A F. Scott Fitzgerald se le atribuye una frase que resume bastante bien la relación entre el alcohol y la vida social: «Bebo porque cuando bebo, pasan cosas». Bukowski fue más lejos: «Si ocurre algo malo, bebes para olvidarlo; si ocurre algo bueno, bebes para celebrarlo; y si no pasa nada, bebes para que pase algo».
Sí, lo sé, ambos fueron alcohólicos antológicos.
Pero ahora llega desde Estados Unidos el sober curious: personas que no se consideran abstemias, pero cuestionan cuándo, cuánto y por qué beben. A su alrededor han surgido el Dry January, el mindful drinking, el sober dating y una industria de cervezas 0,0, cócteles sin alcohol y bebidas funcionales.
No hay nada malo en ello. Beber menos suele ser una buena decisión. Cada adulto debe conocer sus límites y asumir las consecuencias de lo que hace. La responsabilidad individual no desaparece porque el alcohol se venda legalmente, porque lo solía tomar todo el mundo.
El problema comienza cuando una elección personal se convierte en una doctrina moral y se confunde beber con adicción.
Los estadounidenses nunca se han llevado demasiado bien con el alcohol. Primero lo convirtieron en pecado, después lo prohibieron y finalmente aprendieron a consumirlo como un sprint de baja calidad. Les ha costado entender algo elemental en el Mediterráneo: una botella no siempre sirve para perder el control. También puede acompañar una comida, abrir una conversación y prolongar una sobremesa.
Josep Pla criticaba esa incapacidad puritana para comprender que prohibir el alcohol significaba también prohibirse a sí mismo una copa de champán o un vino con la comida. No defendía la borrachera. Defendía la civilización de la mesa.
El vino no es únicamente alcohol. Es paisaje, agricultura, memoria y aprendizaje. Obliga a conocer una uva, una tierra, una añada y una forma de trabajar. Un viñedo cuidado, además, mantiene el campo productivo y crea discontinuidades que pueden frenan el avance del fuego. Arrancar viñas no solo reduce la producción: también vacía el territorio y facilita su abandono.
Pero la caída del consumo revela algo que va más allá de la salud. Bebemos menos porque también salimos menos, hablamos menos con desconocidos y necesitamos menos los lugares donde antes nos encontrábamos.
La aplicación para ligar Tinder ha cambiado sustancialmente la forma de relacionarnos con el alcohol. Antes había que salir, entrar en un bar, acercarse a alguien y arriesgarse a recibir un no. Hoy se puede elegir desde el sofá. Y también descartar. Una conversación regular, una fotografía poco creíble o una frase mal escrita bastan para pasar al siguiente candidato. Siempre parece haber alguien mejor esperando detrás de la pantalla. Incluso si sucede el encuentro físico, tanto para el rechazo como para la aceptación en el mejor de los casos con una sola copa es suficiente.
Esa abundancia es engañosa. Tenemos más contactos y menos encuentros. La posibilidad permanente de reemplazar al otro reduce el esfuerzo necesario para conocerlo. El bar, con todos sus defectos, obligaba a mirar, escuchar, improvisar y soportar algunos minutos de incomodidad. Era una escuela básica de sociabilidad.
Desde antes de las ciudades, los seres humanos nos reunimos alrededor del fuego para comer, bailar, beber sustancias fermentadas y celebrar que seguimos vivos
Dioniso no representaba solamente el exceso. Era también el dios de la fiesta, el teatro, la fertilidad y la ruptura temporal del orden. Desde antes de las ciudades, los seres humanos nos reunimos alrededor del fuego para comer, bailar, beber sustancias fermentadas y celebrar que seguimos vivos. La primera rave ocurrió miles de años antes de que alguien cobrara una entrada.
No debemos idealizar el alcohol. Destruye vidas cuando sustituye a la voluntad, la compañía o el sentido común. Pero tampoco debemos aceptar que el individuo quede reducido a una víctima incapaz de decidir. Entre la dependencia y la prohibición existe una palabra menos vistosa: educación.
Beber menos puede ser una señal de madurez. Saber beber también.
Lo preocupante no es que desaparezca la tercera copa. Es que desaparezcan la mesa, la conversación y las ganas de que pase algo.
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