Los conflictos de Ucrania e Irán acentúan la necesidad de que Almaraz, y el resto de nucleares, continúen operativas

La Unión Europea rectifica su postura antinuclear y demanda ahora que se evite un cierre prematuro que incremente la dependencia energética de terceros

22 de marzo de 2026 a las 13:37h
Vista general de la Central nuclear de Almaraz. / LP
Vista general de la Central nuclear de Almaraz. / LP

Como si de un presagio o una señal divina (o humana) se tratase, el 28 de abril de 2025 España sufrió un gran apagón generalizado. Esto sucedía dos días antes de la visita prevista por parte de la Confederación Empresarial Madrileña (CEIM) y la Confederación Regional Empresarial Extremeña (CREEX) a la central nuclear de Almaraz para ratificar su apoyo a la continuidad de dicha instalación. La visita tuvo que ser, obviamente, pospuesta un mes. 

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Visita de la CEIM y la CREEX a Almaraz. / LP

Casi un año después, apenas sabemos nada de las causas de aquel apagón. Sólo declaraciones extemporáneas y confusas por parte del Gobierno, diciendo que ‘las renovables no han sido’, precipitando conclusiones sin respaldo técnico. Pero claro, aquí vienen las preguntas: 

Si las renovables no han sido, cómo es posible que caiga todo el sistema, cuando este tipo de energía aportaba en ese momento el 64,3% del total del pool. 

Si las renovables no han sido, por qué a partir de ese momento su peso en el citado pool (cuadro 1) ha caído diez puntos de media, en favor de la nuclear (sube 6) y los ciclos combinados (suben 4) 

cuadro uno
Cuadro Uno.

Si las renovables no han sido, cómo es que para recuperar el suministro se tiró de los ciclos combinados y de la importación de energía francesa de origen nuclear (sí, nuclear). 

A todo esto, este viernes, 20 de marzo, aparece el informe Entso-E (European Network of Transmission System Operators) sobre el incidente, que, reconociendo que le faltan muchos datos, ya apunta a cuestiones como que Red Eléctrica Española (REE), operador del sistema, falló en los automatismos de protección (REE realiza una curiosa lectura y dice que el informe le exonera), o que el Gobierno erró en el control de la tensión de renovable o en la supervisión del autoconsumo fotovoltaico. Además, en sus recomendaciones apunta a un mayor control de las energías renovables en cuanto a regulación de tensión. 

Frivolidad de la ministra 

No, no se trata aquí de actuar como el ecologismo trasnochado actúa con la energía nuclear, y culpar a las renovables de todos los males. Es, qué duda cabe, la energía del futuro, pero no del presente. Lo lógico, lo sensato, es que el peso de estas energías vaya subiendo conforme la tecnología vaya permitiendo estabilidad y una aportación sin sobresaltos al sistema. 

Porque, hablando en plata, si no hay sol, no hay fotovoltaica, y si no hay viento, no hay eólica, y el sistema no puede estar a expensas de la meteorología para responder a la demanda. Hoy por hoy, los únicos sistemas que dan estabilidad para responder a la demanda son la energía nuclear y los ciclos combinados. (cuadros 2 y 3) 

cuadro dos
Cuadro Dos .
cuadro tres
Cuadro tres.

Y aquí viene la gran paradoja: quienes claman contra el cambio climático y exigen medidas contundentes para frenarlo, descartan con displicencia el uso de una energía como la nuclear, con cero emisiones de Gases de Efecto Invernadero (GEI), pero callan cuando se activan los ciclos combinados, que, al quemar gas, generan entre 20 y 40 veces más emisiones que renovables o nucleares. 

A esto se suma otro factor de enorme relevancia según se ha puesto de manifiesto en los últimos años y las últimas semanas: la energía nuclear supone un factor enormemente relevante en la soberanía energética. 

Depender de terceros en suministro de gas y de petróleo para sostener el sistema de generación eléctrica es un enorme error. Así lo ha puesto de manifiesto la Unión Europea hace unos días por boca de Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, quien ha llamado a los países a rectificar el “error estratégico” del rechazo a la nuclear para evitar la dependencia del gas, donde guerras como la de Ucrania e Irán han significado escasez y alza brutal de costes de generación y de precios para el consumidor. 

¿La reacción del Gobierno de España ante esta realidad? Una declaración de la ministra para la Transición Ecológica, Sara Aergesen, de una frivolidad que roza el esperpento en un momento como el actual: “el sol y el viento no van a ser bloqueados en el estrecho de Ormuz”. 

Mientras asistimos a este concurso de gracietas y frases ingeniosas, el precio de la electricidad pasa de los 20 euros por MWh de finales de febrero a los más de 90 euros por MWh de marzo, con picos de 200 euros. 

