Esta mañana, nada más levantarme, me he mirado al espejo y me ha devuelto mala cara y bolsas en los ojos. Parece que, a cierta edad, una tiende a retener líquidos en lugares tan extraños y poco oportunos como la ojera o el párpado.
Hace días ya me había entretenido buscando en la red algún remedio para la hinchazón, y el algoritmo me había devuelto una colección de productos milagro. Entre ellos, me sedujo uno que, además de contener alguna sustancia de nombre impronunciable, incluía un dispositivo de infrarrojos que prometía resultados espectaculares. La relación calidad-precio era, al parecer, excelente.
Pensaba en todo esto con el programa de radio de Juan Ramón Lucas de fondo, maldiciendo, por no haber comprado la crema, mi roñosa manera de ver la vida. Banalidades de primera hora de la mañana que, de pronto, se han visto zarandeadas por la historia de Noelia, la joven de 25 años que ha sido sometida a una eutanasia por la que llevaba tiempo luchando.
El contraste ha sido abrupto, casi violento. Mi mente ha viajado sin transición de la microgestión de un edema facial a la arquitectura de una decisión brutal. En ese instante me ha costado no preguntarme qué pasa por la cabeza de una mujer con todo el camino por delante para no querer seguir recorriéndolo. Y, en ese salto de la ojera a la muerte, ha aparecido con fuerza la incómoda sospecha de que valoramos demasiado la vida como hecho biológico y demasiado poco como experiencia habitable.
Pienso en la idea que propone Ridley Scott en Prometheus. La vida no tiene por qué ser un misterio trascendental ni un regalo que obligue a una constante reverencia. Es una casualidad biológica, un efecto de la química y la coincidencia. La importancia que le otorgamos es un relato que nos contamos para sostenerla y hacerla habitable. Pero no todas las vidas se viven con la misma medida, ni todas se sostienen con igual dignidad.
Nos hemos vuelto expertos en prolongar la existencia con técnica, química y soluciones que aplazan lo inexorable. Pero, en ese empeño, se nos escapa que no siempre es el final lo que resulta insoportable, sino algunas formas de permanencia impuestas por nuestro cuerpo o por las condiciones en que se sostiene.
La historia de Noelia inquieta porque introduce una grieta en ese relato que damos por sentado. Nos obliga a considerar que, en algunos casos, la muerte no aparece como una derrota, sino como el final de una hostilidad persistente.
Mientras el espejo me devuelve la imagen de mi cara, mientras me distraigo con la promesa de una mirada más despejada, me vuelvo consciente de la soberbia que implica pensar que cualquier vida, por dañada que esté, debe ser preferible a su ausencia. La retención de líquido no es más que el sedimento de quien puede permitirse, por privilegio o por inercia, seguir cumpliendo años. Lo de Noelia pertenece a otra medida del tiempo, como un reloj que no late al mismo ritmo que el mío, pero cuya cadencia tiene idéntico sentido y validez.
Incomoda porque obliga a preguntarse si la existencia siempre es un valor en sí misma o si depende de las condiciones en que se despliega. La existencia es contingente, a veces ligera, a veces pesada, a veces simplemente sucede.
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