No he dudado en el título, por catastrofista que pueda parecer, entre otras razones porque ya lo utilizó The Economist el pasado mes de mayo, y esta prestigiosa publicación siempre se ha destacado por defender históricamente el libre mercado, la innovación y las ventajas de adoptar nuevas tecnologías.
Siete de cada diez estadounidenses están más preocupados que esperanzados sobre el futuro de la inteligencia artificial. No es un titular alarmista de redes sociales: es una encuesta realizada por Reuters/Ipsos que refleja un miedo profundo y racional que ya cruza fronteras. El fantasma ya no ronda solo las fábricas. Ahora acecha oficinas, despachos de abogados, agencias de marketing, redacciones y departamentos financieros. El apocalipsis del empleo tiene nombre: IA.
Durante dos siglos, la tecnología destruyó empleos y creó otros mejores. Los telares destruyeron a los artesanos textiles, pero nacieron las fábricas y después las industrias automotriz, química y tecnológica. El argumento siempre funcionó: la máquina destruye empleos específicos, pero genera más riqueza y, con ella, más trabajo. Este argumento, a día de hoy, es muy inocente —o perverso, según se mire— y no tiene en cuenta todas las variables.
La disrupción es demasiado rápida. Ninguna tecnología anterior se expandió con esta velocidad. Mientras que la electricidad o el ordenador tardaron décadas en transformar la economía, la IA generativa está invadiendo todos los sectores al mismo tiempo: desde la redacción de informes y el análisis de datos hasta el diseño gráfico, la programación y el diagnóstico médico básico. Afecta especialmente a los trabajadores de cuello blanco, esa clase media educada que se creía protegida por sus títulos universitarios.
¿Habrá sincronia entre el empleo destruido y el empleo creado? El problema no es solo cuántos empleos se pierden, sino el tiempo que tardan en nacer los nuevos. ¿Cuántos millones de puestos desaparecerán antes de que surjan los reemplazos? Si una parte significativa de la población pierde ingresos de forma simultánea, el consumo cae. Y, si cae el consumo, cae la economía. Se genera un freno que puede ralentizar incluso la propia adopción de la IA. Es un riesgo macroeconómico real, no solo un drama individual.
Tareas cognitivas rutinarias de alto valor que antes requerían años de formación ahora las hace una máquina en segundos
Históricamente, ninguna revolución tecnológica provocó desempleo masivo permanente. Pero nunca antes una tecnología había sido tan general de propósito ni se había difundido tan velozmente. Los empleos de cuello blanco están cayendo al abismo: tareas cognitivas rutinarias de alto valor que antes requerían años de formación ahora las hace una máquina en segundos.
Ante esto, las respuestas institucionales brillan por su ausencia. Gobiernos que sí regulan con rapidez cuando se trata de controlar contenidos, discursos o poder político parecen paralizados a la hora de preparar la transición laboral. Universidades, servicios públicos de empleo e instituciones de formación siguen moviéndose a velocidad analógica en un mundo exponencial. El tiempo no es neutral: juega en nuestra contra. Cada mes que pasa sin una respuesta seria agrava el problema.
¿Qué podemos hacer?
Primero, aceptar una realidad incómoda: no se puede frenar la tecnología. Intentarlo es inútil y contraproducente. La historia muestra que los países que intentan protegerse de la innovación terminan más pobres.
Lo que sí podemos y debemos hacer es gestionar sus consecuencias:
Se habla de varias soluciones para paliar el efecto demoledor: reformas fiscales inteligentes; dividendo ciudadano o formas de nacionalización parcial de las grandes plataformas de IA; Renta Básica Universal como estabilizador macroeconómico; reentrenamiento masivo y urgente; reforma profunda de las universidades, y una verdadera política de formación continua que deje de ser retórica.
El problema central no es si la IA llegará —ya llegó—, ni siquiera si destruirá más empleos de los que cree. El problema es que casi nadie está preparando seriamente la respuesta institucional. Seguimos actuando como si esto fuera otra ola tecnológica más, cuando las evidencias sugieren que es algo estructuralmente diferente.
El miedo puede paralizarnos o puede ser el motor de reformas audaces. La historia premia a las sociedades que se adaptan con inteligencia y rapidez. La pregunta que queda es incómoda pero urgente: ¿vamos a esperar a que el desempleo masivo nos obligue a actuar, o tendremos la lucidez de prepararnos antes?
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