Pero, como dice la Biblia, “hay más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que perseveran” (Lucas 15:7), y no se descarta que Aergesen entre en razón, como su predecesora en el cargo, Teresa Ribera, adalid del cierre nuclear hasta que llegó a Europa, se quitó la venda de la demagogia y se ‘convirtió’. 

La ruina de Alemania 

Para ayudar a la conversión, bien podría mirar el caso de Alemania. En 2002, este país decidió prescindir de la energía nuclear, con horizonte 2022. El proceso culmina en 2023, perdiendo así la capacidad de generación del 33% de la energía que se demandaba. 

Como aquel imaginado panorama de sustitución por renovable, algo ajeno a cualquier criterio técnico, fue un fiasco, hubo que recurrir al gas importado y al carbón. Resultado: dependencia exterior (sobre todo de Rusia, con todo lo que ello ha supuesto) y más contaminación. En un país donde las renovables eran santo y seña, las emisiones de CO2 suponen once veces más que las de Francia, donde hay gran presencia nuclear. 

En precios, el resultado fue un incremento del coste de más del 23%, abocando a la recesión de la antaño locomotora de Europa. Con una paradoja o ironía: para atender la demanda, Alemania compra… energía nuclear francesa. 

Ahora Alemania se debate entre tratar de reabrir sus centrales o ir a otro modelo, el de los reactores modulares nucleares (SMR) de los que hablamos más adelante. 

Coste humano y residuos 

El lobby antinuclear exhibe dos ‘argumentos incuestionables’ para su rechazo: la peligrosidad de las centrales y la generación de residuos a largo plazo. 

Respecto al primero, existe una percepción errónea del riesgo, cimentada en la ignorancia y la mala prensa de esta energía. Así, se relaciona nuclear con bombas atómicas y existe “una cobertura mediática asimétrica”, según la OCDE, donde accidentes como Chernobyl o Fukushima son portada durante meses, mientras que las muertes continuas de trabajadores en refinerías no llevan ni un breve en muchos casos. 

¿La realidad? La realidad es que la energía nuclear es la que menos muertes provoca, menos incluso que las renovables. Como lo oye o, mejor dicho, como lo lee. 

Coinciden en esta apreciación tanto los informes de la OCDE como los de Our World in Data (proyecto de investigación del economista Max Roser reconocido por trabajar siempre con fuentes primarias contrastadas). Según estos datos, por terawatio-hora producido (un terawatio son mil gigawatios) con carbón hay 24.600 muertes, si es con petróleo 18.400, si es con gas 2.800, si es eólico 150 muertes, si es fotovoltaico 440 y si es nuclear, 90 muertes. 

Sí, se incluyen accidentes como los de Three Mile Island (cero muertes), Fukushima (1.600 muertes, la mayor parte por el denominado ‘estrés de evacuación’ en personas muy mayores) y Chernobyl (medio millar de muertes). En este último caso, cabe señalar que la OMS (esos simpáticos incompetentes, como calificaba la Mafalda de Quino a la ONU) pronosticó 5.000 muertes a medio plazo, una apreciación sin base científica alguna y que cuatro décadas después no se ha cumplido según los datos epidemiológicos de seguimiento de la población expuesta. 

Como aclaración, señalar que las muertes en instalaciones solares y eólicas se producen mayoritariamente durante las labores de mantenimiento, por caídas o electrocución, pero las muertes están ahí. 

En cuanto a los residuos, cierto es que constituyen un problema, para el que se buscan continuamente soluciones. Una de ellas, la más novedosa, es el uso de Gen IV, o reactores de cuarta generación, cuyo combustible son precisamente los residuos generados por las centrales nucleares de generaciones precedentes, lo que reduce al mínimo dicha ‘basura nuclear’. Por cierto, ¿alguien está pensando qué hacer con los miles de hectáreas de paneles solares o los millones de baterías de litio cuando concluya su vida útil? 

¿Por qué Almaraz? Profecía autocumplida 

Todo este conjunto de incongruencias del Gobierno a la hora de decidir el cierre nuclear ha derivado en un rechazo casi unánime en Extremadura (siempre hay quien trata de rejuvenecerse desempolvando pancartas añejas) al cierre de la nuclear de Almaraz, que se cobraría 3.000 empleos cualificados en una región huérfana de empleo industrial y pondría en riesgo la estabilidad del sistema eléctrico nacional y las inversiones proyectadas en industrias electrointensivas como los centros de datos. 

Porque los dos reactores de Almaraz (por cierto, adaptados a la tecnología Gen III, la más segura del mundo) aportan un tercio de la energía nuclear de España, y más del 7% del total del pool eléctrico nacional. (cuadro 4) 

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Cuadro cuatro.

