Un año de la marcha de Guillermo

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04 de octubre de 2026 a las 11:30h
Actualizado: 04 de octubre de 2026 a las 20:39h

La vida sigue. Esa es una de sus virtudes y, a veces, una de sus crueldades. Mañana se cumple un año de la muerte de Guillermo Fernández Vara y Extremadura ha seguido con sus problemas, sus discusiones, sus pequeñas alegrías y sus sobresaltos. Han llegado otras noticias, otros nombres, otras urgencias. El presente tiene una enorme facilidad para ir arrinconando lo que ayer parecía imposible de olvidar.

Pero hay ausencias que no se miden solo por el tiempo transcurrido. Se reconocen en las situaciones en las que uno echa de menos una voz, una reacción, una forma de estar. En esas ocasiones en las que vendría bien alguien capaz de bajar el tono sin quitarle importancia a lo que sucede. Alguien que recordara que, después de discutir, hay que seguir viviendo juntos.

Guillermo dejó esa clase de ausencia.

En buena parte del PSOE extremeño hay una orfandad que tiene explicaciones políticas, pero también otras mucho más personales. Durante años fue un referente al que mirar, alguien con quien hablar, una presencia que daba cierta seguridad incluso cuando las cosas se torcían. Sería un error, sin embargo, encerrar esa sensación entre las paredes de un partido. Hay extremeños que nunca le votaron y que también lo echan de menos. El afecto que despertaba no coincidía exactamente con su mapa electoral. Quizá ahí se encuentre una de las mejores explicaciones de quién era.

Conviene decirlo sin convertir este aniversario en una absolución de su trayectoria. Fernández Vara fue presidente de la Junta doce años y sus decisiones pueden y deben examinarse. Hubo aciertos, errores, expectativas cumplidas y otras que se quedaron por el camino. Como sucede con cualquiera que gobierna durante años, dejó luces y sombras. Recordarle con cariño no exige renunciar al juicio crítico ni dar por bueno todo lo que hizo.

Pero una cosa es el balance de un gobernante y otra el de una persona. Y en este último cuesta bastante más encontrar las sombras.

Guillermo era buena gente. Puede parecer una expresión demasiado sencilla para alguien que ocupó tantas responsabilidades. A mí me parece una de las más importantes. Sobre todo porque no empezó a decirse después de su muerte.

De los muertos solemos hablar bien. La ausencia suaviza los juicios y a veces termina fabricando virtudes que nadie había advertido mientras estaban vivos. Con Vara no hacía falta ese arreglo. Lo decían los suyos y lo decían muchos de los ajenos. Personas de distintas etapas de su vida, de los lugares de los que vino y de aquellos por los que pasó. Había un reconocimiento de su calidad humana que existía mucho antes de las condolencias.

Su cercanía tampoco se explicaba únicamente por la comodidad del poder. Resulta fácil ser amable cuando todo acompaña, cuando se gana y alrededor abundan quienes quieren escuchar. El carácter se aprecia mejor cuando llegan la derrota, la crítica o la decepción. Cuando las urnas dejan de ofrecer el resultado esperado o las cosas salen mal. También entonces conservó una disposición al trato, a escuchar y a mantener los afectos que merece ser recordada.

No significa que no le dolieran las cosas. Ni que fuera ajeno a los enfados, las contradicciones o las durezas de la política. Significa que el desacuerdo no tenía por qué ocuparlo todo. Que alguien podía enfrentarse a él en una votación y seguir encontrando después una conversación, una atención o un gesto de cariño.

Buscaba la concordia y cultivaba la amistad incluso con quienes otros habrían colocado, sin más, en la lista de los enemigos

Buscaba la concordia y cultivaba la amistad incluso con quienes otros habrían colocado, sin más, en la lista de los enemigos. No necesitaba que todo el mundo pensara como él para reconocerle un lugar. Esa actitud tenía valor político, además de humano: ayudaba a que las diferencias pudieran discutirse sin romper todos los vínculos.

Hoy esa manera de hacer política se ha vuelto escasa. Quedan excepciones, por supuesto, y sería injusto negarlas. Pero se ha extendido la idea de que la firmeza se demuestra tratando peor al contrario. La moderación levanta sospechas y el entendimiento necesita demasiadas explicaciones. Hasta una relación cordial entre adversarios puede interpretarse como una deslealtad.

Por eso merece la pena recordar a Guillermo. Sin exagerarlo, sin hacer de él un hombre perfecto y sin utilizar su memoria como un arma contra nadie. Bastante poco tendría que ver eso con el legado que aquí se reivindica.

El tiempo irá borrando muchas cosas. Se olvidarán discursos, polémicas y jornadas que parecían decisivas. Es inevitable. Lo que debería permanecer es el recuerdo de alguien que entendió que la responsabilidad pública también se ejerce en la forma de tratar a las personas.

Mañana hará un año que murió. Este domingo quería dejarlo escrito: en Extremadura hubo un presidente al que mucha gente quiso, también sin darle la razón. Se llamaba Guillermo Fernández Vara. Y era buena gente.

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Antonio Cid de Rivera
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