El debate sobre los centros de datos llega a Extremadura haciendo las preguntas equivocadas
Circula estos días una idea convertida ya en titular: que los centros de datos “se beben el planeta”. El debate ha llegado también a Extremadura, donde la combinación de suelo, sol y excedente eléctrico empieza a atraer este tipo de instalaciones. Conviene, por eso, detenerse antes de dejarse arrastrar por una frase tan rotunda, porque rara vez una sentencia tan tajante esconde un debate tan mal planteado.
Empecemos por el sentido de la proporción, que es lo primero que se pierde en estas discusiones. Una camiseta de algodón arrastra una huella hídrica de unos 2.700 litros. Unos vaqueros, entre 7.500 y 10.000. Una taza de café cuesta alrededor de 130 litros una vez se cuenta el cultivo y el tostado del grano; un kilo de carne de vacuno, cerca de 15.000. Casi todo lo que comemos y vestimos esconde un río que no aparece en la factura. Frente a esas cifras, el dato que tantas portadas ha ocupado resulta sorprendentemente modesto: en 2023 los centros de datos de Estados Unidos consumieron de forma directa unos 64.000 millones de litros, según el Lawrence Berkeley National Laboratory. Suena enorme. Es, apenas, el 0,3% del suministro público de agua del país.
Hasta aquí, el argumento que tantos repiten para defender al sector. Y hasta aquí también donde la mayoría se detiene, satisfecha. Detenerse ahí es un error, y hacerlo nos vuelve tan poco rigurosos como aquellos a quienes pretendemos corregir.
Porque la comparación, tal cual, mezcla aguas que no son la misma agua. La huella de una camiseta es en su mayor parte agua verde —lluvia que el algodón habría evaporado de todos modos— y agua gris, la que haría falta para diluir la contaminación del proceso. Es agua difusa, repartida por medio planeta y a lo largo de meses. La de un centro de datos es, en cambio, agua azul: la de ríos, acuíferos y, con demasiada frecuencia, la red de agua potable. Agua que se evapora en las torres de refrigeración y no regresa a la cuenca de la que salió. Comparar litros con litros, sin distinguir su origen ni su calidad, es un truco contable cómodo pero deshonesto.
Y conviene ser honesto en las dos direcciones, porque el agua que no vemos no se agota en la torre de refrigeración. Detrás de cada centro de datos está también el agua que consume la central que lo alimenta —la refrigeración de la propia generación eléctrica— y la que se gasta en fabricar los chips, un proceso industrial que devora volúmenes ingentes de agua ultrapura en países lejanos. La cuenta sincera, por tanto, es mayor que el dato visible. Pero exactamente lo mismo ocurre con la camiseta, con el filete y con la taza de café: medimos lo que tenemos delante e ignoramos la cadena entera. Quien quiera rigor debe aplicarlo a todo, no solo a lo que esta temporada toca señalar.
La pregunta correcta nunca fue cuánta agua consume la inteligencia artificial. Esa es la pregunta perezosa
De modo que la pregunta correcta nunca fue cuánta agua consume la inteligencia artificial. Esa es la pregunta perezosa. Las que importan son otras dos, y llevamos años sin formularlas con la seriedad que merecen: dónde se construyen estas instalaciones y con qué tecnología se refrigeran.
El dónde es el verdadero nudo. Un megavatio de cómputo en una cuenca con agua de sobra es un asunto rutinario de ingeniería. El mismo megavatio en una cuenca tensionada se convierte en un conflicto local legítimo, no porque el volumen sea grande en términos globales, sino porque compite, allí y entonces, por un recurso escaso con quienes ya estaban.
Y aquí Extremadura parte con una baza que pocos territorios tienen y con una servidumbre que no puede ignorar. La baza: el Tajo y el Guadiana la cruzan de este a oeste, su sistema de embalses es de los más capaces de España y su excedente de energía limpia es enorme. Tiene agua y tiene sol. La servidumbre: tener agua no es tener agua infinita. En los veranos secos recientes los embalses del Guadiana han llegado a rondar una cuarta parte de su capacidad, y la región sabe muy bien lo que es racionar. Sobre todo, el agua extremeña ya tiene dueño económico: el regadío. Unas 290.000 hectáreas de cultivo de regadío —en torno a una cuarta parte de la superficie agrícola, pero cerca del 60% del PIB agrícola regional— dependen de que el agua llegue al surco. Cuando aprieta la sequía, la propia normativa regional decide a qué se riega primero: frutales, tomate, maíz, arroz. En ese tablero, un centro de datos no aterriza sobre un territorio vacío; aterriza a competir por un recurso que ya sostiene tomateras, fruta y arroz, y la agroindustria y el empleo que cuelgan de ellos. Ignorarlo no es defender el progreso: es no haber mirado el mapa.
El con qué es donde está la buena noticia, la que no genera titulares. La solución no está por inventar: está por exigir. La refrigeración en circuito cerrado recircula el agua casi sin pérdidas. El uso de aguas regeneradas —y España es, de largo, el país de la Unión Europea que más agua depurada reutiliza— permite refrigerar sin tocar el agua potable ni la del regante. La refrigeración por aire o por inmersión reduce el consumo hídrico a una fracción. Todo esto existe, funciona y se instala hoy.
La región puede permitirse cambiar agua, que aquí es escasa y disputada, por energía, que aquí sobra
Estas técnicas tienen un coste: casi todas gastan más energía a cambio de gastar menos agua. Es un intercambio que en muchos lugares resulta difícil de justificar. En Extremadura, con uno de los mayores excedentes de electricidad limpia del país, es precisamente el que la región puede permitirse: cambiar agua, que aquí es escasa y disputada, por energía, que aquí sobra. Y hay un paso más. El calor que un centro de datos disipa no tiene por qué tirarse al aire; puede emplearse en secar fruta, climatizar invernaderos o alimentar procesos agroindustriales, los mismos que vertebran las Vegas del Guadiana. Lo que el debate público presenta como un desecho puede, bien diseñado, devolver actividad al territorio que le cede el suelo.
Para que nada de esto sea un folleto, hace falta lo de siempre: condiciones y transparencia. Exigir métricas auditables de consumo de agua por unidad de cómputo, vetar la red potable como fuente en las cuencas tensionadas y atar por escrito el origen del agua antes de conceder una licencia. No es hostilidad hacia la inversión; es la única forma de que la inversión sea bienvenida sin arrepentimientos posteriores.
Un centro de datos bien situado y bien refrigerado puede ser un buen vecino. Uno mal situado, por mucha agua reciclada que use, seguirá siendo un problema.
Esa debería ser la conversación extremeña. No la de indignarse con una cifra agregada que, descontextualizada, no significa nada, ni la de abrir la puerta a cualquier proyecto por el empleo que promete. Extremadura lleva años exportando energía al resto de España. Tiene ahora la oportunidad de exportar algo más valioso: el ejemplo de cómo se hace esto bien. No repitiendo eslóganes, sino haciendo las preguntas aburridas —la de la ubicación y la de la tubería— antes de que el próximo titular nos arrastre por la fácil.
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