Pedro Sánchez despejó este sábado una de las grandes incógnitas del calendario político. No habrá adelanto electoral. La legislatura llegará hasta 2027 y serán los ciudadanos quienes decidan entonces si el PSOE merece seguir gobernando o debe pasar a la oposición.
La decisión tiene lógica política. Convocar elecciones generales ahora, como reclama la derecha desde hace meses, habría supuesto acudir a las urnas en el peor momento posible para los socialistas, con varios diferentes judiciales abiertos, una oposición movilizada y un clima político claramente desfavorable. Hacerlo sería un suicidio político y Pedro Sánchez no parece dispuesto a inmolarse por nadie. Esperar ofrece una oportunidad: ganar tiempo, aprobar medidas, intentar recuperar la iniciativa y confiar en que dentro de un año el escenario sea distinto.
Pero esa misma decisión abre otro problema, esta vez dentro del propio PSOE.
No es casualidad que Emiliano García-Page volviera a reclamar elecciones anticipadas ni que la alcaldesa de Palencia, Miriam Andrés, defendiera que las generales deberían celebrarse antes de las municipales, como finalmente parece que va a ocurrir. Ambos parten de una misma preocupación: el desgaste de Pedro Sánchez puede terminar pagándolo los alcaldes en los ayuntamientos.
Y ahí aparece Extremadura. El PSOE extremeño ha reaccionado con disciplina, asegurando que trabajará para que el partido gane tanto en Extremadura como en el resto de España. Sin embargo, tras ese mensaje de unidad es difícil pensar que no exista preocupación. El municipalismo ha sido durante décadas la gran fortaleza del socialismo extremeño y cualquier deterioro de la marca nacional amenaza con proyectarse sobre alcaldes que, en muchos casos, llegan a las elecciones con balances de gestión muy distintos al del Gobierno central.
Pedro Sánchez confía en que dentro de un año la economía, las políticas del Ejecutivo y el paso del tiempo reduzcan el impacto de las actuales polémicas. Puede ocurrir. La política española ha demostrado en numerosas ocasiones que un año es una eternidad.
Pero también existe el riesgo contrario: que el desgaste continúe acumulándose y que las elecciones generales se conviertan en un plebiscito sobre su liderazgo. Si eso ocurre, el PSOE llegará a las municipales con poco margen para recomponerse.
Ese es el verdadero debate que sobrevoló el Comité Federal. No cuándo se vota, sino quién acabará pagando el coste de esperar. Porque si Pedro Sánchez acierta, habrá salvado la legislatura. Pero si se equivoca, quienes pasarán factura no serán solo los ministros, sino los alcaldes socialistas que se juegan su futuro en las urnas unas semanas después.
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