Borja Sémper encandiló esta mañana en los Desayunos de La Portada al auditorio en Cáceres, un acto patrocinado por Ibercaja y Electrocash. Se le vio cómodo, sin necesidad de esquivar las preguntas incómodas ni de refugiarse en las respuestas de manual. Ante un auditorio lleno hasta la bandera en los Salones Electrocash de Maltravieso, habló de política, de sus adversarios, de sus compañeros de partido, de la enfermedad y hasta de las ganas que tiene algunos días de dejarlo todo. Fue directo, a ratos irónico y, sobre todo, poco solemne. Al terminar, algunos de los asistentes que tomaron la palabra para trasladarle sus impresiones le hicieron notar precisamente eso: la sorpresa de escuchar a un político reivindicar la moderación en plena precampaña electoral.
Entre los asistentes acudieron el alcalde de Cáceres, Rafel Mateos; el presidente de la Asamblea de Extremadura, Manuel Naharro o el consejero de Infraestructuras, Francisco Ramírez, además de alcaldes como la de Coria, Almudena Domingo y el de Jaraiz de la Vera Luis Miguel Núñez. Diputados nacionales, diputados autonómicos, empresarios y público en general, así como los representantes de los dos patrocinadores: Roberto Ledesma (director territorial de Ibercaja) y Francisco Piñero (director general de Electrocash).

Sémper habló del centro político como una cima a la que llegar. Entrevistado por el director de La Portada de Extremadura, Antonio Cid de Rivera, dijo que, por muy enamorado que esté de sus propias ideas, también le seduce escuchar las de los demás. Admitió que seguramente se ha equivocado en alguna ocasión y que, aunque la crispación es responsabilidad de muchos, no todos contribuyen a ella en la misma medida. Fue una defensa de la discrepancia que extendió al interior de su propio partido. «Estoy en un partido político, no en una secta», sentenció.
No le incomoda reconocer que hay compañeros con los que mantiene distancias importantes. También las mantiene con Vox, del que dijo que le separan muchas cosas. Desconfía de las organizaciones en las que todos opinan lo mismo sobre cualquier asunto. Por eso considera que el discurso del PP no puede ser idéntico en Madrid y en Extremadura. Su partido, defendió, aspira a representar una pluralidad que va del funcionario al autónomo y del empresario al trabajador. Vox, en cambio, busca un nicho electoral concreto: detecta el enfado de una parte de la sociedad y lo amplifica.
En ese análisis estableció un paralelismo entre el Vox de 2025 y el Podemos de 2015: dos fenómenos alimentados, a su juicio, por las sucesivas crisis y por el malestar de quienes estudian sin encontrar una salida laboral o de quienes, aun teniendo empleo, solo encuentran precariedad.
La polarización
Sémper huye también de la palabra polarización. Cree que la sociedad española probablemente está menos enfrentada de lo que transmiten sus representantes políticos. Buena parte del problema estaría en una política cada vez más absorbida por Madrid, donde todo parece girar alrededor de los mismos nombres y las mismas disputas. No hace falta hablar de Ayuso a todas horas, vino a decir. Percibe cierto hartazgo hacia quienes convierten la política en un escenario, como si cada intervención tuviera que ser una actuación en el Teatro Romano de Mérida. Es el político que termina convertido en personaje, tertuliano y tuitero.

Frente a ese espectáculo, reivindicó a los gestores. Incluso a los aburridos. A quienes administran los recursos públicos, resuelven problemas y no convierten cada dimisión en una representación. No quiso buscar culpables al hablar del funcionamiento de los servicios públicos, pero sí apuntó una relación entre las personas elegidas para dirigirlos y los resultados de su gestión. Puso como ejemplo la etapa de José Luis Ábalos al frente del Ministerio de Transportes y la gestión de Adif.
El discurso de partido.
Hubo también espacio para el discurso de partido. Sémper considera que las próximas elecciones son especialmente relevantes porque, a su juicio, España viene de un Gobierno excluyente. Defendió que quien ocupa una responsabilidad institucional debe dejar el carné político a un lado para ejercerla. Y dejó una puerta abierta a futuros acuerdos de envergadura con el PSOE. Si Alberto Núñez Feijóo llega a la presidencia del Gobierno, dijo, no descarta que a medio plazo puedan alcanzarse pactos de Estado con los socialistas.
El dirigente popular quiso reivindicar así una política que considera menos vistosa, menos rentable para los vídeos de TikTok y las tertulias, pero mucho más útil para resolver los problemas cotidianos. Una política con mayúsculas, protagonizada por personas con vocación de servicio público y no por quienes necesitan convertir cada jornada en un episodio de confrontación.

La enfermedad del cáncer
La intervención tuvo, sin embargo, un momento en el que la política dejó paso a la persona. Sémper habló de su enfermedad sin querer convertirla en el centro de su identidad pública. No quiere ser «el político del cáncer», pero explicó por qué decidió hacer pública su situación. Cuando un representante político desaparece durante un tiempo y su aspecto físico cambia, las especulaciones terminan llegando. Prefirió combatirlas con una explicación que, en realidad, nunca le habría gustado tener que dar.
Con el tiempo ha encontrado también un sentido a aquella decisión. Sabe que su testimonio ha podido ayudar a personas que atraviesan la enfermedad en silencio y se alegra de haber contribuido a ello. Convive con la certeza de que será un enfermo de cáncer toda su vida. «El cáncer me ha quitado mucha tontería», reconoció. Las situaciones extremas, explicó, obligan a cambiar de perspectiva y a ordenar de otra manera las prioridades.
Quizá por eso habló también de su vida fuera de la política. Cada día se plantea dejarla. Podría hacerlo. Según reconoció, seguramente su familia tendría una vida mejor si tomara esa decisión. Pero es feliz siendo político. Echa de menos, por ejemplo, los viernes de conversación sobre cultura con Carlos Alsina. Y cree que a algunos asuntos de la actualidad conviene acercarse con humor. De otro modo, serían insoportables.

Hubo en sus palabras una mezcla de convicción y cansancio, de vocación y distancia. No quiso presentarse como alguien que tiene todas las respuestas, ni siquiera como alguien que está seguro de seguir siempre en el mismo lugar. Pero sí como alguien que todavía encuentra razones para defender una manera de entender la política en la que discrepar no sea una traición, escuchar no sea una debilidad y gobernar no consista en alimentar permanentemente el enfrentamiento.
Algunos de los asistentes se acercaron después para trasladarle su sorpresa. En estos tiempos, escuchar a un político hablar así parece haberse convertido en algo excepcional. Y quizá esa fue la impresión que dejó el desayuno de Cáceres: la de un dirigente que, al menos durante una mañana, prefirió hablar de política sin levantar la voz.
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