Anett Bommer sigue hablando con su marido. Michael, diseñador de software alemán, supo en 2022 que tenía un cáncer de colon terminal y dedicó sus últimos meses a un proyecto poco convencional: grabar entrevistas, reunir datos personales y dejar una réplica digital de sí mismo para que ella pudiera seguir oyendo su voz.
La construyó en dos meses con la plataforma estadounidense Eternos. Él murió. El programa sigue ahí. Anett ha contado a la agencia AP que lo siente cerca gracias a esa inteligencia artificial y que el avatar convive en su vida con las fotos, los dibujos y las cartas.
Parece un capítulo de la distópica serie Black Mirror (si no la ha visto, se la recomiendo). Concretamente de su segunda temporada (2013), en la que en un episodio titulado ‘Ahora mismo vuelvo’, una chica, destrozada por la muerte de su novio en accidente, lo recrea a través del historial de internet y redes sociales y convive con una réplica muy real. También, con variantes, se alude a este fenómeno en la temporada 7, en el capítulo ‘Eulogy’, donde un hombre amargado… No cuento más, no hago spoiler.
Lo cierto es que durante la semana previa al Día de Difuntos, decenas de miles de extremeños se han esmerado en lo de siempre: fregar las lápidas, colocar flores nuevas y dedicar unos minutos en silencio al recuerdo. Es un gesto que no ha cambiado, pero lo que sí está cambiando, y muy deprisa, es lo que rodea al duelo.

La primera señal alude al cómo, y es ya muy visible. En España, la incineración supera ahora mismo a la inhumación (50,11% frente a 49,89%, según la patronal funeraria Panasef), cuando hace menos de diez años apenas llegaba al 38%.
Además, ganan terreno las despedidas laicas, y la tecnología, que antes se utilizaba para dar el pésame por WhatsApp (vaya costumbre fea y fría), ha empezado a introducirse en el propio luto.
QR y chatbots
La versión más liviana de esa entrada de la tecnología va pegada a la piedra. Santalucía, a través de su funeraria Albia, incluye en sus seguros de decesos códigos QR para lápidas que llevan a una página de homenaje con biografía, fotos y condolencias. En Cerponzóns, una parroquia gallega, los vecinos han llenado el cementerio de códigos para que los tataranietos sepan quién descansa en cada sepultura.

La versión más avanzada, y quizá también la más inquietante, puede hablar. Los deadbots, también llamados griefbots o thanabots, son chatbots que imitan la forma de expresarse de un fallecido a partir de su huella digital: mensajes, audios, correos, u otras publicaciones. Unos se entrenan en vida, como el de Bommer. Otros se fabrican después, con lo que el difunto dejó en el móvil.
¿Cómo funcionan? Por explicarlo de manera sencilla, a partir de la huella digital de la persona fallecida, se crea un ‘clon digital’, que tiene su misma voz, puede contestar y conversar con expresiones muy similares o idénticas a las del finado e, incluso, se puede generar una imagen virtual que interactúa y nos habla como si fuese él.
Así contado puede dar un poco de ‘yuyu’, pero la realidad es que este negocio ya tiene cifras, y no son bajas: la industria de la «vida digital después de la muerte» rondaba los 22.000 millones de dólares en 2024 y podría superar los 80.000 millones en 2034, según las estimaciones que recoge la publicación sectorial Hospice News.
En China es ya casi un producto de consumo, y por unos 20 yuanes, menos de tres euros, se puede animar la foto de un ser querido. Y todos sabemos que China, en estas cuestiones y en otras, va a la vanguardia.
¿Y en España? No es un fenómeno de masas todavía, pero el terreno está abonado. Todos tenemos en mente cómo Cruzcampo «resucitó» a Lola Flores en 2021 con un deepfake autorizado por sus hijas, y el anuncio se convirtió en uno de los más recordados de la década. En enero de 2024, El Hormiguero puso a varios voluntarios a conversar con las voces de familiares fallecidos recreadas por IA; las imágenes corrieron por las redes y los psicólogos salieron enseguida a advertir de los riesgos.
Según una encuesta de Kaspersky de 2024, el 32 % de los españoles ve aceptable recrear con IA la identidad digital de un difunto y el 42 % lo rechaza. No hay datos por comunidades.
Con cautela
Desde el punto de vista científico, quienes más han estudiado en España las implicaciones de este fenómeno emergente son dos psicólogos, Belén Jiménez-Alonso, de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), e Ignacio Brescó de Luna, de la UNED.
