Apología de la libertad: Una reflexión necesaria en tiempos de tribulaciones

Tribuna Abierta

Julián Mora Aliseda

(Catedrático de Geografía y Ordenación del Territorio de la Uex)

22 de febrero de 2026 a las 23:52h
Actualizado: 22 de febrero de 2026 a las 23:52h

He escrito en varias ocasiones sobre la libertad, porque creo que es el patrimonio más valioso que cualquier persona debe tener y mantener desde el momento en que nace. Para quien la vive como principio irrenunciable, en lo personal y en lo profesional, no puede dejar de alertar sobre su fragilidad y su importancia para la convivencia. 

Aún sigo marcado desde joven por D. Miguel de Cervantes, cuando su personaje Don Quijote, conversando con su inseparable amigo de aventuras, le dice: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres. Digo esto, Sancho, porque bien has visto el regalo, la abundancia que en este castillo que dejamos hemos tenido (…) pero me parecía a mí que estaba metido entre las estrechezas de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recebidas son ataduras que no dejan campear al ánimo libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo!” Para D. Miguel, la libertad aúna principios como dignidad, justicia y autonomía personal frente a cualquier tipo de tiranía o, incluso, el conformismo. 

El concepto de libertad, entendido en su sentido más amplio, cobra una relevancia especial en la obra de los clásicos españoles del Siglo de Oro (s. XVI y XVII) quienes, en muchos aspectos, se adelantaron a las grandes corrientes que luego definirían la modernidad en torno al concepto de libertad. La "Escuela de Salamanca", con referentes como Francisco de Vitoria, F. Suárez o Juan de Mariana, por desgracia aún poco conocidos en nuestro país, constituyó una corriente teológica, jurídica, filosófica y económica que reformuló cuestiones clave sobre el ser humano, la sociedad y el poder (casi dos siglos antes que John Stuart Mill). En su pensamiento, la libertad ocupa un lugar central y se aborda desde la perspectiva humanista como atributo ontológico del ser humano. 

Para dichos autores, la libertad no es una concesión del poder, sino la afirmación de derechos naturales previos al Estado: toda persona es libre en cuanto está dotada de razón y voluntad. Este albedrío es un atributo inmanente a cada individuo y se manifiesta en la capacidad de elegir responsablemente entre el bien y el mal. 

La citada escuela castellana anticipa los fundamentos del derecho internacional moderno, la doctrina de los derechos humanos y el pensamiento liberal ilustrado, marcando una transición entre la escolástica medieval y el pensamiento político moderno. Recoge en buena medida el concepto de libertad expresado por Cervantes, pero también el enfoque de Calderón de la Barca, Quevedo o Lope de Vega. En todos ellos, la libertad se presenta como un ideal integral (moral, íntima, espiritual, política e intelectual), siempre ligada al honor y al deber social. 

En este marco, resulta especialmente significativa la aportación de Calderón de la Barca, para quien independencia y honor conforman una unidad inseparable. En El alcalde de Zalamea formula una de las máximas más profundas de nuestra tradición: «Al Rey, la hacienda y la vida se ha de dar, pero el honor es patrimonio del alma, y el alma sólo es de Dios». En esa sentencia late la convicción de que la dignidad (verdadera forma de libertad interior) no puede ser arrebatada por ninguna autoridad terrenal, lo que implica, como ya señalaron los salmantinos, que la desobediencia puede ser legítima frente a leyes injustas. 

Del mismo modo, en La vida es sueño, Calderón reflexiona sobre la libertad como conquista moral: Segismundo descubre que incluso en la privación más absoluta subsiste la capacidad de elegir y de gobernarse a sí mismo. Su decisión de obrar rectamente “aunque fuese sueño” expresa que la auténtica libertad nace del dominio de la propia voluntad, de ese espacio íntimo desde el que cada individuo puede trascender su destino y afirmarse. 

En nuestro contexto actual, esta concepción profunda de libertad adquiere un valor aún más urgente. Actualmente asistimos a un retroceso global de derechos y libertades que recuerda, en cierto sentido, aquellas disputas clásicas entre poder y conciencia. Según Freedom House, la libertad en el mundo lleva dos décadas consecutivas disminuyendo, con represión política, violencia electoral y expansión de prácticas autoritarias como factores decisivos.  

A su vez, el informe V-Dem señala que el 72% de la población mundial vive ya bajo regímenes autoritarios, el mayor dominio autocrático desde 1978. Se trata de un fenómeno alimentado por populismos de distinto signo, que erosionan contrapesos institucionales, polarizan la vida pública y explotan emocionalmente el desencanto ciudadano. A ello se suma un deterioro acelerado de la libertad en Internet debido a censura, vigilancia masiva y ataques a la libre expresión.  

Y todo ello configura un escenario donde, en demasiados países, la libertad vuelve a ser un bien amenazado por autócratas o déspotas de todo espectro que imponen dogmas culturales, climáticos, religiosos o identitarios. La vieja lección de los clásicos se vuelve, así, sorprendentemente contemporánea: la libertad no sólo debe gozarse, debe reconquistarse a cada instante. 

Por consiguiente, resuenan hoy con una vigencia alarmante los versos de Quevedo: «No he de callar, por más que con el dedo, ya toque la frente, o ya la boca, silencio avises, o amenaces miedo». Es para mí inexplicable, como profesor combativo contra las imposiciones y postulados de toda índole, que una de las mayores paradojas de nuestro tiempo sea comprobar cómo tantas personas, seducidas por discursos simplificadores, miedos prefabricados o promesas de falsa seguridad, llegan a renunciar voluntariamente al bien más preciado e insuperable de la libertad, entregándola a sistemas que, en lugar de protegerla, la limitan con absurdas leyes u oprimen con una fiscalidad abrumadora. 

En ese sentido, urge recuperar una reflexión serena y profunda: entender que la libertad ni se compra ni se vende, ni se delega ni se sustituye, porque ningún poder puede garantizar mejor lo que cada individuo debe custodiar por sí mismo; y comprender que únicamente una ciudadanía consciente, crítica y vigilante puede evitar que, en nombre del pánico, de la comodidad o de cualquier credo, nos encadenemos con nuestras propias manos y, a veces, espurios votos. 

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