Uno de mis restaurantes favoritos se llama Bideko. Está en Lezama, Amurrio. Bideko es un caserío entre montes. Un caserío de buena planta en un entorno de cuento de hadas. A pie de carretera, la comarcal que va de Amurrio a Vitoria. Quizá por eso el caserío se llame Bideko, que en vascuence significa “en el camino”. Parada y fonda. Buena mesa. Soberbia. Bide Onera se llamaba la cooperativa de mi pueblo, Baracaldo, que traducido viene a ser algo así como “por el buen camino”. Ahora en Badajoz han abierto un restaurante que lleva por nombre Bidaia, o sea, el viaje. Complicado viaje el que le espera a la pareja que lo regenta. También ilusionante. Dejarse la vida en la propia vida es siempre vivificante. Un cocinero de Badajoz y una cocinera de Elche. Encinas, palmeras y robles… España en tres tragos y un solo sorbo.
Comí en Bidaia porque un amigo me invitó. No comí mal. Así, en general. Yo, a estas alturas, soy más bien de comer como Dios manda: primero, segundo y postre… pero me quedan tripas y entendederas para gozar un ratito con las creaciones de estos poetas de los fogones. Un local chiquitito, cuatro o cinco mesas apretaditas junto a una barra donde también se da de comer. Dicen que el espacio es el lujo. De ese lujo no hay por aquí. Hay un menú degustación de nueve pases, nueve bocaditos. Como suele suceder en estos casos, unos más de mi gusto que otros. De la sopa de coliflor me hubiera comido no un dedal sino el perolo entero y de la tartaleta de pimientos no una tartaleta sino un plato cumplido. Lo otro me gustó menos, algo que no empece que reconozca que demostraron gusto por las elaboraciones cuidadas y las presentaciones de pitiminí. Extraños condumios como el bikini de morcilla de Guadalupe y queso de Idiazabal con más letras que morcilla. Cocina en estado de aleteo. Me gustaron los postres, los dos, en especial la torrija.
En Bideko tienen bodega propia donde elaboran un magnífico txakolí, Bat Gara. En Bidaia sirven también txakolí alavés, Astobiza. Se deja beber a pesar de estar tan lejos de aquellas tierras. Yo siempre tengo en casa alguna botella de Bat Gara. El txakolí, al menos antes, no era viajero, se mareaba por el camino. Eso parece que ha cambiado.
Por lo demás, bien. La compañía estupenda y la conversación larga al amparo de los muchos platos. El precio razonable para lo ofrecido, sesenta y tantos euros sin bebidas. No sé si tendrán éxito. Apenas llevan un año y supongo que ya saben que el camino, en ocasiones, se empina. Badajoz no es Cáceres, aquí no abunda el turismo y menos el que busca la cocina de pitiminí. El único que aguantó la marea fue Fernando Bárcena y, en buena medida, porque supo dar de comer finolis pero sin mermas. Aun así, acabó cerrando. Badajoz es plaza amurallada para vientos de fuera. Me alegra que un par de muchachos jóvenes, muchacho y muchacha, lo intenten. Se conocieron allá en el norte, están bien formados y se me antojan, además de corajudos, amables. Él, que fue quien nos sirvió, me pareció de buen talante. No sé si tener buen corazón es bueno o malo para sacar adelante un negocio como este. Parece trabajador. De lo que estoy seguro es de que Badajoz merece también mesas de este palo. Ojalá. Ojalá no se mareen… durante el viaje. ¡Qué rica la sopa de coliflor!
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