En su último trabajo, publicado en diciembre de 2025 en la revista Acción Psicológica, entrevistaron a doce especialistas en salud, bioética y diseño tecnológico. La conclusión no es un no rotundo. Es una apertura cautelosa: estos bots podrían servir siempre que tengan una finalidad terapéutica, haya un profesional supervisando y se respeten tanto la autonomía de quien sufre la pérdida como la memoria del fallecido.
Una enfermera de cuidados paliativos cree que pueden ayudar a quien no logra hablar de la muerte con su entorno. Otra profesional los ve como apoyo en momentos de soledad, cuando no hay una red cerca. Pero la lista de riesgos es larga: bloquear el duelo, confundir lo real con lo virtual, crear dependencia emocional, convertir la memoria del difunto en mercancía. «Hay que tener cuidado, mucho cuidado», advierte una psicóloga clínica.
Hay una objeción más sutil. El bot congela a la persona. Una de las entrevistadas lo resume con una idea que cualquiera puede aplicarse y es que a lo largo de la vida decimos y hacemos cosas que años después no suscribiríamos. El programa no lo sabe. Responde con la estadística de lo que el muerto escribió y puede soltar algo que él nunca habría dicho o, más precisamente, que nunca repetiría ahora si viviese.
Los dolientes entrevistados en estudios anteriores de los mismos autores intuyen el problema. Escribir en el muro de Facebook de alguien que ya no está tiene algo de conversación imaginada; «es más un razonamiento tuyo», explicaba uno. Con un bot que contesta al instante, ese diálogo interior desaparece. Otro reconocía que tendría que recordarse todo el rato que no era su hermano quien le respondía.
Los ingenieros consultados proponen remedios casi paradójicos: introducir fallos programados para ir «desenganchando» al usuario o que la aplicación deje claro, sin ambigüedad, que es un programa y no una persona. Los especialistas en ética ven otra perspectiva. El duelo siempre fue colectivo, con su velatorio, su entierro y su visita de noviembre, y una conversación privada con una máquina lo encierra en casa. Detrás de cada avatar, además, hay una empresa que necesita que el cliente vuelva.
Mientras tanto, el sector funerario prueba fórmulas menos arriesgadas, como son psicólogos especializados en los tanatorios, memoriales periódicos o terapia con perros para niños, como la que Albia estrenó en su tanatorio de Torrejón de Ardoz. Y la ley ya cubre parte del problema. Desde 2018, la Ley de Protección de Datos permite a herederos y allegados acceder a los perfiles digitales de un fallecido, borrarlos o conservarlos: el llamado testamento digital.
El negocio del recuerdo
Pero mientras nos llega la hora de convertirnos (o no) en un deadbot, lo cierto es que, como ya hemos indicado, en España y en Extremadura la tradición sigue muy arraigada. Y esta tradición también tiene, cómo no, su vertiente de negocio.

Eso lo notan las floristerías como nadie. El sector calcula que en España se gastan unos 200 millones de euros en flores por Todos los Santos, según fuentes del sector. En Extremadura, alrededor de 4,5 millones, entre el 20 % y el 35 % de lo que un negocio del ramo factura en todo el año. La Asociación Española de Floristas apunta además un cambio de hábitos: los clientes adelantan cada vez más los encargos.
Detrás de la flor está la industria grande. Los servicios funerarios facturaron 1.716 millones de euros en 2024, según Panasef, y el seguro de decesos, que cubre a casi la mitad de la población, ingresó 3.059 millones en primas en 2025, según ICEA. Un detalle lo dice todo: el 17 % de esas primas ya no paga el entierro, sino servicios para usar en vida. Morir sale caro. La OCU sitúa el coste medio de un servicio funerario por encima de los 3.700 euros, sin contar las tasas de cementerio, que cada ayuntamiento fija a su manera.
Quizá ahí esté la frontera de la próxima década. Algunas aseguradoras ya venden el QR para la lápida. El siguiente paso, el avatar que habla, no parece técnicamente lejano. La pregunta ya no es si llegará el chatbot, sino quién decidirá cuándo apagarlo.
Proyecto Henko NET: IA para enfermos terminales
‘Henko’ significa en japonés cambio profundo. Es también el nombre de un proyecto europeo que coordina la Fundación INTRAS, con sede en Valladolid, y que quiere llevar la inteligencia artificial a los cuidados paliativos en casa, también en el medio rural.
Lo financia el programa Interreg Sudoe con 1,5 millones de euros de fondos FEDER, sobre un presupuesto de casi 2 millones, y se desarrolla entre 2024 y 2026 con nueve socios de España, Francia y Portugal, entre ellos el Servicio Aragonés de Salud, la Gerencia de Servicios Sociales de Castilla y León, la Diputación de Bizkaia, el hospital universitario de Burdeos y el Instituto de Oncología de Oporto.
