En las excavaciones arqueológicas de la calle Suárez Somonte de Mérida se encontraron, maravillosamente conservadas, unas pinturas sobre las paredes de una casa. Al parecer, al pintarlas se aplicaron pigmentos minerales diluidos en agua sobre un enlucido de cal húmeda que, al secarse, provocaron una reacción química que fijó el color a la pared; eso explica porque han durado tanto tiempo. Venían firmadas por Pintosus.
Casi toda la cerámica romana hallada, y es mucha, en Mérida tiene impreso el nombre de Valerius Paternus, que debía ser un magnate de la cerámica, un alfarero de rango nacional con unos volúmenes en vajillas muy grande, a juzgar por el tamaño y cantidad de objetos que van apareciendo. El hecho de sellar su menaje cerámico, sus vasos, muestra, además de ser un alfar organizado, la transmisión de un mensaje propagandístico de calidad. La cerámica romana habla, cuenta historias, pero hay que saber leerlas; es algo más que un contenedor de comida o bebida en la cocina, la mesa, en banquetes rituales, ceremonias religiosas: desde la más sencilla hasta la más complicada siempre hay un mensaje para el consumidor; el primero, el material del que está hecha (imaginen con plata o vidrio) y después su destino (por elevación, para divinidades, ritos y creencias). La sigillata es la cerámica sellada con una estampilla, con el nombre del alfarero que la hizo o el dueño del alfar (que no son lo mismo). Estoy pensando en los hermanos Pérez Vinagre que la sigillata la trabajan mucho.
Los mosaicos de la calle Sagasta llevan la firma de Baritto y otros mosaicos encontrados en la bimilenaria los hicieron Celeucus y Antus. Debe ser que los artistas emeritenses de hace dos mil años firmaban sus obras (algunos).
Sostiene Pelinus que Diocles, cuando se jubiló y volvió de Roma a su pueblo, forrado de sestercios y denarios, invirtió parte de ellos en contratar los servicios de Pintosus, Baritto, Paternus y Antus, para su domus, aún no encontrada. Pelinus sostiene que debe estar por Cantarranas y no seré yo quien lo discuta. Cayo Apuleyo Diocles, legendario auriga, es el deportista emeritense más laureado de todos los tiempos, dando por hecho que las carreras de cuadrigas son un deporte pero, el icónico mosaico donde él campea con Iluminator, su caballo mítico, no estaba en su domus (sostiene Pelín que estaba en la de su representante). A mí, lo único que me molesta de Diocles es que su equipo eran los Albae (Blancos).
Esta semana otro artista, salvando las distancias de tiempo, Bedatus, rememora a aquellos virtuosos emeritenses de hace dos mil años y lo hace desde el mismo lugar en que ellos trabajaban, cardus y decumanus más o menos. Miguel Ángel Bedate (nombre actual) expone en el antiguo hospital San Juan de Dios, o Asamblea de Extremadura, Concilium para entendernos, una pequeña parte de su obra pictórica bajo el sugerente título de “Mármol”.
Quiero creer, es lo que tenemos los creyentes, que hay un hilo sutil de arte que se mantiene en Mérida desde hace 2000 años que empezó con Pintosus y continua con Bedatus. Emérita Augusta es bimilenariamente cultural. Me río cuando me dicen que el Festival de Teatro va para 72 ediciones, ¿72?. No, 720 o 7.200 o 72.000, veinte y un siglos de Teatro Romano nos contemplan.
Y ese hilo artístico nos lleva hasta Miguel Ángel Bedate. Ciertamente es un placer deleitarse con alguno de sus óleos y dibujos, pero, créanme, hay algo más útil que el placer o el conocimiento, es la belleza. Y Miguel Ángel Bedate es un buscador de belleza,
Bedate/Bedatus desde pequeño encontró la belleza que esconde el mundo entre las piedras del Teatro Romano, en los mármoles de Mérida, esculturas, monumentos, lápidas funerarias, en el camarín de la Mártir Santa Eulalia donde se enclaustra, arrecio como una aguanieve, para pintar el cuadro que cuelga en la catedral de Oviedo. Bedate pinta la belleza de los campos extremeños dorados por el sol, las trillas, la siega, la vendimia, las escenas de caza y el mármol, que desde Estremoz se hizo emeritense para forjar los sueños de aquellas mujeres de mujeres y hombres de hace dos mil años. Mármol que embellece nuestros monumentos y que, ahora, se nos muestra en el Concilium (Asamblea) para convencernos con Dostoievski y Benedicto XVI, que la belleza mueve al mundo y lo salvará.

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