¿Viven los jóvenes de hoy peor que sus padres? La visión general no es optimista

¿La conocida expresión "esta generación va a ser la primera que viva peor que sus padres" es cierta? En mucha parte, sí. Así lo dice el Indicador Sintético de la Juventud, que cifra en 17 puntos el retroceso. En Extremadura, la brecha se ensancha aún más

11 de julio de 2026 a las 19:10h
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Un joven español de 1995 tenía menos estudios que uno de hoy, cobraba menos y vivía en un país con un paro descomunal. Y, aun así, en conjunto, estaba mejor. Esa es la conclusión del Indicador Sintético de la Juventud (ISJ) que acaban de presentar la Fundación PwC y el Círculo de Empresarios: los jóvenes de 2024 están 17 puntos por debajo de la situación social y económica de los de hace tres décadas. En la escala del indicador, cero es 1995. Todo lo que queda por encima es retroceso. 

No es una impresión. El ISJ agrega 39 variables oficiales (INE, el Banco de España y Eurostat) en cuatro dimensiones: demografía, mercado de trabajo, educación y vivienda. Los pesos de cada variable salen de los propios datos mediante análisis de componentes principales, siguiendo las directrices de la OCDE. El resultado es una serie histórica con forma de tijera. 

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Durante los primeros años de este siglo los jóvenes llegaron a estar mejor que sus homólogos de 1995 (el indicador bajó hasta once puntos en 2001, y recordamos que en este estudio un indicador negativo indica mejoría, y viceversa) hasta que llegó 2008. La crisis financiera abrió una brecha que se disparó a 22 puntos en 2013 y que, dieciocho años después del estallido, sigue abierta. 

Lo peor, la vivienda 

Si hay que buscar un culpable principal, el informe no deja lugar a dudas: la vivienda alcanza los 78 puntos, su máximo histórico, y una cifra que cuadruplica el deterioro del indicador general. En esta dimensión los jóvenes de 2024 están peor que los de 1995 en todas y cada una de las variables analizadas. Todas. La caída de las viviendas terminadas y el desequilibrio entre población y parque residencial son los factores que más pesan, seguidos de unos precios de compra y alquiler que ya rondan niveles de burbuja. 

Detrás de esos puntos hay proyectos de vida aplazados. La edad media de emancipación en España se situaba en 2022 en 30,3 años, casi cuatro más que la media europea. Y los datos más recientes empeoran: según el Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España, al cierre de 2025 solo el 14,5% de los jóvenes de 16 a 29 años vivía fuera del hogar familiar, el mínimo desde que hay registros, y el alquiler medio absorbía el 98,7% del salario de una persona joven. Emanciparse en solitario, literalmente, no sale a cuenta. 

Lo cierto es que los jóvenes, en cualquier época, han tenido muy difícil el acceso a la vivienda en propiedad. La cuestión ahora es que el alquiler se ha disparado, fundamentalmente por la caída de la oferta, donde las políticas sectoriales han sido, dicho sin rodeos, nefastas y contraproducentes. 

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En Extremadura la fotografía tiene matices propios, y no todos juegan a favor. El alquiler medio de una vivienda libre superaba en 2025 los 600 euros mensuales, apenas mitad que la media española. Sobre el papel, una ventaja. En la práctica, los salarios jóvenes extremeños (entre los más bajos del país, según los sucesivos informes del Observatorio de Emancipación) recortan buena parte de esa diferencia, y la oferta inmobiliaria escasea justo donde se concentra el empleo: Badajoz, Cáceres, Mérida o Plasencia. 

El Consejo de la Juventud de Extremadura lleva años advirtiendo de que salir de casa sin sobreendeudarse, es decir, sin dedicar más del 30% de los ingresos a la vivienda, resulta inviable para la mayoría de los jóvenes de la región. La tensión nacional que describe el ISJ se reproduce aquí a menor escala de precios, pero también de sueldos. 

Menos jóvenes para pagar más pensiones 

La segunda dimensión con peor nota es la demografía: 21 puntos, también en máximos de la serie. El deterioro no es abrupto sino lento y constante, que es casi peor, porque señala un problema estructural. 

Cae la natalidad, cae la fertilidad, cae el peso de la población de 16 a 29 años, y con ello se agranda el desequilibrio entre quienes cotizan y quienes reciben. El informe Juventud y Empresa, antecedente del ISJ, ya lo cuantificaba: en 1971 había 4,5 menores de 25 años por cada mayor de 65; en 2022, 1,2; en 2070 habrá 0,6. Más mayores que jóvenes. 

El peso electoral de los menores de 35 años, además, ha caído del 36% al 22% entre 1990 y 2022. Menos votos, menos voz y menos gasto público orientado a ellos: las partidas destinadas a mayores pasaron del 14% al 21% del PIB entre 2004 y 2021, mientras las dirigidas a jóvenes apenas se movieron del 5,8% al 6,1%. 

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Extremadura conoce esta aritmética muy bien. Fue la única comunidad autónoma que perdió población en 2025, según el censo del INE, y en el primer trimestre de 2026 la población de nacionalidad española siguió cayendo. Sólo la llegada de extranjeros mantiene el saldo en positivo. 

