Desde los árboles zumba la música de los días decisivos, otra vez. Y la política, otra vez, sumida en el desconcierto de sus particulares verdades y vestimentas; cada partido al servicio de sus ideales sin solución de un punto intermedio, como si hacer una exploración audaz de la mitología electoral nos llevara de vuelta a la pereza.
Cada partido deambula en visiones de una realidad que anticipa el desencuentro, la desmemoria de según qué cosas, la parcialidad del traje hecho a la medida de las siglas... Otra vez el fatalismo.
Rozando las urnas, Extremadura corre al laboratorio antropológico donde se estudian las tendencias en moda electoral y con ello indicará al resto de España por donde van los tiros, con la misma precisión de una escopeta de feria.
La cosecha de votos que aflore el próximo día 21 de diciembre requerirá de una concienzuda lectura a la hora de extrapolar sus resultados al resto de España, pero marcará un camino donde acudir a refrescar las expectativas. Un suspiro por el CIS y sus consideraciones.
Ninguna faceta más luminosa que la verdad ni más sublime que la sinceridad.
Parece que estemos condenados los españoles a votar entre lo malo y lo dudoso, la dañosa costumbre de acudir con el corazón dividido entre dudas y contrariedades, por no decir heridas todavía muy abiertas o manipuladas de forma quirúrgica según sea la causa.
La última secuencia del desamor que nos profesamos la ha protagonizado David Uclés, autor del libro 'La península de las casa vacías', que en pleno rifi rafe por la idoneidad de su planteamiento mágico sobre la guerra civil y su marcha de la red social X argumentando un linchamiento, se ha hecho con el Premio Dulce Chacón de Narrativa. Un suspiro acompasado.
Otra vez los señalamientos por culpa de la memoria removida y candente como si no fuera bastante el presente ardiente de tantas familias que no salen del corro del hambre y la patata. Comer ensalada para algunas familias supone que es domingo porque en ese conjunto de hierbas ellos ven flores y algún fruto. Pero al político y otras élites teledirigidas les conviene usar la legañosa artimaña del verbo avinagrado. Un suspiro aquí por los que se fueron.
El peligro de patear a escritores sin argumentos narrativos es cosa pretérita; es la vieja idea de crear enemigos por todas partes y exponerlos para el escarnio. Cierto es que Uclés ha derivado en uno de esos productos fabricados en talleres para la gloria literaria, tan del gusto de ciertas editoriales. Sirva una anécdota personal: cuando intentaba publicar mi primer libro una editora me aconsejó que si quería promoción literaria debía cambiar mi estética hacia un estilo bohemio desarreglado pero rasé. Y es que, nos guste o no, escribir no está al margen de las modas, por eso sigo dichosa como una trucha en el arroyo claro de mi casa.
A Uclés le critican hacer uso, sin la maestría necesaria, del realismo mágico para transitar los escombros de nuestra guerra y haberse disfrazado de “personaje” para hacerlo. De acuerdo en ambas cosas. No tanto en la demolición y linchamiento públicos de nadie y menos de quien ha osado construir una Comala a la española. Con más o menos acierto Uclés ya ha derribado un muro sobre la tumba abierta de aquellos días y aquellas casas no tan vacías. El tiempo es terco en demostrarnos que aquellas casas siguen expuestas a la herida y en ellas aún gotean los huesos derretidos por la pena.
¡Qué ironía volver a esos tiempos de niebla! Es asomarse una urna y ver hincharse la negra sombra sobre los acebuches...como ese gato calientacojines que espera paciente su hora de dar el salto.
La contaminación ideológica aderezada con el juego de espejos de la Inteligencia Artificial y las redes, resulta una explosiva arma de destrucción, pero no del contrario sino de la verdad como principio básico y sagrado. Un suspiro escéptico y sentimental por todos nosotros.
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