Un año ya y por aquí sigue. Al menos yo le siento. Siento su leve presencia a pie de gasolinera, en tal o cual bar, allá arriba, en Cáceres, entre breñas, y hasta en Mérida la teatrera. Creo que en la vida de muchos extremeños dejó una extraña sombra de luz. Al menos en mi caso y, como en el mío, barrunto que en el de miles. Aún hoy me pregunto qué haría o diría Vara sobre tal o cual asunto. Así que viene conmigo, él y otros pocos, poquísimos, a los que sigo preguntando cuando me llueve por dentro. Del político quedan los boletines oficiales y las hemerotecas. Ese, el político, se murió. Del hombre queda la velada presencia de aquel que aún puede salirte al paso. Al paso... en los cruces de los caminos. Extremadura. Badajoz. Olivenza. Paseo arriba, paseo abajo. Una caña y cuatro palabras.
Mas en eso se murió. Los últimos meses los ojos se le mudaron a la pena. Tenía el aire de un pajarillo caído del nido. Los ojos bajo la visera de la gorra con la mirada apagada. Me crucé con él varias veces y no supe qué decirle. Quisiera haberle dicho algo que no le dije… y sigo sin saber el qué... ni el cómo.
Cuando yo era menos que nadie -estado en el que gracias a Dios permanezco- se levantó de su mesa y vino a presentarse a mí. Eso fue hace más de treinta años. Me pareció una deferencia inusual, luego, años después, confirmé que, efectivamente, era un tipo inusual. Solo me enfadé con él en una ocasión; fue con motivo de representar yo a las organizaciones empresariales y tocar el tema del impuesto sobre sucesiones. Aquello sucedió durante su primera campaña a la presidencia. Ahora lo recuerdo y más que restarle méritos a él creo, más bien, que aquello sería consecuencia de lo agrio que hablo en ocasiones. Aquel día él estuvo un tanto avinagrado. Nunca más, al menos conmigo. Todo lo demás fue… mano izquierda. La mano izquierda de un niño bien al que el corazón no le cabía dentro. Tenía algo de niño que se te abraza a las piernas. De benévolo confesor que sabe escuchar, que escucha y se le ve la escucha. De empollón, de gafitas listo y tímido. Listo lo era un rato largo, pero uno de esos listos que no deja de aprender… ni de escuchar. Si coincidíamos hablábamos de toros. Hasta en eso era prudente. Solo en una ocasión le oí hablar con cierta largueza. Una comida entre amigos. Vino. Tertulia. Y como vino se fue.
En Badajoz, en ciertos círculos, se decía de él -mitad chanza, mitad puya- que de Vara ni una mala palabra ni una buena obra. Y, con envidia irreprimible, que le votaban hasta las monjas. Creo que era un hombre de fe. En esos ojos tristes de sus últimos días quizá no asomara la esperanza pero sí la fe. Y cierta apostura, cierta gallardía. Gallardía para las mal dadas. Quizá se equivocara cuando tras su derrota electoral no abandonó la política. Me atreví a escribirlo y a decírselo. Quizá… En una ocasión le traje de Marruecos una lámpara de Aladino para que le consultara sus decisiones. El día en que Monago le tumbó, el día que Guardiola le tumbó, esos dos días, o no la consultó o el genio estaba ausente. Hubiera sido más feliz. De lo que no hay duda es que a la política se entregó con todo, como el que se deja arrastrar por la corriente de un río turbulento. Tenía vocación de samaritano. Tenía corazón de sobra para eso y para más. Guillermo se llamaba cordialidad. Tanto que, en política, nunca nadie le fue ajeno. En eso fue noble. Ennobleció la política a fuerza de talante, salvas sean las excepciones que confirman toda regla. Yo lo vi. Y no, no tengo una foto suya en mi casa, como él mismo dijo haber visto estremecido en casa de alguno de sus simpatizantes, no, no la tengo, pero sigo recordándole… y preguntándome, de vez en cuando, qué haría Guillermo si estuviera del todo vivo. Porque, un año después, Guillermo no está del todo muerto, aún puede salirme al paso entre breñas y jarales. Una mañana de lluvia, allá en los Canchos de Ramiro.
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