Hay recuerdos que explican a un político mejor que sus discursos. Un banco de Olivenza donde escuchar los problemas de los vecinos, la libertad que deja a sus hijos para pensar por sí mismos o una amistad que permanece aunque los encuentros se espacien. De esas cosas se habló este miércoles 7 de octubre en el Ateneo de Madrid, donde la Fundación Felipe González organizó un homenaje a Guillermo Fernández Vara y Javier Lambán que recorrió sus trayectorias públicas y la huella que dejaron en quienes los conocieron.
Participaron el senador Rafael Lemus; el profesor titular de Sociología de la Universidad Complutense de Madrid Ignacio Urquizu; Guillermo Fernández Martínez, hijo del expresidente extremeño; Marisa Lázaro, viuda de Lambán; Elena Valenciano, patrona de la fundación, y el expresidente del Gobierno Felipe González. Entre los asistentes estuvo también Juan Carlos Rodríguez Ibarra, cuya relación con Vara ocupó parte del recuerdo.
«Siempre se nos van los mejores», dijo Valenciano. Su intervención situó el homenaje en una idea que atravesó los testimonios: junto a dos figuras de la política reciente, se recordaba a dos buenas personas. «Siempre que los necesité estuvieron ahí», señaló.
Para Valenciano, ambos representaban «la mejor versión de lo que debe ser un líder socialista»: cultos, curiosos, sensibles, buenos y valientes. Y llevó esa valoración al terreno de las exigencias de la vida pública: «Ser buena persona debería ser un requisito imprescindible para aspirar a un liderazgo político».
Los recordó humildes y sinceros, con la verdad por delante, y reivindicó el compromiso con la palabra dada. Su permanencia, sostuvo, también depende de quienes los recuerdan y siguen sus enseñanzas.
De la sucesión de Ibarra al banco de Olivenza
Rafael Lemus, jefe de gabinete durante el primer mandato de Fernández Vara y senador en la actualidad, evocó la llegada de este a la presidencia de la Junta como continuador del proyecto de los jóvenes socialistas que habían trabajado por transformar Extremadura.
En su relato apareció la decisión de Ibarra de pensar en alguien a quien otros no habían considerado para la sucesión. Recordó también el encuentro en una aldea de Olivenza del que nació una amistad entre dos personas muy diferentes. Precisamente esa diferencia le permitió observar cómo Ibarra y Vara coincidían en las cuestiones importantes.
Lemus describió a Guillermo como una persona poliédrica, con una manera propia de entender la vida y la política. Esa cercanía ayuda a explicar, según su testimonio, que tantas personas hayan vivido su muerte como la pérdida de alguien de su entorno.
El recuerdo de Olivenza volvió después con Guillermo Fernández Martínez, aunque desde otra perspectiva. «Yo no os voy a hablar de Guillermo político», advirtió. Su intervención se centró en el padre con el que había convivido y en las enseñanzas que ahora intenta recuperar.
Entre ellas, la insistencia en que comprendiera la diferencia entre las «cunas de hojalata y las cunas de oro». Una forma de hacerle consciente de que las personas parten de circunstancias distintas y de la importancia de convivir con quienes tienen otras experiencias.
También recordó el «Banco de la Sabiduría», en el Paseo Grande de Olivenza, donde su padre se sentaba con gente del pueblo a conversar sobre los problemas cotidianos. Allí encontraba una fuente de conocimiento: escuchar cómo vivían los demás y qué les preocupaba.
Ser padre sin su padre
Fernández Martínez habló desde un momento personal muy concreto: espera el nacimiento de su primera hija, Lourdes, para la próxima semana. La niña llevará el nombre de su abuela, la madre de Guillermo Fernández Vara.
Esa próxima paternidad le ha abierto preguntas que antes no se había planteado. Algunas, explicó, solo podría responderlas su padre. Le habría gustado que conociera a su nieta; ahora busca respuestas en los recuerdos, en decisiones y comportamientos que durante su infancia pasaron inadvertidos y que hoy adquieren otro significado.
De esa revisión surgió también un reproche cariñoso. Agradeció que su padre hubiera procurado no condicionar la manera de pensar de sus hijos, permitiéndoles desarrollar una identidad y un criterio propios. Pero ahora contempla esa libertad con un deseo añadido: «Me gustaría parecerme un poquito más».
Su propuesta de homenaje fue un alegato a favor de la alegría y la vitalidad que reconocía en la figura de su padre.
La mirada de la amistad
Felipe González aportó la mirada de la amistad. Explicó que su relación había sido distinta con cada uno: su vida en Extremadura, (tiene casa en Guadalupe), le había permitido una mayor proximidad humana con Vara, mientras que los encuentros con Lambán resultaban más difíciles.
Recordó también el empeño del dirigente aragonés en seguir trabajando cuando la enfermedad imponía ya importantes limitaciones, con una intensidad y un entusiasmo que todavía le sorprendían.
Y dejó una frase para explicar que los afectos no se miden únicamente por las veces que uno consigue encontrarse: «Por fortuna, la amistad no necesita frecuencia». En el Ateneo, esa amistad encontró un espacio común con la memoria familiar y política de Vara y Lambán.
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