En estos andurriales que transito es moneda corriente ir, siendo adulto, en pantalón corto. Fuera de horas y de años. En esto de vestir vamos cuesta abajo y sin frenos. Mucha marca y poco fuste. Marcas deportivas a tutiplén. Deportistas de salón y lerele. Lo de los pantalones cortos es como lo de las batas de guata… señal inequívoca de sequía. Vivimos porque aún respiramos…
Ayer, a primera hora, vi a un calvo comprar suavizante en pantalones cortos. Cuarentón. Lenor. Y en Correos, en tarde nublada, a un tipo más viejo que un escalón trajinar un paquete en unos muy abracadabrantes pantalones cortos. Feos hasta el martirio. Y para mi tiricia enseñaba tatuajes amorfos en ambas piernas. Así, entre nosotros, y con perdón de su madre, si aún la conserva, feas. Ambas piernas feas. Ambos dos adultos al trote en sus pantaloncitos abreviados parecían rezar: Jesusito de mi vida, eres niño como yo…
Hubo un tiempo en que hecha la Primera Comunión te vestías de hombre. No de niño. Los pantalones cortos quedaban para militares ingleses de servicio en las Bermudas y futbolistas. Y boxeadores. Ay, Pepe Legrá… Pocos más. Había que tener un fundamento para vestir pantalón corto. Así que yo, como no lo tenía, en cuanto hice la comunión, con gran ilusión, me pasé a los pantalones largos para los restos. Un primer pantalón gris, por cierto, que picaba con saña; quise pensar que era el precio de ser hombre, tal vez fuera la lana… Sería inglés el muy condenado.
Mi amigo Felipe, guasón, asegura que por aquí, por donde yo vivo, deben estar caros los calzones. Yo sé que sabe que no. Que está anclado en otro siglo… En concreto cuál lo dejo al recto criterio de ustedes. Allí, Felipe y yo, siglo arriba, siglo abajo, nos vemos a diario. Allí abominamos de los pantalones cortos en invierno y hasta en verano. Abominamos de los tatuajes… salvo en marineros, presidiarios, legionarios y lo otro. Las otras. ¿Se puede decir prostitutas? Eso. Yo es que vivo muy a gusto en otro siglo. Sin ropa deportiva…
Por mi cumpleaños me acaban de regalar unas zapatillas de deporte para el deporte que, por supuesto, no practico. De buena marca. Un regalo entrado en parneses, y yo, pobre de mí, sin saber si chuto o paro. Eso sí, cuando lo del corazón, en rehabilitación cardíaca, me obligaron a disfrazarme de corredor de fondo a lo Mariano Haro… ¡A la fuerza ahorcan! ¿Se acuerdan de Mariano Haro? Fue ayer que yo lo vi y ya se ha muerto… de viejo.
Felipe y yo tenemos capa, aunque la usamos poco. Yo, en verdad no la uso. Capa charra la mía, hecha de buen paño de Béjar, tan rotunda, tan noble, tan española. Mi capa es de una negrura honda, como teñida con palo campeche allá por el siglo XVII. En el armario, un poco más allá, un tanto okupas, mis pantalones cortos de cuando lo del corazón. Entre medias la historia de España, que, en lo que me toca, también es la mía.
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