Hola, buenos días, buenas melancolías; les presento a Guillermo, mi último nieto. Rama que nació de mi tronco viejo, él será flor cuando yo sea viento. Desde que nació lo tengo sembrado de alegres pensamientos, convencido de que así cosechará felicidad. Es emeritense, de nacimiento, católico en cuanto lo bauticemos, nazareno por tradición familiar de La Cena (Sacramental y Penitencial Hermandad), del Mérida y del Atlético de Madrid (esto último, para que desde pequeñito se dé cuenta de que la vida no son solo alegrías). A mí, lo de mi Guillermo me parece un gran acierto; el que ama nunca se equivoca y mi nieto es consecuencia de un acto de amor de sus padres; creo que en el parto su mamá ni siquiera dijo eso de que “me muero, me muero”, frase que anticipa el nacimiento del niño, o sea, la vida. El que ama, vive.
Ya he vuelto a experimentar las ganas de abrazarlo y comérmelo a besos (el beso es otro acto de amor), pero sus padres me han frenado (de momento) porque son primerizos y toda precaución es poca. Al quinto ya no te andas con estas cautelas, pero sigue siendo cierto que la felicidad está en los abrazos lentos y que lo realmente necesario es abrazar. A Guillermo quienes le abrazan son sus papás y él bien que se agarra, sobre todo a la teta, desde el principio de los tiempos casi todo empieza en el calor suave y dulce de una mama, en el pecho de una mujer
Mientras, yo no sé qué me pasa, será la edad, que últimamente río en los entierros y lloro en los partos; el otro día en el funeral de mi querido Antonio Texeira Vivas (con tu segundo apellido, como te gustaba), olé los buenos amigos, ¡Viva la buena gente!, me eché a reír y no por falta de respeto; recordaba lo alegre, irónico y tremendo que era el Texeira, tándem con Tomás Llano y el Rubio haciendo unas risas con Magogo (que se defendía bastante bien). Y su muerte, no por dolorosa y esperada, era motivo para recordar su fecunda vida alegre, sus buenos momentos. A los dos días, cuando mi hijo llamó para decirme que era otra vez abuelo (por fin) me entraron unas lágrimas que ni quise ni pude evitar. Lloré a moco tendido. Es la vida.
Ya le he dicho a Guillermo que todo es más bonito cuando estoy a su lado, que soy feliz porque le quiero y que su nombre me huele a flores; que si le gustan los abuelos guapos, que conmigo haga una excepción y que le doy gracias a Dios porque en cuanto escucho el carrito echo a correr, cojitranco, hacia unos ojos que cuando me miran, me hacen sonreír. Reír y amar. Ya ven, les quería escribir de Guillermo y no paro de hablar del amor. Por algo será.
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