Sobre ese fondo, la emigración juvenil actúa como un multiplicador. El Consejo de la Juventud de Extremadura llegó a cifrar en más de 14.000 los jóvenes perdidos por la región desde 2013, la mayoría con destino a otras comunidades autónomas y en la franja de 25 a 29 años; justo la edad en la que, en teoría, uno se emancipa, forma un hogar y tiene hijos. Cada marcha individual es una decisión razonable. La suma es un problema colectivo que envejece la región y lastra su crecimiento futuro. 

Tener empleo no es suficiente 

El mercado laboral aporta 10 puntos de deterioro, menos que vivienda y demografía, pero con una lectura que el informe subraya: el problema ya no es solo acceder al empleo, sino la calidad del empleo al que se accede. El paro juvenil ha mejorado (la tasa de ninis, jóvenes que ni estudian ni trabajan, cayó en 2025 al 11,5%, a medio punto de la media europea y en mínimos desde 2003) y también lo han hecho el desempleo de primer empleo y la renta media. Pero el pluriempleo se ha disparado, y la parcialidad y la temporalidad involuntaria mantienen a buena parte de la generación en equilibrio precario. Trabajar, incluso trabajar en varios sitios a la vez, ya no garantiza un proyecto de vida. 

Aquí la brecha extremeña es la más visible de todas. La región ha encabezado de forma recurrente el paro juvenil en España: la EPA llegó a situar la tasa de los menores de 25 años por encima del 44% a comienzos de 2024, cuando la media nacional rondaba el 27%. 

Los sucesivos observatorios de emancipación describen además un mercado laboral joven marcado por la temporalidad y por una sobrecualificación, que castiga sobre todo a las mujeres. La mejora general del empleo joven que recoge el ISJ llega a Extremadura más tarde y más diluida, y ese desfase alimenta precisamente la emigración que golpea a la dimensión demográfica. El círculo se cierra solo. 

La educación, única buena noticia 

Hay una buena noticia, y es importante: la educación es la única dimensión en la que los jóvenes de hoy están mejor que los de 1995, con 19 puntos negativos, su mejor registro histórico. El abandono escolar se ha reducido, la formación profesional gana estudiantes año tras año y la proporción de jóvenes de 25 a 34 años con estudios superiores se ha triplicado desde 1980, hasta el 50,5%, por encima de la media de la OCDE. 

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Fuente: Fundación PwC y Círculo de Empresarios.

El reverso es conocido. España presenta una de las tasas de sobrecualificación más altas de Europa, con un 35,9% de ocupados trabajando por debajo de su formación, y el propio ISJ detecta que el pluriempleo crece con fuerza incluso entre los titulados universitarios. 

La generación mejor preparada de la historia sigue chocando con un mercado que no sabe qué hacer con ella. En Extremadura ese choque tiene, además, una deriva geográfica: buena parte del talento formado en la universidad y en los ciclos de FP de la región acaba ejerciendo fuera de ella, con lo que la inversión educativa extremeña termina rindiendo en el mercado laboral de otros territorios. 

Medir la brecha 

El valor diferencial del ISJ está en su vocación de continuidad: al ser actualizable, permitirá comprobar cada año si las políticas públicas y las iniciativas empresariales mejoran de verdad la vida de los jóvenes o se quedan en el anuncio. 

El informe incluye, de hecho, 30 propuestas desde el ámbito empresarial (de los avales para la compra de vivienda a la colaboración con universidades, pasando por el trabajo flexible que permita vivir fuera de las zonas tensionadas), partiendo de un cálculo que ya hizo el estudio previo: la peor situación laboral de los jóvenes le cuesta a la economía española un 2,27% del PIB. 

 


¿La parte positiva? Que la situación es reversible.

El saldo positivo en educación es un elemento fundamental para el progreso, y ahí vamos bien. En cuanto a los indicadores más negativos, pueden enderezarse si se opta por la lógica: 

  • En vivienda, con el impulso a la oferta, ya sea de vivienda libre o protegida, y ya sea en alquiler o venta. Para ello es esencial facilitar la construcción, desbrozar trabas a la promoción, eliminar burocracia y cooperar con las promotoras en vez de desalentarlas. Lo que tensiona los alquileres no son ni los pisos turísticos ni la avaricia de los propietarios, sino un sistema de regulación que resta oferta de viviendas en arriendo. 

  • En empleo, con incentivos a la inversión productiva y la iniciativa empresarial, igualmente eliminado burocracia y estableciendo ecosistemas de financiación público-privada, en vez de tratar al empresariado como ‘sospechoso habitual’. Extremadura, sin ir más lejos, tiene condiciones, talento formado e iniciativa para crear más y mejor empleo, si se alienta en vez de trabarlo. 

Si no se actúa, queda la pregunta de fondo, la que afecta a cada familia extremeña con hijos veinteañeros que siguen en su habitación de siempre o que se han ido a Madrid: cuánto tiempo puede permitirse un país, y una región que pierde población mientras el resto crece, mantener a su generación mejor formada en lista de espera. El ISJ, al menos, pondrá cifra cada año a la respuesta y dirá si estamos corrigiendo o ahondando el problema. 

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Sobre el autor

Juan Carlos Zambrano

Periodista

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