. La propia Comunidad de Madrid licita este año camas de media estancia para pacientes dependientes a unos 190 euros al día. En el País Vasco, el coste real de un día en media o larga estancia era menos de la mitad que en un hospital de agudos. Es decir, mantener a Mari Carmen en la planta de un hospital de agudos sale varias veces más caro que atenderla en el sitio adecuado. Además, la atiende peor, porque un hospital no está pensado para vivir en él.
Conviene ser justos: la culpa no es de Mari Carmen. Es de un sistema que no ha construido el puente entre lo sanitario y lo social, y de familias que a veces prefieren que el problema lo resuelva el hospital. Pero también es nuestra, de los que miramos hacia otro lado porque creemos que no cuesta nada.
Respeto, que también se paga
No soy médico ni especialista en gestión sanitaria, y no pretendo dar lecciones a quienes lo son. Tengo, eso sí, una deformación profesional: llevo más de treinta años calculando lo que cuesta cada megavatio, cada kilómetro de línea, cada subestación. He aprendido que un recurso escaso que parece gratis siempre acaba mal usado. La sanidad pública es exactamente eso: un bien caro, finito y mutualizado, que funciona porque millones de contribuyentes ponemos dinero en un fondo común.
Quizá habría que hacer algo muy sencillo. Entregar a cada paciente, al alta, una factura informativa con lo que ha costado su ingreso. No para cobrarla, sino para que la vea. Algunas comunidades lo han hecho alguna vez. Ver que tu semana en planta ha costado cinco mil euros cambia la manera de mirar esa cama.
Hace falta también lo que no se ve: plazas sociosanitarias, residencias públicas suficientes, hospitalización a domicilio. Es infraestructura, como una carretera o una red eléctrica, y se planifica igual.
Pero sobre todo hace falta respeto. Lo hemos visto este mes en las urgencias del Hospital Universitario de Cáceres, con la plantilla mermada, residentes haciendo guardias extra y una coordinadora que acabó dimitiendo por la presión. Respeto a la enfermera que dobla turno, al cirujano que ganaría mucho más en Boston o en Dublín y se queda en La Paz, al residente que aguanta guardias de 24 horas. Ellos cumplen su parte del contrato cada día. Nos toca cumplir la nuestra: usar el hospital cuando hace falta, marcharnos cuando nos dan el alta y no dejar que la cama de otro se convierta en nuestra casa.
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