Hoy día escucharás que necesitas trabajar tu personal branding, hacer storytelling, convertirte en un influencer de nicho mediante la content curation y construir una comunidad con una estrategia de engagement sostenible. Lo que viene siendo, de toda la vida, trabajar tu marca personal, saber contar historias, convertirte en una persona de referencia en un ámbito especializado y seleccionar contenidos interesantes para compartirlos con criterio.
A veces parece que, si no lo dices en inglés, no existe. O peor aún: parece que no tiene valor.
Siempre me ha gustado la mercadotecnia genuinamente española. La de verdad. La que no necesitaba un glosario de consultora para entenderse. La de “Ana María Lajusticia”. Porque una cosa es aprender de fuera y otra muy distinta es asumir que todo lo que viene envuelto en anglicismos es automáticamente más sofisticado, más moderno o más eficaz.
Ana María Lajusticia, que nos dejó a finales de 2024 con unos espectaculares 100 años, hizo todo eso hace cuatro décadas sin usar una sola palabra en inglés. Es, sin duda, uno de los mayores y más puros casos de éxito de la mercadotecnia española.
Su logotipo no lo diseñó una agencia de esas que tienen esos nombres tan sofisticados en inglés ni nació de un comité creativo encerrado durante semanas buscando “territorios de marca”. Su logotipo era su propia firma y su propia foto. Así de simple. Ella no necesitó inventarse un personaje: era el personaje y, además, se lo jugaba todo con su firma y su foto. No necesitó construir un relato ni una narrativa artificial: tenía una historia real. Simplemente se sentó a contarla.
Contó cómo una química bilbaína, diabética y con una artrosis severa que la obligaba a llevar corsé, consiguió mejorar su salud cambiando su dieta y descubriendo el papel del magnesio. Y ahí estaba la clave: el público no compraba solo un bote de pastillas; compraba un testimonio, una explicación y una promesa comprensible. Compraba confianza.
Y esto de la confianza hoy día está muy complicado de comprar; no se encuentra en el estante de cualquier organización. La verdad genera confianza, los relatos inventados generan desconfianza, desafección y hartazgo.
Antes de que existieran los blogs, los canales de YouTube, los pódcast o los hilos de LinkedIn con moraleja final, Ana María Lajusticia escribió El magnesio, clave para la salud en 1979. Publicó más de una docena de libros, recorrió España dando conferencias en herbolarios, centros culturales y salones de actos, y convirtió algo aparentemente técnico —la bioquímica, los minerales, la alimentación, la salud articular— en un mensaje que podía entender cualquier persona.
Eso sí era divulgación. Eso sí era marca personal. Eso sí era construir autoridad.
Sabía de lo que hablaba, lo explicaba con claridad y lo repetía con coherencia durante años. No porque persiguiera tendencias, sino porque tenía una idea fuerza. No porque hiciera storytelling, sino porque tenía una historia que merecía ser contada. No era relato: era una historia de verdad.
Y quizá ahí está la gran diferencia entre la mercadotecnia sólida y el postureo de manual. La primera nace de una verdad. La segunda nace de una presentación de PowerPoint y de un relato inventado. La primera genera confianza. La segunda intenta generar impacto. La primera se recuerda. La segunda se actualiza cada seis meses porque ya ha cambiado la moda.
Ana María Lajusticia demostró que la mejor mercadotecnia no necesita relatos ni anglicismos de pasarela corporativa. Necesita una propuesta clara, una voz reconocible, una historia honesta y la capacidad de explicar lo complejo de forma que lo entienda cualquiera.
La confianza no nace de los adjetivos. Nace de los hechos, la transparencia, los datos y las personas concretas. Sustituir el “relato” por pruebas y evidencias, menos manifiestos y más testimonios, explicar lo complejo de manera sencilla, construir autoridad desde la coherencia, hablar como habla la gente y tener historias de verdad, no poses artificiales.
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