Su pieza central es una plataforma que detecta pronto qué pacientes necesitan paliativos y anticipa complicaciones médicas o sociales antes de que acaben en urgencias. Incluye un asistente conversacional con respuestas validadas sobre síntomas y autocuidados. El piloto prevé 120 pacientes, 50 familiares y 25 profesionales. Un ensayo previo de INTRAS con 19 participantes, obtuvo una satisfacción de 4,6 sobre 5.
El punto de partida explica la urgencia: en España solo recibe cuidados paliativos el 49,2 % de quienes los necesitan.
Pero, además de optimizar el cuidado a las personas en esta situación, el proyecto tiene una derivada muy especial. Se trata de aplicar la realidad virtual como terapia emocional. De este modo, puede generarse una experiencia inmersiva en la que el paciente que no puede moverse ‘visite’ una playa, viaje hasta su pueblo natal, disfrute de un recorrido por un museo o acuda a un concierto.
Vale, estoy un poco pesado con Black Mirror, pero es que en su temporada 3 hay un capítulo titulado San Junípero que ya anticipa todo esto. Lo dicho, no dejen de verla.
¿Halloween sí o Jalogüin no?
Llegadas estas fechas, el debate de siempre. La respuesta parece sencilla; que cada cual haga lo que le parezca.
Pero no, lo convertimos en motivo de discusión, con dos posturas irreconciliables:
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Es una tradición nuestra, exportada a Estados Unidos y reimportada luego. Halloween, que mueve ya en España 150 millones solo en ocio nocturno, deriva de la tradición celta del Samhain (Irlanda, Escocia e Isla de Man), que marcaba el inicio de la estación oscura. Esa noche, se difuminaba la frontera entre vivos y muertos. Huesos, calaveras y demás parafernalias se colocaban en las puertas de las casas para ‘engañar’ a los espíritus y que creyesen que allí no residía ningún vivo. Los sacerdotes acudían a los cementerios para un ritual de compartir la comida con los muertos. Las calabazas ahuecadas, talladas con rostros y con una vela dentro como farol provienen de la leyenda irlandesa de Jack el Tacaño, un truhán que engañó al diablo y, al morir, no fue admitido ni en el cielo ni en el infierno y quedó condenado a vagar con brasa dentro de un nabo hueco.

De hecho, Halloween es una contracción de la expresión All Hallows’Eve, es decir, víspera de Todos los Santos. Dado que gran parte del suroeste de España estuvo bajo influencia celta (entre el Guadiana y el Guadalquivir se localizaba la Beturia Céltica) ese Samhain se trasladó. De ahí vendría el rito de celebrar ese día en las eras que rodean los cementerios y también costumbres presentes hasta hace pocos años como vaciar (en muchas zonas de Extremadura) melones pequeños para tallar en la corteza caras y colocar dentro una vela para portarlos a modo de farol.
Luego, la Iglesia, que celebraba esta festividad en mayo, la trasladó a noviembre para solaparla con esta tradición pagana.
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Es una moda comercial importada de Estados Unidos. No hay pruebas de que el Samhain se celebrase fuera de Irlanda, Escocia e Isla de Man. Lo de celebrarlo en el entorno del cementerio se debe a que a finales del siglo XVIII Carlos III emitió una Real Cédula ordenando sacar los cementerios de las poblaciones (se enterraba entonces en las iglesias o sus atrios) tras varias epidemias. Como el Día de Difuntos se visitaban los cementerios para arreglar las tumbas, se aprovechaba la afluencia de personas y el paseo para echar un día de campo tras rendir homenaje.
Se consumían allí frutos de temporada, castañas, nueces, higos pasos, granadas, membrillos, etcétera, y también se celebraba el fin del año agrícola antes de empezar la sementera. No hay pruebas de que el vaciar melones, nabos, remolachas… para hacer faroles sea por influencia de la leyenda de Jack el Tacaño. Bien pudo ser una práctica independiente.
Lo de trasladar la festividad católica es una verdad a medias: lo que se celebraba en mayo era Todos los Santos, y eso es lo que se trasladó por orden papal en el siglo VIII. El Día de Difuntos es posterior, instituido a finales del siglo X y colocado de inicio justo después de Todos los Santos, esto es, el 2 de noviembre.
Además, los papas vivían en Roma, muy lejos y muy ajenos a lo que ocurría en tierras celtas.
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Conclusión: Tanto si usted quiere celebrar Halloween, como si prefiere chaquetía, jira, ronda, calbotes, merendita o como quiera que se llame en su pueblo, haga lo que mejor le parezca y disfrute de estos días. No se complique tanto.
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