Se pretende tomar a los extremeños como conejillos de indias de un plan supuestamente ecologista (si es que contaminar con gas es ecológico) y todavía hay que soportar que políticos como el presidente de la Generalitat catalana, Salvador Illa, diga que él no apoya la reivindicación extremeña de no cerrar Almaraz ni otras centrales porque su gobierno apuesta por las renovables: Cataluña apenas produce el 19% de su energía con renovables, y Extremadura supera el 51%, y resulta que Illa es el renovable. 

Pero el argumento estrella del Gobierno es que son las empresas propietarias de las centrales las que han pedido su cierre. Aquí se puede hablar de profecía autocumplida. Pongamos un ejemplo: supongamos que el Gobierno decide que los coches fabricados bajo la marca SEAT paguen el doble de impuestos y tasas que ahora. Pero, ojo, solo los SEAT. Cuando la factoría diga que no puede asumir los costes ni competir, y cierre, el Gobierno diría que es que no quieren fabricar, que el cierre es voluntario. 

Eso es lo que ha ocurrido con las nucleares, sólo en los últimos cinco años la fiscalidad ha crecido un 70%, y se calcula que en la próxima década la carga fiscal suponga nada menos que el 40% del coste total. Inviable producir así, y menos cuando el Ministerio de Transición Ecológica vulnera los pactos a los que se llegó en 2019. 

Pese a todo, las empresas dicen que quieren seguir operando (¿no era ese el problema, que las empresas no querían?) y así lo han manifestado. Pero para ello el Gobierno debería derogar la Orden Ministerial que prohíbe pedir la renovación del permiso para Almaraz. 

Por cierto, como planteó el secretario general de CREEX, Javier Peinado, en la Asamblea de Extremadura cuando fue preguntado por esta cuestión en una comisión, si lo que se quiere con las tasas es garantizar fondos para acometer el futuro desmantelamiento de las centrales ¿no sería mejor reducir la tasa y aumentar los años de operación, de manera que se recaudase durante más años y la hucha creciese más? 

Reactores modulares (y red de distribución) 

Por tanto, parece que lo más sensato es aguardar al cierre nuclear hasta que otras tecnologías, como las renovables, puedan suplirla con garantías. 

Una alternativa a medio plazo podría ser los SMR (Small Modular Reactors), es decir, reactores de fisión nuclear, la misma tecnología de las centrales, pero mucho más reducidos (desde 50 MW, frente a los 1.500 MW de un reactor actual) y, sobre todo, modulares. Esto es, pueden cargarse en un camión ya ensamblados y montarse con muy poca obra en comparación con una central convencional. 

Ya existen proyectos muy avanzados en Reino Unido, Canadá, Polonia y Estados Unidos. La ventaja competitiva es que pueden montarse varios (por ejemplo, en la propia Almaraz, que ya tiene construida la red de evacuación de la electricidad) y conectarse y desconectarse de la red según se necesite en mucho menor tiempo que un reactor actual. 

Por cierto, respecto a la red de distribución, habría que revisar una paradoja: Extremadura es quizá la comunidad que más electricidad produce (y, por supuesto, exporta) pero su red interna es un desastre, con casi el 90% de saturación, lo que obliga a Red Eléctrica Española a rechazar nueve de cada diez peticiones de nuevos enganches. 

Como es fácil de entender, esto es un enorme lastre para el presente, pero sobre todo para el futuro: industrias o planes residenciales se frustrarán si no se resuelve el tema. El Gobierno que parece acogerse cuando conviene a su PNIEC, el plan de energía y clima, incumple en esto el citado plan, al invertir la mitad de los 53.000 millones previstos en la red y no desarrollar acumuladores (ambas cuestiones hubieran sido muy útiles durante el apagón, que, por cierto, nos va a costar 42 millones a todos los ciudadanos vía recibo de la luz) 

Hacia el futuro y más allá 

Finalizamos este repaso con lo que se da como cierto que será la energía del futuro, que es la de fusión. En este caso no se emplean elementos radiactivos cuyos núcleos de ‘rompen’ para generar energía. 

No, aquí se trata de actuar como el sol, fusionando núcleos de deuterio (hidrógeno con un neutrón de más) y tritio (hidrógeno con dos neutrones de más) liberando más energía que la fisión y un residuo de helio, gas inocuo. 

Cierto es que hay otra contaminación dentro del reactor, pero de mucha menor actividad que lo que genera la fisión nuclear. 

Proyectos como STEP y Tokamak en Gran Bretaña, EAST en China o SPARC en Estados Unidos están movilizando miles de millones de euros para avanzar en la fusión, y se pronostica que en una década podría haber resultados positivos, una vez que los imanes superconductores de alta temperatura han liberado uno de los principales escollos tecnológicos que existían. 

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Sobre el autor

Juan Carlos Zambrano

Periodista

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